Lunes, 18 de diciembre de 2017

¿Y ahora qué?

Lo atroz de la pasión es cuando pasa, cuando al punto final de los finales, no le siguen dos puntos suspensivos. Así termina Joaquín Sabina su soneto Lo peor del amor con cuya cadencia comienzan, sin embargo, los veranos de quienes durante un largo invierno y una breve primavera no han tenido tiempo de hacerse preguntas. Pero todo termina, incluso aquellas competiciones que se elevaban como una larga travesía montañosa allá por septiembre. Y ahora da igual si se ha hecho cumbre o si solo se ha alcanzado el campamento base. Toca descender y situarse de nuevo al comienzo de la aventura. Y lo que es peor aún, elegir cuál será el próximo itinerario.

 

En este caso, a diferencia de lo que sucede con los ingresos y los reconocimientos, la incertidumbre sí se reparte casi por igual entre deporte de élite, de cantera y de aficionados. Si los primeros sufren los avatares de una agresiva mercantilización, los segundos y terceros pagan caro la falta de pragmatismo de su romántica apuesta. El trasiego de técnicos y jugadores que es habitual en la primera división de las grandes ligas de nuestro país es también el que se produce en los bajos fondos, igual entre profesionales que aún no tuvieron la oportunidad que se merecen, que entre jetas que desacreditan el buen trabajo de los demás, restándole credibilidad al buen hacer de muchos de sus compañeros.

 

Este verano, dos buenos amigos acudirán al Curso de Entrenador Superior que la Federación Española de Baloncesto organiza en Zaragoza. De buena gana se dejarán dos mil euros, varias semanas de sus vidas y muchas horas de sueño por el camino. A cambio contactarán con muchos otros entrenadores, recibirán lecciones de personajes ilustres del gremio y seguirán puliendo sus métodos. Todos los jugadores que pasen por sus manos a partir de septiembre se verán ampliamente beneficiados por su mayor capacidad para la enseñanza del baloncesto y, sin embargo, el sistema no prevé ninguna clase de incentivo para ellos dentro de un oficio desprofesionalizado, con salarios planos y alejado del circuito formal de la enseñanza, relegado a actividad extraescolar cualquiera, a método de conciliación de la vida familiar y laboral.

 

De ahí que a aquellos a los que ahora se nos pregunta por el futuro a medio plazo no nos quede otra que postergar la respuesta, fiarla a la resolución del resto de alternativas de supervivencia con las que debemos armonizar el entrenamiento, a riesgo de no hacer bien ninguna de ellas. Ya lo sabíamos, pagamos el peaje de habernos decantado por nuestra pasión desoyendo las poderosas llamadas del sentido común, sinónimo de carreras con salida, de oposiciones infumables o de prostíbulos de caché. Practicamos, no nos queda otra, un policultivo de subsistencia, tratando de darle el mismo cariño, afecto y calidad, al maíz y al trigo que a la patata. Ahora bien, dado que no nos es concedido un salario digno, una consideración social justa y un papel importante en la educación, déjennos al menos tomarnos unos días para responder al doloroso “¿y ahora qué?”