Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Periodistas y payasos

La culpa es nuestra, por permitirlo, por participar en el circo. La culpa es de nuestras asociaciones y colegios, por no denunciarlo con nombres y apellidos, por no sancionar a los periodistas que actúan como payasos sin previo aviso. La culpa es de las empresas de comunicación que han olvidado su función de servicio público, que han supeditado la información al espectáculo, que dan por válido cualquier medio usado por sus medios para justificar su fin: la audiencia que llena la caja. Clin-clin. Pero, sobre todo, la culpa es de los gobiernos que no han querido poner fin a este sindiós de la información en nuestro bananero, borbónico y fratricida país. Porque dejar en manos de payasos que buscan el entretenimiento y de empresarios sin escrúpulos una materia tan sensible como la información, solo puede entenderse en una sociedad podrida, border line y caciquil.

El debate no es nuevo, la solución tampoco es complicada.

Todos estamos de acuerdo en que una información falsa puede acabar con la reputación y la vida de una persona. Por tanto hay que ponerla en manos de un profesional, de un periodista. Con un ejemplo quizá se entienda más fácilmente.

Cualquiera en este país puede abrir un hospital o un medio de comunicación. Sólo basta tener un poco de dinero y buena vista para los negocios. Hasta ahí todo normal. Muy lícito.

En el hospital sólo pueden examinar las dolencias, hacer diagnósticos y prescribir tratamientos –según marca la ley- los profesionales de la salud. En un medio de comunicación -como los gobiernos no quieren regularlo por ley- puede tratar la información desde una cuñada del dueño hasta el tragasables de la esquina. No hay legislación sobre este punto. De hecho, cuando alguien habla de regulación, los propietarios de los medios sacan a relucir la pomposa “libertad de expresión” olvidando algo tan importante o más como el “derecho a la información” de todo ciudadano.

Y no, no se trata de corporativismo. Se trata de asegurar que la profesión se ejerza con dignidad y rigor, pensando en informar de un modo veraz al ciudadano. Luego, los dueños del chiringuito, que pongan a opinar a quien les salga del mondongo, que sigan contratando payasos (algunos con título de Periodismo), pero que le dejemos claro al oyente, al espectador, al lector de noticias, lo que es información y lo que no.

Ojalá llegue el día en el que ser periodista vuelva a ser un orgullo por prestar un servicio necesario a favor de la verdad y la libertad. Ojalá dejemos de sentir vergüenza ajena por los payasos –con o sin título- que denigran la profesión. Ojalá la indignación contra la pasividad de nuestros gobernantes se transforme en leyes de acceso a la información. Ojalá la dictadura de los empresarios de la cosa dé paso a una nueva época con menos precariedad laboral, más trabajo y un poquito de dignidad. Ojalá.