Sábado, 16 de diciembre de 2017

Lo que permanece oculto

A Cintia S. R.

La inteligencia suele tenerse en una alta estima. Se valora a las personas inteligentes. Resultan atractivas, incluso; aunque asimismo esa inteligencia pueda hacerlo a uno tener reparos en acercarse a ellas. Yo tengo el privilegio de conocer a unas cuantas. La estética de sus sistemas de pensamiento merece algún poeta que cante tal prodigio, o a un escritor a ras de suelo que le dedique unas palabras.

            Dice P. Zumthor que la inteligencia no aspira tanto a la síntesis como a la comprensión de un orden. […] El orden fundamenta así la solidaridad conectando a los seres con las cosas, horizontalmente según su posición y verticalmente, de un escalón jerárquico a otro (fin de la cita). En esta página (46) de La medida del mundo (en la editorial Cátedra), vemos que el autor suizo se decanta por la inteligencia como la capacidad de ordenar la información, en lugar de sintetizarla, o resumirla. En la disposición de cada cosa en su lugar correspondiente, la mujer y el hombre echan mano de ella. Dotan de sentido a un espacio. Construyen un sistema de relaciones a un nivel horizontal, enfocado en la distribución de los elementos en un territorio, tanto animado como inanimado, y a un nivel vertical, de un escalón jerárquico a otro: una pintura es más importante que una piedra. Seguramente, hasta aquí todos coincidimos más o menos. Pero no sé si sucedería lo mismo si nos detuviéramos a considerar qué entendemos por inteligencia.

            Quizá la acepción del Diccionario de la Real Academia Española más cercana a nuestro discurso sea la primera: «Capacidad de entender o comprender.» Hasta cierto punto, también puede resultar correcto mencionar la segunda: «Capacidad de resolver problemas.» Por razones lógicas, de otro lado, en esta ocasión no nos ocuparemos de la séptima acepción: «Sustancia puramente espiritual.» Como gesto casi instintivo, he acudido a un motor de búsqueda de contenido en Internet (así define Wikipedia a Google). Dice que la palabra que convoca nuestra atención viene del latín intelligentia-æ, que alude a la capacidad de saber escoger  entre varias opciones. Visto así, el asunto parece quedar zanjado, no hay más. Una persona inteligente se entera de las cosas, sabe leer entre líneas y escoge la mejor opción. En cierto sentido, entonces, dispone de un tiempo antes de la acción, en el que reflexiona y deduce e infiere datos, para, finalmente, actuar. No obstante, la acción puede responder a fines cuestionables, puede estar al servicio de intereses problemáticos. Desde esta nueva perspectiva, la inteligencia no resulta autosuficiente. No se basta a sí misma. En cambio, se erige como un instrumento de la razón, apenas, que necesita de otros instrumentos más para funcionar correctamente dentro del sistema del ser humano.

            Hoy por hoy, sigue jugando un papel importante en la vida de la mujer y el hombre y de la sociedad, creo. Pero parece no haber mucho sitio para ella. Hay muchos WhatsApps y Likes y muchas pasiones que nos tienen retozando a nuestras anchas. Así, usando una imagen poética, las aguas de los ríos que son nuestras vidas, que van a dar en la mar que es el morir, discurren por sus caminos hasta que un día encontramos que ha pasado el tiempo y que nunca hicimos nada por alcanzar lo que permanece oculto. ¿Cuántas personas inteligentes conoce Ud.?... (Si no, se vale decir Einstein.)

 

 

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