Sábado, 16 de diciembre de 2017

Una de trenes

Ya ni recuerdo cuando fue la última vez que viajé en tren, pero no debió ser hace tanto tiempo, porque por dentro, el vagón era tal y como yo lo recordaba: las mismas mesitas, el mismo tapizado en los asientos, los mismos guiris aprovechando para dormir, la misma pantalla informativa (aunque hoy está prácticamente inmóvil: no funciona el reloj, ni la temperatura exterior),…

Pero algo debe de haber cambiado por fuera, porque en vez de las tres horas que solía durar el trayecto, mi billete dice que tardaremos hora y media.

¿Paramos? Si va a hacer una parada cada 10 minutos, dudo que llegue a su hora. Salvo que coja mucha velocidad entre parada y parada, claro, pero el familiar traqueteo no da sensación de velocidad.

Y del otro lado de la ventana, los campos de la ancha Castilla siguen igualitos a como yo los recordaba en primavera. Las llanuras levemente onduladas con su cuadrícula irregular en distintos matices de verde, los grupitos diseminados de árboles, el horizonte tan lejano…

De vuelta al interior del vagón, la voz cantarina de un chico italiano me arrulla y me adormece, al contrario que a su compañera, que se esfuerza en mantener los ojos abiertos y en aparentar que le interesa el soliloquio.

La pantalla cambia, un aviso de próxima parada, una parada que yo no sabía que existía. Esto sí es nuevo. Y el reloj estropeado. Y el termómetro marca 00ºC, cosa del todo imposible en esta soleada mañana de mayo.

Fin de trayecto. El reloj de mi móvil confirma que el tren ha llegado a la hora exacta que refleja mi billete. Y a mí que me da pena deshacerme de aquella frase tan divertida: “llevas más retraso que el tren de la una”.

 

Falsa alarma. La modernidad no ha llegado a todos los trenes, ni mucho menos: el viaje de  vuelta duró 3 horas, yo creo que eso es incluso más de lo que yo recordaba. Bueno, salvo aquellas veces, en que sin saber por qué, el tren se quedaba parado en mitad de ningún sitio. Afortunadamente, eso sí parece haber cambiado.