Jueves, 14 de diciembre de 2017

Mujeres sacerdotes: Como era en el principio, ahora y siempre…

Publiqué hace días (13.05.16) una postal sobre la ordenación de las mujeres diaconisas, partiendo de una palabra del Papa Francisco, que estaba dispuesto a replantear el tema, creando para ello una comisión.

Han cambiado desde entonces algunas cosas, y parece que en Roma (Curia Vaticana) no andaban en la línea de la propuesta del Papa. Por mi parte, yo había dejado que pasara el tiempo antes de volver al argumento, pero hay dos noticias que me han impulsado a replantearlo:

‒ La primera es la noticia del Mundo que habla de la primera mujer sacerdote de España. Conozco bien a esa mujer, y estoy seguro de que si ha hecho lo que dice el Mundo tendrá buenas razones para ello, pero no estoy en condiciones de valorar la noticia, y así la dejo.
Cf. http://www.elmundo.es/sociedad/2016/06/03/5751806fca4741750a8b45fa.html

‒ La segunda es que he vuelto a leer el libro de Kevin Madigan y Carolyn Osiek, Mujeres ordenadas en la Iglesia primitiva. Una historia documentada, Verbo Divino, Estella 2006, donde de manera exhaustiva, apelando a documentos y textos epigráficos (no sólo a libros), los autores demuestran que en la Iglesia antigua hubo mujeres presbíteros y diáconos, de manera que históricamente el tema está resuelto, y así digo que las cosas pueden ser en el futuro como era en el principio, aunque con matices diferentes..

He tratado varias veces de este tema, en diversos libros y trabajos, que aquí no quiero citar, desde el año 1999. Llevaba un tiempo sin replantearlo directamente, pues estoy convencido de que no va a resolverse con teorías de libro, sino con la misma vida, es decir, con el desarrollo de la misma Iglesia. Por eso me estoy dedicando a escribir gruesos comentarios bíblicos.

Pero, con ocasión de esa “nueva sacerdote católica de España” y de mi nueva lectura del libro de Madigan y Osiek, quiero ofrecer unas reflexiones en la línea de un cambio ministerial de la Iglesia, que permita que las mujeres sean lo que siempre han debido ser, ministros de la Iglesia (en una línea ministerial distinta de la actual). Habrá mujeres obispos, sacerdotes y diáconos... y de eso trata el tema que sigue.

16 RAZONES Y CAMINOS PARA UN CAMBIO MINISTERIAL DE VARONES Y MUJERES

 

1. En principio está el “sacerdocio común”,

la certeza de que todos los cristianos pueden y deben compartir la vida de Jesús, en apertura a Dios y comunión de vida, siendo así sacerdotes (sacerdocio común de los fieles). En ese sentido, el sacerdocio se identifica con la misma existencia cristiana, interpretada como don de Dios, en agradecimiento, en amor ofrecido a los demás. Éste es el sacerdocio común, que el mensaje y la vida de Jesús ofrece a todos los que quieran escucharle. Por eso, en la Iglesia, en principio, no hay lugar para consagrados especiales, ni sedes santas, ni santos lugares o personas, ropas, canciones o colores ofrecidos a Dios por ser distintos.

Ser cristiano en radicalidad, eso es ser sacerdote. Ese mismo sacerdocio vivido es la santidad cristiana. Sólo en un segundo momento, desde ese sacerdocio común, se puede y debe hablar de ministerios especiales, al servicio de la misión y comunión cristiana.

2. La tradición posterior ha sacralizado un tipo de clero jerárquico masculino,

de manera que sólo puede haber eucaristía con un ministro “ordenado” de un modo jerárquico. Esta sacralización ha “invertido” la experiencia de Jesús y de la Iglesia primitiva, que empezaba por las comunidades, que nombraban a sus propios ministros. Pues bien, pienso que ha llegado el momento de invertir esa inversión, de manera que el conjunto de la iglesia (no sólo la jerarquía) recupere su libertad creadora, su sacerdocio de base.

Siempre que un grupo de cristianos se reúna, de buena fe, en nombre de Jesús, escuche su palabra e invoque su memoria en el pan y vino compartido, podemos y debemos afirmar que existe eucaristía, aunque actualmente no será oficial, si no está presente un obispo o presbítero, en nombre de la Iglesia jerárquica. Pero es verdadera eucaristía, siempre que se mantenga el recuerdo de Jesús y su palabra, en comunión concreta, en torno al pan de la vida, porque lo primero en la iglesia es ese sacerdocio de base.

