Viernes, 15 de diciembre de 2017

El Debate o partida de dobles

Ya está cerrado, se celebrará el 13 de junio, día de San Antonio, una mención esta última que nunca está de más, pues de todos es sabido la gran influencia del santo a la hora de buscar novios, y este es un debate del que todos, hasta los más escépticos, esperan que termine en boda.

    No obstante, será un debate-ceremonia en el que los participantes no se deben hacer ilusiones de pasar los votos de los electores de un bolsillo para el otro, si acaso se conformarían con lograr que salgan a votar los abstencionistas, ya que los cumplidores ciudadanos que han convivido con ellos día tras día más de medio año lo tienen muy claro y la mayoría los conoce mejor que a su propia familia. Por tanto, servidor propondría una partida de póker entre ellos y esos gestos milimetrados nos dirían mucho más que sus propias palabras.

Sé que mi apuesta no va a ser posible y ni siquiera puedo esperar que cambien el horario del partido de la Selección Española. ¡Con lo bonito que hubiera sido que ambos eventos se celebraran a la misma hora y que la gente eligiera! Claro que en un caso así, no se podría contar con el mismísimo Rajoy y repetiríamos con Soraya. Por tanto, estamos condenados a ver el debate sí o sí. Y hasta puede que tenga algo de deportivo, pues visto el campeonato desde el 20 de diciembre se asemeja mucho a un partido tenístico de dobles con PP-Podemos por una parte contra PSOE-Ciudadanos por la otra.

Pero sea como fuere y dejando de lado el mundo del deporte, tiene su atractivo ver por primera vez cómo se repiten las elecciones en España. Así, cabe hacernos la siguiente pregunta: ¿Habremos llegado a ello porque estos políticos son peores que los anteriores? Eso nadie lo puede calibrar. Pero vamos a ser benevolentes y digamos que no hay otra: son los mejores para estos tiempos, no puede ser de otra manera. Pero si quieren, podemos buscar similitudes o diferencias razonables entre las últimas generaciones de demócratas.

Por ejemplo, ante un apuesto Albert que le caracteriza esa muletilla de “me alegra que usted me haga esa pregunta”, contrapesemos a un Aznar que decía “mirusté”. Y otra comparativa la tenemos en que Albert no da miedo y de Aznar llegó a decir aquel señor que dio mucha guerra y del que hablaremos hacia el final de este artículo, que “la verdad es que un poco de miedo sí da la sonrisa de hielo de Aznar”. (Él no decía “hielo”, hacía uso de otra palabra mucho peor).

Y si se trata de Sánchez, en cuanto puede nos recuerda que Podemos es el partido del PP en la izquierda, con lo que le honra un pequeño parecido con González cuando decía: “No es igual la izquierda que la derecha, pero Aznar y Anguita sí son lo mismo”. Y claro, Sánchez no sabemos hasta dónde puede llegar, pero hoy por hoy no puede ser González, como no lo pueden ser ninguno de los políticos del actual marco. Estamos hablando del  mejor político español del siglo XX, que incluso inventó un lenguaje. Así, para González no existían divisiones en su partido, sino “distintas sensibilidades”, no había un “gobierno corrupto”, sino que las “peores corrupciones estaban en el debate político que a la vez fomentaba la corrupción”. Palabras que muchos políticos no alcanzaban a comprender y terminaban por decir: “Oyes a Felipe y  te convence de cualquier cosa, pero luego lees lo dicho y no hay absolutamente nada”. Y no era así; por supuesto que había mucha sustancia en sus palabras: Felipe quería atajar la corrupción persona a persona, no quería hablar de “clase”, puesto que aquello, dicho en su época, significaba tirar petardos contra la democracia. Y aparte de su sagacidad, fue el gran seductor, capaz de atraer al secretario general de la oposición Jorge Verstrynge y sacarlo gratis de la derecha, o conseguir que Aznar, para estar a la altura, dejara de contar aquellos horrorosos chistes tan celebrados por sus acólitos. ¿Los recuerdan?: “La oposición está en pelotas y yo los tengo bien puestos. Los pantalones, je, je, je”.

Seguimos por la senda de Santiago y nos encontramos con Rajoy, que en cuanto le dejan se muestra con la misma socarronería de siempre, sólo comparable a la de su patrón Fraga, así el próximo día 13 puede repetir perlas como: “Por supuesto que yo no desprecio a los españoles, ni siquiera a usted”. ¿Recuerdan a Fraga? Con todo respeto, era un “crack”, y sin mala fe y no dudando que a pesar de sus formas era un demócrata, a veces “pasaba” de su partido juntándose con algún dictadorzuelo so pretexto de “los supremos intereses de Galicia o de España”.

Nos queda Pablo Iglesias, a quien lo definen sus abrazos; ahora los recibirá Garzón en lugar de Errejón, que se libera, y buscando una similitud con Carrillo, éste era apoyado por la mayoría de intelectuales titiriteros de la época y Pablo tiene muy pocos que le apoyen y ni siquiera los necesita, dice “tic-tac, tic-tac” y todo resuelto. Es un buen teórico pero nadie sabe si encontrará la templanza política que precisan los grandes líderes.

Dejamos para el final –otro día hablaremos de Suárez, Calvo Sotelo y Zapatero– al gran animador de campañas, que aunque ahora le pese –no tendría por qué– ese era Alfonso Guerra. A don Alfonso la gente siempre le recibía con el mismo ánimo: “¡Dales caña, Alfonso!”. Y él hacía gracia hasta cuando se justificaba: “Yo no insulto, analizo”.  Era el mejor y sus adversarios no sabían cómo defenderse de sus ataques, con lo cual, si no acudían al insulto seco y nada ingenioso, como quien le llamaba “soplagaitas”, a otros, caso de Luis Ramallo, lo sacaba de quicio y terminaba por recordar a don Alfonso la hora para el psiquiatra, o gente comedida como Miquel Roca, quien llegó a decir “que si los europeos conocieran a Alfonso Guerra no nos dejarían entrar en Europa”.

Mientras, él se divertía y a lo suyo: “Mis compañeros me preguntan antes de los mítines: Señor Guerra, cómo le presentamos. Y yo les digo: Pero por qué me preguntan eso, ¿es que acaso yo soy impresentable?”. Así, con una ocurrencia tras otra, haciéndose preguntas y dándose respuestas, entusiasmaba los auditorios y abarrotaba las plazas de toros.

Sin embargo, detrás de su aparente superficialidad, de la que con fina ironía e inteligencia se revestía en épocas de elecciones, su yo se escondía y se esconde en una persona muy sensible, quien define la poesía de esta manera: “es una toma de conciencia de la realidad mucho más profunda que cualquier otra de las actividades humanas: el poeta cala como el que hace prospecciones en el suelo; baja y te enseña lo que ha visto, que los demás no vemos. Me gustaría tener ojos de poeta y de niño”.

Fernando Robustillo Rodela