Lunes, 18 de diciembre de 2017

De amores y otras mandangas (y II)

Sostiene Ernesto que el problema de este país es que no nos queremos. Según él, si nos quisiésemos unos a otros no tendríamos una visión negativa de nosotros mismos, ni seríamos unos jueces de horca y cuchillo para lo propio, y unos bobalicones de gafas de corcho para lo que viene de fuera.

  -Es cierto que algunos esnobs están convencidos que lo bueno llega del extranjero. ¡Discúlpelos! Ni han viajado lo suficiente, ni visto otros mundos, y siguen sin quitarse el pelo de la dehesa.   

  -Si renunciásemos a ese yo analfabeto y presuntuoso que tanto nos perjudica, tendríamos a gala hablar español, un idioma universal en el que se comunican cientos de millones de personas en varios continentes, y no arrastraríamos un complejo estúpido de inferioridad que nos lleva a chapurrear inglés toda la vida, o francés, o chino…

  -Por fuerza tengo que estar de acuerdo con usted –asentí moviendo la cabeza-, en esta segunda parte compartimos demasiados puntos de vista. 

  -No puede ser de otra manera –dijo con naturalidad-. Imagínese si desde la lactancia llevásemos a nuestros hijos a estudiar Matemáticas o Física; en la infancia sus primeros teoremas y principios físicos; en la niñez, a academias de actividades extraescolares donde les siguieran explicando Matemáticas o Física fuera del horario escolar; en la adolescencia a campamentos y colonias en los veranos donde estudiasen Matemáticas o Física; en la primera juventud a intercambios con matemáticos o físicos de otros países… ¿no serían unos genios en esas disciplinas? 

  -No voy a negar lo evidente. Ahora no interesa aprender Historia, Matemáticas o Física; lo único importante es hablar inglés. Nuestros paisanos han convertido el medio en un fin. Pero estará conmigo de la profesionalidad, abnegación y entrega de los docentes de este país, que aún estando mal pagados, y sufriendo incomprensión y falta de consideración social, trabajan diariamente para desasnar a unos alumnos malcriados, vagos y apáticos, y alejar de sus vidas la contagiosa burricie (casi siempre lo consiguen).

  -Bueno, bueno…, si remásemos todos en la misma dirección, no dejaríamos que la España semiárida pase sed, mientras la otra mitad tira el agua dulce de la lluvia al mar. ¿Acaso no traemos el gas de Argelia o de Siberia? Sería fácil llevar las aguas sobrantes del norte al sur.

  -No lo dudo. Pero entonces tendríamos que militar todos bajo la misma bandera, celebrando las concordancias que nos igualan y festejando las particularidades que nos enriquecen. Sólo así dejaríamos de ser insolidarios y estaríamos orgullosos de los éxitos de los otros, que serían los nuestros.