Sábado, 16 de diciembre de 2017

Érase en La Alberca

El domingo se desdecía ya del sufragio universal de posibilidad, frescura y alegría que entrega en cada una de sus mañanas.

Los restaurantes se vaciaban, los autobuses emprendían la ruta de retorno, las calles se quedaban descalzas y el pueblo doblaba en el cajón de las sombras el mantel de su gracia hasta el próximo día.

Caminaba yo entreteniendo el minutero hasta la hora de mi cita. 

Quise, como quiere volver un seco río en sus crecidas, correr por el cauce de mi infancia; transcurrir como hoja movida por las aguas del recuerdo, por el barrio donde habitaron mis abuelos.

" Como que te quiero sacar el parecido a ti...¡Prenda! " me dijo Eugenia Angulo, albercana de 77 años que monumentaba como en una hora inmemorial sobre la peana de un poyo de granito.

Y nos dijimos, y se acercó su hermano Jesús, de 84 años. Y supe que él había montado el monte con mi abuelo, José María "Juan y Medio", y con tantos más. Y eso es que, donde hoy alientan los pinos como en bordada saya de serrana, no había entonces más que matas, arbustos rastrillados por los aires, brezos, escobas, jaras sudorosas; rocas y lastras de pizarras en mazo como naipes de la olvidada partida del cámbrico. 

Jesús me habla de aquellos plantones acostados en la cuna de la tierra, y de lo poco que se confiaba hace 60 años en sus posibles; de que aquellas ternuras vegetales llegaran a alguna altura. "Pero mira ahora...", me comenta orgulloso, hay troncos que no los abarcarías, y me enseña el aro carnoso de sus brazos.

Me invitaron a su casa a tomar café, pero el reloj de la iglesia campaneaba y me delató mi prisa en el bostezo de la tarde, así que hube de irme lamentando dejar el buen momento y no aceptar la invitación de los hermanos. Me parecieron serranos sencillos, sufridos, con la importancia equilibrada..., pero a los que yo veía como titanes: gentes que, nada menos, habían "montado el monte" del generoso boscaje serrano.

Me fui. Ahora sé que me gustaría que  mis brazos tuvieran la envergadura de los árboles que plantaron en aquellos tiempos aguantando fríos, el beso traicionero de la nieve, el aliento zalamero del viento solano, los cuchillos del cierzo..., para volver sobre mis pasos a su encuentro, y  darles un gran, un conífero abrazo  y mi callado y diminuto agradecimiento.