3. Conocer la historia, para cambiar la situación actual.

No defiendo el angelismo, ni la improvisación autoritaria (que cada uno viva y haga como quiera, llamándose cristiano), pero tampoco la imposición unitaria de una jerarquía o la nivelación y sometimiento de los fieles, ni la pura anarquía.

Al principio no había jerarquía superior, sino comunidades diferentes, que cultivaban desde su variedad un recuerdo común de Jesús y una experiencia convergente de plenitud escatológica. Las iglesias no se unieron como imperio (Roma), ni como pueblo separado, con su ley nacional (judaísmo posterior), sino como red de comunidades que se saben vinculadas por un mismo Jesús . Así nació la Gran iglesia, a partir del 'nuevo pacto' mesiánico (eucarístico) a modo de comunión de comunidades, que

4. Principio apostólico.

La Iglesia es apostólica, está fundada en la fe y misión de aquellos a quienes Jesús ha llamado y enviado, en el transcurso de su vida y tras su muerte, por experiencia pascual, no sólo los Doce, sino otras mujeres y parientes de Jesús (cf. Hech 1, 13-14) o los testigos a que alude Pablo en 1Cor 15, 3-9 (Pedro, los Doce, apóstoles, Santiago, muchedumbre de hermanos...).

Los cristianos posteriores somos herederos de aquellos primeros creyentes y enviados, que aceptaron el testimonio de Jesús, tanto en Galilea (profetas itinerantes) como en Jerusalén. No podemos ni queremos crear una iglesia nueva, pues la iglesia está fundada en ellos para siempre: su fe sigue siendo digna de fe para nosotros, sobre su base seguimos construyendo. Por eso somos iglesia apostólica.

5. Varones y mujeres.

Ciertamente, como signo de los viejos patriarcas (=generadores) de Israel, los Doce han sido varones y así representan la nueva federación mesiánica de tribus de Israel. Pero no son significativos como patriarcas, sino como creyentes y mensajeros de Jesús, de tal forma que su misión pueden realizarla por igual varones y mujeres. .

Además ese modelo de los Doce ha fracasado y todas las funciones ministeriales han sido asumidas igualmente por varones y mujeres, como suponía Pablo. Sólo después (por lo menos desde Pastorales) la iglesia se haya vuelto patriarcal, ese cambio responde al contexto social, no al evangelio: en perspectiva de evangelio, la reducción del ministerio cristiano a los varones carece de sentido.

6. Ser coherentes.

En perspectiva de evangelio sólo existe una respuesta: ser coherentes y claros, desde la raíz del Cristo, viviendo con libertad creadora y gozo intenso, sin resolver los temas por imposición de arriba ni de abajo, sino por diálogo entre todos, de forma que no haya arriba ni abajo.

Posiblemente es conveniente (inevitable) que la gran institución clerical se derrumbe, pero no para alzar otra semejante (que todo cambie, para que todo siga igual, como suele decirse), sino para descubrir y expresar la novedad mesiánica. Para que el reino llegue tiene que caer un tipo de ministerio actual, no por afán destructos, sino por amor de Dios y entrega a los pobres (Mc 11, 12-26 par).

7. Partir de lo que existe.

Algunos sienten prisa: les gustaría que llegaran nuevos romanos imperiales (como el 70 EC) para destruir la sacralidad externa de la iglesia actual. Otros sostienen es tiempo apocalíptico: acaba la iglesia, termina el cristianismo, pero acaba también la vida sobre el mundo. En contra de eso, pienso que las cosas tienen un sentido positivo, que es bueno lo que tenemos y que así debemos apoyarnos en ello, pues mucho de ello es bueno: fruto de un largo proceso de fe y sufrimiento, camino esperanzadamente abierto.

Lo que a veces parece simple iglesia en ruinas (visión de Francisco de Asís) contiene elementos que deben aprovecharse y restaurarse, según el ejemplo de aquel que no quiso quebrar la caña cascada, ni apagar la mecha humeante (cf. Mt 12, 20). Aquí debe aplicarse la paciencia histórica, hecha de ternura ante lo que parecen ruinas .

8. Fin de la Curia Vaticana

Desde hace siglos se viene hablando de una reforma "in capite et in membris" (de Roma y del conjunto de la cristiandad). En contra de lo que podía pasar en otro tiempo, sentimos una gran ternura por Roma (su historia y arte), pero pensamos que las funciones centralizadoras y burocráticas de su Curia Vaticano resultan no sólo innecesarias sino contraproducentes.

