Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Memoria blanca

28/mayo/sábado

La primavera entra en los raíles finales. La fuerza de las plantas, la viveza y el verdor, ya no es el mismo. Continúan las humildes pero vanidosas amapolas con su rojo deslumbrante haciendo pasarelas campestres, que nada tienen que ver con el artificio de las alfombras cinéfilas, pero los amarillos del clavel silvestre y del jaramago han perdido mucha intensidad. Es el principio del fin, la ley del tiempo. Las margaritas también están apagando su luz blanca. El día mezcla sol con nubes que traen lluvias, pequeñas borrascas que parecen  querer regar la vegetación aún enhiesta. Es un día tranquilo, pero con una enorme carga de expectación y emoción; me espera una gran noche.

    Ya a la tardecica, a sol poniéndose, me reúno con Enrique, Eli, Isidro y Rodrigo a ver la final de la Champions Ligue. Real Madrid- Atlético de Madrid. Tres madridistas y dos blaugranas ante el televisor. Servidor es tan democrático que hasta se somete en una final de este calibre a los comentarios equivocados de los “enemigos”. Como buen merengue sufro si el Madrid pierde. Lo que sucede es que sufro pocas veces porque el Real Madrid es un equipo ganador. Sobre todo en la Copa de Europa, que es el nombre que a mi me sigue gustando. Catorce finales ha jugado cosechando once victorias y sufriendo tres derrotas. No está mal el porcentaje. Recuerdo la primera final que perdió el Madrid, en 1962, frente al Benfica portugués de Eusebio. Ganaba el Madrid 3-0 y después perdió por 5 a 3. No sé que le pasó a aquel equipo comandado por Di Stéfano. Yo era un niño de nueve años. Pero aquella amarga derrota la recuerdo aún con dolor. El partido lo vi en Cañizo, en el bar del señor Narciso, que nos dejó entrar a los niños con gran misericordia. Entonces había contadas casas con televisión y los niños dependíamos de la caridad. Sólo podíamos ver los partidos en los bares o en la casa de Don Amado, el cura del pueblo. Y en los bares teníamos que hacer algún gasto, un pirulí, un chicle, una bolsa de pipas, una Fanta, un Kas,  algo. Pero no siempre teníamos ni las perras gordas ni los reales necesarios.

   Estos tiempos son muy diferentes. Ahora hasta ponen pantallas gigantes en las ciudades para que los aficionados puedan seguir este tipo de acontecimientos. Y es que la vida ha cambiado una barbaridad. Ni en sueños podíamos imaginar entonces estos lujos. Y eso que soñar soñábamos mucho. Yo, desde luego, cada día descubría un tesoro. Eso sí: cuando iba a cogerlo siempre me perseguía alguien que me quería matar y tenía que dejarlo. Los únicos sueños que hice realidad fueron los éxitos del Real Madrid. Siempre se lo he agradecido. Porque además aquella España de principios de los sesenta del siglo XX era pobre, mísera y triste, la España de la leche en polvo de los americanos y un queso amarillo que en la escuela decíamos que procedía de Holanda. Leche a media mañana y queso de merienda. Y a correr.

    Ahora hay muchos problemas, pero en nada se parece esta España a aquella. Aunque el Madrid, eso sí, otra vez campeón de Europa. Le ganó a un Atlético que volvió a ser “el pupas”. Ganamos en la tanda de penaltis. Un éxito, digan lo que digan “los enemigos”, porque otras veces los penaltis nos han echado de la competición, como hace unas temporadas contra el Bayern Münich, y no dijimos nada. “Es el fútbol, estúpido”, que le diría Bill Clinton a George Bush padre.

    Después, gran cena: un ceviche exquisito de corvina elaborado por Isidro y “esqueixada de bacallá”, plato que presenté yo en honor al Barcelona, que es el que de verdad perdió esta final. Lo cortés no quita lo valiente. Para beber, un botellón de tres litros, “coupage” de uvas portuguesas y de la Ribera del Duero. Excepcional, tanto, que Isidro ahora me exige más. También unos magníficos verdejos “Cuarenta Vendimias” de Cuatro Rayas. ¿Qué más se puede pedir? A veces la vida es una maravilla. Incluso mi felicidad este día fue tan grande que me sentí bondadoso, hasta llegar a tener un recuerdo de cariño para más de un amigo/“enemigo”, como Javier Aguirre, un pasional blaugrana que entiende mucho de vino, bastante de comida con fundamento, pero nada de fútbol. Más vale que se dedicara al periodismo deportivo de investigación.

   Todavía espero la llamada de felicitación de varios amigos míos del Barcelona, alguno de la Barcelona misma, aún eufóricos por haber ganado esta temporada dos competiciones de barrio. La envidia es muy mala.

 

1/junio/miércoles

 

   Escucho una frase con la que estoy totalmente de acuerdo: “alterar la realidad no es periodismo”. Creo que no se puede decir algo más preciso en una frase más corta. Es, a la  vez, un contenido muy de actualidad, porque el periodismo vive demasiado alejado del análisis profundo de lo que pasa. Por lo tanto, no se hace periodismo, se hace otra cosa. Por supuesto, siempre hay excepciones, pero escasas.

