Domingo, 17 de diciembre de 2017

Nosotros, la gente

 

Un primer acercamiento al Informe FOESSA 2016, que en esta edición se publica bajo el título Expulsión Social y Recuperación Económica, confirma aquello que incompresiblemente algunos quieren negar: existe una España a dos velocidades en términos de exclusión social, según manifiestan los técnicos que han realizado el estudio.

 

Algunos datos que, desgraciadamente, lo confirman:

·    – Los ingresos de los hogares han caído espectacularmente desde el primer impacto de la    crisis, con una reducción que supera el 10%.

·    – Las diferencias han aumentado y las rentas medias se han reducido, lo que ha producido un hundimiento de las rentas más bajas.

·    – Aumenta el riesgo de pobreza en todas las CC.AA. y en el conjunto nacional la variación anual media es del 9% si anclamos el umbral de pobreza en el año 2009.

·    – Respecto a los hogares con todos sus miembros activos en paro, no ha habido ninguna Comunidad Autónoma que haya logrado reducir esta situación a niveles anteriores a 2009.

·    – Al ritmo actual, alcanzar las cifras de hogares sin ingresos anteriores a la crisis, ya de por sí elevadas, puede suponer hasta siete años.

 

Pongo de relieve las palabras de Natalia Peiro, directora del área de Comunicación de Cáritas  cuando expone que las dificultades que revela el Informe “responden a una cuestión de modelo social, de cómo nos planteamos la construcción de nuestra sociedad. No es una consecuencia de la crisis. Lo que sí han empeorado como  consecuencia de la crisis son las condiciones de vida para que las personas y familias puedan abrir un nuevo periodo de mejora, porque su posición ya no es la misma y tampoco sus oportunidades”.

 

Vuelven, inevitablemente, a la punta de mis dedos los versos del poeta y ciudadano, Juan Gelman:

 

Viendo a la gente andar, ponerse el traje

el vestido, la piel y la sonrisa

comer sobre los platos dulcemente

afanarse, correr, sufrir, dolerse

todo por un poquito de pan y de alegría,

viendo a la gente, digo, no hay derecho

a castigarle el hueso y la esperanza,

a ensuciarle los cantos, a oscurecerle el día 

 

Y como estamos en tiempo de descuento electoral,  recuerdo también de golpe las palabras de Belén Gopegui, escritas no hace más allá de un año, con esa sutil mirada que muchos le agradecemos:

La gente, los y las votantes, no somos un terreno neutral. Somos un campo de batalla o un teatro o ambas cosas. En nosotras y nosotros se libran los combates y las representaciones. Hoy parece estar cundiendo una superstición acerca de “la gente”. Hoy hay miedo a expresar en público que a veces la gente puede tomar decisiones equivocadas.

Con el fin de evitar posibles respingos poco encomiásticos con esta afirmación, quizá rechazos ante la magnitud de su significado, o respuestas que salgan del cajón de los lugares comunes, hay que decir que la autora se pregunta también y, sin duda, muchos con ella, si puede haber alguien que nunca se equivoque y no se arrepienta por ello.

Pero con el objetivo de alejar de nosotros una posible actitud rayana en la conmiseración, aclara que esta suerte de creencia en la última palabra de “la gente” no está lejos de aquella frase publicitaria: el cliente siempre tiene razón.

El lector sagaz (cuál no lo es) se habrá percatado de que quizá nos encontremos casi como al principio: erramos, nos confundimos, y no ayuda precisamente a salir de nuestro engaño el que nos den razón como a los tontos, ni que se tome nuestra palabra/voto en vano: la respuesta de los ciudadanos han sido clara, han dicho lo quieren, manifiestan unos y otros interpretando a su interés la combinación numérica resultante.

Pero la ciudadanía ya conocemos el funcionamiento de nuestro sistema de representación parlamentaria y los resultados que puede ofrecernos. Por ese motivo, podemos permitirnos exigir a nuestros representantes cambios y ajustes que permitan afinar esa representación.