El ministro del evangelio es, por definición, un hombre o mujer que llega de modo directo a los excluidos de todo tipo, y crea comunión directa entre los fieles. Eso es difícil en la actual Curia Vaticana, donde parece que la documentación y burocracia, en línea de sistema, se sitúan por encima de la libertad y comunión personal del evangelio.

9. A favor de Pedro (=Papa)

El obispo de Roma en cuanto tal no es necesario, pues no lo hubo hasta entrado el II EC (aquella iglesia estaba dirigida por presbíteros), pero de hecho ha realizado una función de pacto y unidad, sintiéndose vinculado a Pedro (y Pablo), cuya memoria y confesión mantiene Roma. La mejor aportación de la iglesia de Roma es que empiece siendo hermana entre las otras otras, dejando que esas otras exploren y busquen su camino, en clave de evangelio.

. Se abre así un modelo distinto de unidad en comunión, que no sea un simple retorno a la historia más antigua (con sus reuniones, sínodos, concilios y encuentros comunes), ni tampoco una continuidad de lo que ahora existe (dirección unificada de la administración de las iglesias), sino experiencia de comunión dialogal entre iglesias hermanas y autónomas, dentro de un mundo unificado en clave de diálogo y comunión de todos.

10. Creatividad comunitaria.

Ciertamente, la iglesia es lugar donde nacemos a la fe y aprendemos a vivir; pero sobre todo es casa donde compartimos el pan y dialogamos, como hermanos-hermanas y madres (cf. Mc 3, 31-25), en madurez humana y búsqueda comunitaria. Este ha sido y será un camino difícil.

Ciertamente, ella ha dejado resquicios de autonomía creadora, que han explorado genialmente los grandes místicos como Juan de la Cruz, que muchas veces han debido exilarse interiormente para expresar sus experiencias; pero en general ella es una institución obsesionada por la seguridad y control de sus fieles.

La Iglesia actual una institución venerable, que acoge a acoge a muchos pobres y ofrece espacio de amor para millones de personas, pero tiene miedo de la creatividad comunitaria y del diálogo leal entre los fieles. Por eso debemos cambiarla, por amor al evangelio. No se trata de dejar a los creyentes solos, cada uno ante su Biblia, como han hecho algunos grupos protestantes, sino de potenciar comunidades, capaces de explorar y tantear, de crear y ofrecer caminos de evangelio (en libertad y comunión), en este tiempo nuevo en que la mayoría parecemos cansados .

11. Hogar contemplativo.

Queremos que la contemplación sea un aspecto central de la vida cristiana, de manera que haya lugares y momentos donde creyentes puedan reunirse para compartir la experiencia de fe, en silencio o cantando, de un modo temporal o para siempre, ofreciendo al conjunto de la iglesia el testimonio de la experiencia fundante de Cristo.

El futuro debe ser un tiempo de amor contemplativo, si no quieren que el sistema le destruya. Pues bien, le contemplación cristiana ha de encarnarse y ofrecer su testimonio en los lugares donde el ser humano está más estropeado, es decir entre los excluidos del sistema, en gesto de plena gratuidad

12 Libertad creadora: ¡viene el reino!

Parece que muchos han dejado de creer. Unos suponen que el ciclo cristiano termina: esto se acaba, resistimos un tiempo, mantenemos algunas estructuras, luego Dios dirá; somos los últimos de una larga historia, de mil años de tradición cristiana occidental. Otros tienen miedo y defienden el sistema: se creen llamados a mantener el orden y guardas las estructuras, en plano de dogma y disciplina, como si Cristo les necesitara para mantener la iglesia; normalmente se fijan en cosas secundarias (hábitos y rezos exteriores, estructuras caducas).

Pues bien, en contra de unos y otros, pienso que este es un tiempo bellísimo para sembrar evangelio. Esto es lo que importa: no tener miedo y explorar formas de vida cristiana, desde el evangelio, en comunión cordial con el conjunto de la iglesia, pero sin estar esperando las directrices directas de una jerarquía. Se trata de ser iglesia, de acoger la voz del evangelio y de crear vida cristiana, con autonomía, en la línea de todo lo que he venido diciendo en este libro.

13. La importancia de los ministerios

En este fondo destaca nuevamente la importancia de los ministerios, que no tienen carácter sacerdotal (en el sentido clásico del término: no ofrecen víctimas, ni aplacan a Dios con sacrificios), pero son fundamentales, como mediadores de Palabra y Amor comunitario. No hay iglesia visible sin ellos, ni fraternidad sin institución, que organiza el amor desde el evangelio.

