Lunes, 11 de diciembre de 2017

Dar de comer al hambriento

1. Esta primera obra de misericordia es seguramente la que primero viene a nuestra mente. Tal vez porque nuestros mayores nos han hablado muchas veces de los llamados “años del hambre”, con sus cartillas de racionamiento y sus dificultades para encontrar alimentos.
Las hambrunas de medio mundo nos causan escalofrío. Hay que reconocer un nuevo derecho como es  el de la soberanía o la autonomía alimentaria. Hay personas que piensan que  el hambre se debe a la escasez de alimentos, causada a su vez por la falta de agua o por el avance imparable de los desiertos.
Es verdad que esos fenómenos son muy preocupantes. Pero no son la única causa del hambre en el mundo. El Papa Francisco ha escandalizado a muchos al decir que no faltan alimentos. Lo que falta es responsabilidad y solidaridad.
 
2. El hambre aparece muchas veces en las páginas de la Biblia. Tratemos de recordar algunos datos que configura la memoria milenaria de Israel y también la de la comunidad cristiana.  
Para aliviar un tanto el hambre de los pobres, la Ley ordena a los segadores dejar en el campo algunas espigas y a los viñadores dejar algunos racimos para que puedan ser recogidos por los mas necesitados (Lev 19, 9-10; Dt 24, 19-22). Esa norma constituye el núcleo del hermoso libro de Rut.
Jesús deja claro que fue el hambre lo que movió al hijo pródigo a regresar a la saca de su padre (Lc 15, 14-17). Justo en el capitulo siguiente se nos presenta a un rico comilón que ignora escandalosamente a un mendigo llamado Lázaro, que yace junto a su puerta (Lc 16, 19-20).
Finalmente, el Señor nos revela que un día seremos juzgados por la decisión  de dar de comer al hambriento o bien de negarle esa ayuda (Mt 25, 35-42). Jesús se presenta como el rey que se identifica con el hambriento. En el nos espera el Señor. En él espera nuestra colaboración.
 
3. Es hora de preguntarnos qué  podemos hacer para que esta obra de misericordia
se convierta en un programa de justicia y un proyecto de fraternidad.
              Una cuarta parte de la humanidad parece ocupada en promover un consumo desenfrenado y preocupada tanto por mantener los precios como por llevar una dieta equilibrada. Mientras tanto, tres cuartas partes de la humanidad están preocupadas por no morir de hambre
Esta primera obra de misericordia nos  exige hoy informarnos de la presencia de los hambrientos en el mundo. Se nos exige conocimiento y denuncia de las causas que favorecen el hambre en un mundo marcado paradójicamente por la abundancia y por el despilfarro de los alimentos.
El hambre de pan o de arroz es una metáfora del hambre más profunda del ser humano. Hay muchas personas que tienen hambre de cultura. Y otras muchas, están hambrientas de afecto. La Madre Teresa de Calcuta decía: “En el mundo hay más hambre de amor y de ser apreciado que de pan”.
                                                                           José-Román Flecha Andrés
EL PROFETA Y LA VIDA
 “¡Ahora reconozco que eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdad!”. Con esta palabra se dirige una pobre viuda al profeta Elías. Ella le había ofrecido hospitalidad y él devuelve la vida al hijo de aquella extranjera de las tierras de Sarepta (1 Re 17.24). 
• El relato es muy interesante por varios conceptos. En primer lugar nos dice que la voz de Dios es eficaz en todas partes, que él se muestra misericordioso también con los paganos y que el gran signo de Dios es la promoción y la defensa de la vida humana.
• Por otra parte, la viuda de Sarepta tiene una concepción equivocada de Dios y su justicia, puesto que atribuye la muerte de su hijo a sus propios pecados. Pero el profeta no trata de adoctrinarla con discursos o lecciones. Son los gestos de misericordia los que mueven el corazón a confesar la fe.
• Finalmente, esta mujer pagana no está atada a los estereotipos habituales. Tiene la grandeza de ánimo suficiente para reconocer en su huésped a un profeta. Y en el profeta acepta al Dios del profeta. En medio de un mundo de paganos se nos sugiere que ella no se avergüenza de su fe.
 
EL DUELO Y LA MISERICORDIA
 
En la segunda lectura de la misa de este domingo 10º del tiempo ordinario, Pablo da cuenta de su propia mision a los cristianos de Galacia. Es una misión que no nace de su voluntad, sino de la gracia de Dios, que le envía a anunciar el Evangelio. Un Evangelio que no es aprendido de los hombres, sino revelado por Jesucristo (Gal 1, 11-19).
  • En el evangelio de hoy, Jesús se nos muestra lleno de compasión y de misericordia hacia una mujer viuda que ha perdido a su hijo (Lc 7, 11-17). Comenta Juan de Maldonado que “no hemos de esperar a que los pobres y afligidos nos pidan ayuda a voces”.
• Jesús se limita a decirle a la mujer “No llores”. El mismo Maldonado comenta que otras muchas personas le habrían dirigido palabras semejantes. Pero Jesús “le deja entrever de alguna manera la esperanza de que su hijo resucitaría”.
• Jesús tocó el féretro, con lo cual quedaba legalmente impuro según declaraba la Ley (Lev 21,1). Pero para él es más impotante el ejercicio de la misericordia que la preservacion de la pureza legal. Él es el Señor de la ley porque es el Señor del amor.  
 
 LA PALABRA DE VIDA
 
Jesús devuelve la vida al joven muerto en el pueblecito de Naím.  Pero no se la devuelve por el simple tacto del féretro, que solo tiene por finalidad detener el cortejo, sino por la palabra de vida que sale de sus labios.
• “Joven, a tí te lo digo, levántate”. Jesús invita a nuestros jóvenes a levantarse para vivir una  fe valiente y gozosa, aun a contracorriente de las opiniones e imposiciones.
• “Joven, a tí te lo digo, levántate”. Jesús invita a hombres y mujeres, creyentes o no, a levantarse para vivir una esperanza generosa y activa, buscando la fraternidad y la justicia.
• “Joven, a tí te lo digo, levántate”. Jesús nos invita a todos, especialmente a los cristianos, a levantarnos para vivir en el amor y para dar testimonio de la misericordia.  
 - Señor Jesús, sabemos que tú eres el profeta enviado por Dios. Creemos que eres el Hijo de Dios. Confesamos que eres el Señor de la vida. Con tu ayuda esperamos luchar para superar esta cultura de muerte que nos paraliza y adormece. Porque tú vives y reinas y nos esperas, ahora y por los siglos.  Amén.  
                                                                                        José-Román Flecha Andrés