Lunes, 18 de diciembre de 2017

Jaén en el corazón. Sobre la superioridad moral.

 

No es la primera vez que paso una temporadita en Andalucía, y Dios y yo queramos que no sea la última. Esta vez fui magníficamente acogido por un sacerdote mucho más joven que yo y sin embargo amigo, que en la diversidad está el gusto y en aguantar las debilidades del uno y los impulsos del otro con lo cual, espero, se intercambian los dones y las experiencias y, de la amistad en la diversidad, todos salimos beneficiados; también tiene sentido la amistad en la igualdad, porque la amistad es un tipo de amor totalmente libre y, que yo sepa, aún no se han fabricado bridas eficientes para sujetarlo.

Me recibió en su casa parroquial de Torreblascopedro (la torre de Blasco y de Pedro) D. Jesús Delgado Vílchez, con el que había compartido proyectos para los scouts en el ámbito nacional del Movimiento Scout Católico y, cuando fue enviado a estudiar Teología Bíblica a Salamanca, hace un par de años, pudimos seguir manteniendo contacto, que el roce hace y mantiene el cariño.

Ahora, en una semana escasita he podido conocer a algunos de sus feligreses, celebrar y concelebrar la Eucaristía con ellos, cenar, reír y trabajar con el equipo de Pastoral de Juventud de su arciprestazgo, pasear Úbeda por la noche en buena y común compañía -¡Gracias, Jesús Monforte, por tus sabias y cercanas explicaciones!-, asistir al Jubileo de los sacerdotes en la catedral de Jaén, presididos por D. Amadeo, el nuevo obispo diocesano, que parece que entra con buen pie, comer un día con sus padres y hermanos en Jódar, su pueblo natal y charlar “de ómnibus” después de una cena tranquila en casa, en el patio con naranjos, estrenando la temporada de verano, o tomando un helado en un bar del pueblo o mientras poníamos la mesa o fregábamos los platos, que todavía no los han inventado que se frieguen solos, ni siquiera con lavavajillas triple AAA.

No todo fue positivo en esta visita. Por una parte, me enteré allí de que un olivo y medio de los plantados en la provincia de Jaén llevan mi nombre; sí, porque hay “solo” 65 millones de olivos y, claro, 65 gramos de polen de olivo que se vinieron en tromba a mí ya de por sí alérgica nariz. Eso fue molesto. Pero hubo una experiencia que me resultó triste: la mayor parte de los templos católicos de la diócesis, por no decir todos, están muy bien, son luminosos, están cuidados y bien atendidos por sus curas y por los voluntarios de las parroquias, pero todos tienen retablos “de postguerra”, modernos, imágenes de Olot, o dignas tallas hechas en serie o procedentes del taller de alguno de los muchos buenos imagineros andaluces actuales. Pero todo es moderno, vamos con una antigüedad que raramente supera los setenta años. Como un joyero…vacío.

¿Qué ha pasado? La revolución. Durante la Guerra Incivil 1936-39 la provincia fue zona republicana. Ahora no vamos a hablar de asesinatos, que demasiados hubo por ambas partes, y dentro de cada parte, en esos años y en los siguientes y merecen un baño definitivo de verdad, perdón, misericordia y reconciliación. La izquierda y la izquierda radical, comunista o anarquista, destruyó o permitió que se destruyera gran parte del patrimonio artístico. Propagandistas consumados como eran, sabedores de la función simbólica del arte, no podían tolerar que el arte de origen cristiano siguiera contaminando a las masas e interfiriendo en el advenimiento del hombre nuevo y lo destruyeron o permitieron que fuera destruido. Los hechos son mostrencos, podrán tener distintas interpretaciones o justificaciones ideológicas, pero los hechos están ahí, la destrucción del patrimonio canta con su ausencia, con su vacío, poniendo en cuestión uno de los dogmas mejor reconstruidos en los últimos decenios: la superioridad moral de la izquierda. Si nos viéramos obligados a comparar, tendríamos que hablar, probablemente, de la inferioridad moral de la izquierda y de la derecha; cada ideología tiene su talón de Aquiles y hay talones compartidos por todas ellas, por ejemplo, la corrupción, a la que no son inmunes ni los que se declaran puros. Es más, la historia demuestra que cuanta más pretensión de pureza, más probabilidad de corrupción. Tanto en el pasado como en el presente deben encontrar los partidos políticos con posibilidad de formar gobierno motivos para la humildad, para poner al servicio de todos los ciudadanos los valores de los que son portadores, pero sin pretensión de monopolio ni imposición de cordón sanitario alguno. Para eso debe servir la cacareada memoria histórica, para que cada partido y cada persona seamos conscientes de nuestro talón de Aquiles. Y de esto no deben librarse los partidos llamados emergentes ni los nacionalistas, porque no son extraterrestres sino españoles, demasiado españoles, incluso los que pretenden no serlo e independizarse. Pero ahora, padres, hijos o nietos de la Transición, estamos en una sociedad abierta y plural, donde hasta la pelea está reglada. ¿O no?