Como Cristo fue ministro (servidor) del Reino de Dios (de los humanos), así sus seguidores: todos son ministros de la Humanidad reconciliada, de maneras diferentes, dentro de una iglesia que se encuentra llena de tensiones, en momento de crisis. En este contexto queremos evocar el tema de la re-forma de los ministerios, conforme a dos caminos que deben acercarse (completarse), para bien de la Iglesia:

14. Camino oficial.

El Vaticano mantiene una actitud tradicional: insiste en el sistema y actúa como "estado religioso unificado", con nuncios ante las naciones, nombramiento directo de obispos, formación presbiteral en seminarios, celibato, exclusión de mujeres etc. Mirado de un modo exclusivista, este modelo se encuentra a mi entender bastante seco. Está acabado (al menos en occidente), por la escasez vocacional y, sobre todo, por el tipo de vocaciones que prepara, desligadas de sus comunidades, separadas de la vida y crecimiento real de los cristianos.

Es muy buena la mediación de caridad de la Iglesia de Roma (así decía Ignacio de Antioquía), pero no para imponer sino para animar… Esta animación de la Iglesia de Roma con su obispo es muy importante, pero no puede imponerse sobre el conjunto de las iglesias. Por eso, las reformas que proponga el Papa Francisco o sus sucesores son (serán) muy importantes, pero ellas no pueden definir el futuro de la Iglesia. La función de Pedro según Mt 16, 17-19 tiene un sentido diferente.

15. Camino extra-oficial.

Hay comunidades que empiezan a reunirse por sí mismas, sin un presbítero oficial, suscitando desde abajo sus propios ministerios de celebración y plegaria, servicio social y amor mutuo etc, como al principio de la iglesia. Son comunidades que han comenzado a compartir la Palabra y celebrar el Perdón y la Cena de Señor sin contar con un ministro ordenado al estilo tradicional, pero sin haber roto por ello con la iglesia católica, sino todo lo contrario, sabiéndose iglesia. Estos "ministros" pueden recibir nombres distintos: a veces se les llaman colaboradores, otra son auxiliares o párrocos seglares, otras asistentes pastorales...

Lo del nombre es lo de menos. Más importante es el hecho de que algunos están reconocidos y realizan funciones oficiales. En otros casos, tanto las comunidades como sus "ministros" actúan sin respaldo oficial. En caso de conflicto con la jerarquía pueden afirmar que actúan de un modo "privado": lo que presiden no es Eucaristía o Penitencia sacramental, sino celebración piadosa (no oficial) de la Cena y Perdón de Jesús. Pero esta parece una disputa de palabras.

Las comunidades que actúan de esta forma carecen de visibilidad oficial (no tienen comunión ministerial externa), pero pueden estar en Comunión real con el conjunto de la iglesia. Ellas son, por ahora, pequeñas y frágiles, pero estoy convencido de que van a multiplicarse, eligiendo sus ministros (varones o mujeres), para un tiempo o para siempre, conforme a la palabra de Mc 9, 39 no se lo impidáis.

16. Comunidades no integradas, comunidades integradoras.

Teológicamente hablando, estas comunidades no integradas (por ahora) en el orden oficial de la Gran Iglesia no plantean dificultades. Así nacieron al principio las iglesias, así eligieron sus ministros, así se federaron formando unidades mayores. Por ahora, la Gran Iglesia no admite ese modelo, pero lo hará pronto, no sólo por la fuerza de los hechos sino, por la misma evolución de sus ministerios oficiales, que irán perdiendo sacralidad sacerdotal (carácter jerárquico) para convertirse en servicios comunitarios de carácter flexible, desde el interior de las mismas comunidades.

El organigrama jerárquico de la iglesia actúa es más propio de un sistema burocrático sacral y estamental que de una comunión de seguidores de Jesús. Sólo así se entiende el hecho de que que esta Iglesia ordene ministros en sí (presbíteros sin comunidad, obispos sin iglesia), como expresión de honor y cambio de estado (elevación estamental). Muchos de esos ministros absolutos (sin comunidad o iglesia), mantienen un carácter difícil de precisar, de manera que parece preciso que volvamos a los primeros tiempos de la iglesia, que en el siglo V (Concilio de Calcedonia, año 451) prohibía la ordenación en sí, sin referencia a una iglesia.

(Pero con esto entramos en un tema que deberá tratarse con más pausa y detalle).