   El periodismo hoy se debate entre el espectáculo y el silencio. Tanto es así que el líder de “Podemos”, Pablo Iglesias, creció de forma arrolladora en el show tertuliano de La Sexta, un canal de televisión que ha sabido encontrar el punto de espectáculo necesario a sus programas informativos hasta convertirlos en referente. La audiencia manda, que eso supone publicidad y ésta dinero. Las noticias hoy en día se valoran más por la atención morbosa que generan que por la importancia que realmente tienen. Es una demostración más de que a pesar de vivir entre catástrofes reales y anunciadas, se opta por un mundo superficial, vacuo, intrascendente, huero, incoloro, inodoro e insípido. Y la cosa no va de broma. Los hechos internacionales, y los nacionales, claro, son graves, muy de preocupar. Que en Estados Unidos Donald Trump pueda ser presidente es terrible, que Europa sea incapaz de solucionar como debiera el problema de los refugiados de Siria es un desastre, que Gran Bretaña pueda abandonar la Unión Europea, es una demostración más de nuestro fracaso político, que estén en las puertas del gobierno nazis y fascistas, como en Austria, es una locura, que en España vuelvan a repetirse las Elecciones Generales del 20-D, es una muestra más de nuestro deterioro como país…y así sin parar.

   Mientras tanto el periodismo, con las empresas que lo acogen, no sabe por dónde tirar ante los ahogos económicos: si por el papel, que vive una crisis acelerada por la pérdida de venta casi exponencial, lo que augura una pronta desaparición, y el negocio digital, que no acaba de encontrar su sitio, ni desde el punto de vista financiero ni desde los contenidos.  

   Y el periodismo no es que sea el Dios del Triángulo del humorista José Luis Martín, pero sí un reflejo. Malos tiempos corren cuando se anula más que nunca el buen periodismo, cuando los gerentes de los medios, (en general directores comerciales venidos a más) son valorados como los nuevos mesías, cuando los periodistas de verdad no tienen ni trabajo ni medios donde ejercer.

    Leo que David Jiménez ha presentado una demanda por su cese como director del diario “El Mundo”. El periodista ha alegado que durante el año que ha estado en el cargo, sustituyendo a Casimiro García-Abadillo, se produjo una vulneración de los derechos fundamentales y de la cláusula de conciencia por parte de Antonio Fernández-Galiano, presidente de Unidad Editorial. La demanda ya lo dice todo y reafirma lo que escribo.   

   Este es un ejemplo, muy extendido, por todo el panorama periodístico español. La cláusula de conciencia es un derecho constitucional de los profesionales de la información, pero eso se lo pasan por la entrepierna muchos gerentes de medios, para los cuales a quien sirven es al dinero, vía poder, no a los lectores, oyentes o telespectadores. Engañan sin inmutarse al tiempo de predicar la libertad de expresión y opinión.

    Hace bastante tiempo que se empezó a prostituir todo; desde que las empresas vieron que debían ampliar sus fauces en busca de negocio y se entregaron a los gobernantes de turno para hacer caja. Pasó entonces el periodismo crítico, elaborado, serio, a un segundo plano. Sólo la gran crisis ha sido capaz de levantar alfombras ante el ejercicio profesional de los jueces y fiscales que dijeron “hasta aquí hemos llegado”. Es lo único bueno que hay que agradecerle a la crisis económica. Hay un antes y un después en este sentido.

    Hasta este hecho tan relevante, que tiene en causas judiciales, o en la cárcel, a un montón de ladrones, el periodismo fue por derroteros de malas prácticas al convertirse las empresas periodísticas en otra cosa, al desaparecer al mismo tiempo los editores históricos de los medios, aquellos de vocación que nadaban en aguas turbulentas entre el poder y la defensa de sus periodistas, por otros con intereses espurios, muy diferentes al objetivo de una empresa periodística. Los propios periodistas hemos caído en la trampa y en la trama, y debemos rezar el “yo pecador” sin excusas.

  Hay quien sigue creyendo que es cierto que una mentira, como dijo el criminal nazi Goebbels, se termina convirtiendo en verdad si se repite cientos de veces. No, una mentira repetida mil veces será mil veces mentira, ahora y siempre, lo diga Agamenón o su porquero.

   Y no olvidemos que “sin periodismo no hay democracia”.

 

2/junio/jueves

 

   Santiago Nájera me regala el libro de Gustavo Martín Garzo “Los viajes de la cigüeña”. Una preciosidad, literatura de la buena. Ya lo había leído hace tiempo, pero me he vuelto a poner sobre la nueva edición y me está gustando más que la primera vez. El libro es una serie de relatos bajo el mismo prisma: el tiempo de la niñez y la adolescencia del escritor en el pueblo de su alma: Villabrágima, una localidad de Valladolid. Me identifico con él porque habla de “Tierra de Campos”, la misma comarca de Cañizo, y ser su pueblo primo hermano del mío. Yo he escrito en “Prosas de pan” contenidos semejantes a los de Martín Garzo en “Los viajes de la cigüeña”, pero muy lejos en calidad literaria. Martín Garzo es un grande de la literatura española, premio Nadal entre otros muchos. Entre sus virtudes destaca una especial, inimitable: la capacidad para mezclar imaginación y realidad. Ante eso yo me siento incapaz. Por eso seguiré el consejo de mi amigo Jerónimo Rando: “cada cual debe escribir su propia prosa”.

    Seguiré leyendo a Martín Garzo, y “Los viajes de la cigüeña” porque reclaman tiempos de emoción, como es la infancia y la juventud, a través de la memoria, porque “la memoria es un viaje y cuando recordamos no hacemos sino visitar los lugares que guardan las huellas de nuestra vida”. Dijo algo semejante García Márquez: “la vida no es como la vivimos, sino como la recordamos”.   

    Testigo de todo, la cigüeña, esa que cada invierno volvía al campanario a criar y ver la vida de todos los habitantes del pueblo desde las alturas. Esa cigüeña que con el cambio climático ya no va y vuelve, porque se ha quedado para siempre a vivir entre nosotros.