Estamos al corriente de cómo funcionan las coaliciones, de quién es cada cual y de su frase más o menos ingeniosa, pero lo que nos gustaría es conocer también el contenido de los programas, y  fundamentalmente la políticas económicas que se van a aplicar para solucionar los grandes temas, los que interesan a la gente: trabajo precario, sanidad, educación, pensiones, dependencia… Y no menos importante, cómo van a hacer posible esos cambios durante la legislatura; vamos, explicitar lo que se viene llamando memoria económica, el camino a seguir.

No me interpreten mal, comparto y apoyo que el miedo está cambiando de bando, como se proclamaba durante las manifestaciones del 15M y la Mareas antes, durante y después de ese estallido lógico y necesario, fruto del enorme cansancio (me contengo en las expresiones) ante tantas palabras huecas, al comprobar como seguían sin desaparecer situaciones humanamente intolerables (sigo embridando mi lenguaje).

Pero reclamo, con el resto de la ciudadanía, que las organizaciones políticas también pierdan el miedo: el de contar al ciudadano, negro sobre blanco, lo que quieren y pueden hacer (ahora) y cómo lo van a llevar a cabo. Saben que lo tendremos en cuenta, y que en función de lo que nos cuenten o escondan decidiremos si podemos seguir caminando a su lado.

Pero, atención y cuidado, no será lo único que hagamos.

Creo que ciertamente estamos comenzando a dar pasos para restituir, y por qué no decirlo, quizá instaurar por primera vez una verdadera carta de ciudadanía. Es posible que en próximas fechas podamos comenzar a avanzar un cierto tramo del camino en este sentido. Pero conviene no engañarse, el viaje es largo, y puede abatirnos el hastío o la desesperación. Para cauterizar esa brecha, desgraciadamente antigua, hay  que ser conscientes de que sigue habiendo demasiadas cosas en contra, y lo que es peor, de muchas de ellas ni siquiera somos conscientes que operan contra nosotros.

Anuncios, programas, noticias y objetos que traen consigo exigencias, obligaciones. Todo eso nos construye tanto como el libro que leímos en silencio o la amistad, como el miedo a perder el trabajo o a no tenerlo. Los contratos hacen conciencia, viajar dentro de un coche construye formas de ver el mundo. Nos recuerda y previene con acierto la autora de Lo real.

Es por ese motivo, que argumentos tan evidentes le permiten afirmar, y a nosotros con ella, que decir que a veces algunas personas se equivocan es más razonable que decir que siempre tienen razón, que aciertan quienes votan a partidos que han legislado contra lo común durante décadas. Decirlo significa asumir que creemos que, en ciertas cuestiones, nos equivocamos menos.

¿Y por qué, si así no fuese, si no pensáramos que es posible una organización de la realidad más amable y menos cruel, íbamos a defender ciertas ideas y proyectos?

De tan necesaria como acertada cuestión, planteada por quien también escribió La conquista del aire, se pueden extraer dos conclusiones.

Las organizaciones que quieren representarnos tienen, ya lo hemos dicho, que cambiar al miedo de bando y mantener con claridad sus posiciones. No se trata únicamente de hablar de centralidad, mayoría de votos o transversalidad para que en estas palabras quepa todo, cualquier movimiento o postura.

Conviene recordar que organizaciones políticas que en poco tiempo han conseguido representarnos en las administraciones locales y autonómicas, por citar a las más cercanas, lo consiguieron porque no cambiaron a los problemas de nombre: paro, desahucios, pobreza.

Si ahora quieren, como lo queremos nosotros, seguir trabajando en la eliminación de estas intolerables situaciones que nos recuerda entre otros el Informe Foessa, deben hacerlo contando con la ciudadanía; solo de esta forma, unidos, podremos.

Y tener presente, como consigna ineludible, que quizá lo que se quiere decir con “la gente” es que la verdad no la hacen sólo los votos sino que, para una subversión real, se necesitan también los cuerpos en movimiento, día tras día; palabra de Gopegui, y de nosotros, la gente.

Rafael Muñoz