Martes, 12 de diciembre de 2017

No está tan mal

Dicen de la saudade que lo más terrible (y bello) es que quien la padece siente que no está tan mal extrañar aquello que un día consideró su hogar, que experimenta, incluso, cierto placer en eso de añorar paisajes, olores y objetos de la infancia, sensaciones que ya solo puede recordar mirando fotografías (o en Google Earth o streaming. Va a ser verdad que corren malos tiempos para la lírica). Otro tipo de “amor fati”, similar pero notablemente distinto, es aquel que nos enseñaron Penélope o Madame Butterfly con su espera incesante, y al mismo tiempo paciente, de sus amores extraviados. Desprovistas de capacidad de acción, ambas mujeres se entregaron en cuerpo y alma a la tejeduría (y destejeduría) o a la mera –que no carente de significado– contemplación del mar.

 

De ambas mujeres, también de todos esos emigrantes que, forzados por las circunstancias, cruzaron el océano deseando regresar, deberían aprender, y de hecho lo hacen, los aficionados del Atlético de Madrid, esos que el pasado sábado abandonaron desolados, una vez más, el lugar donde reside la gloria sin llegar a probar su sabor. Antes del partido, su líder carismático, el Cholo Simeone, decía asumir encantado los 113 años de historia del club, su tradición eminentemente luchadora, sufridora y perdedora. Al menos eso fue lo que yo entendí, aunque amigos atléticos me sugirieran que solo intentaba mostrarse confiado de cara al partido, firme en su convicción de que este 28 de mayo todo sería distinto.

 

Pero el discurso cambió al final de esa suerte futbolística que son los penaltys, en la que víctima (portero) y victimario (resto de futbolistas) intercambian papeles. La confianza del Cholo se desmoronó tras el gol de Cristiano Ronaldo, cuyo oportunismo tras deambular por San Siro como alma en pena se erigió en antítesis del fatalismo colchonero. Y es que el técnico habló de fracaso sin paliativos, y mostró una vez más el reverso de su apariencia segura, ese que ya insinuara antes del partido de vuelta de la semifinal ante el Bayern al confesar acudir aterrado a cada encuentro, con los bolsillos de la chaqueta lastrados por un sinfín de miedos.

 

Y eso está bien. El temor a la derrota es un acicate que alimenta de manera más o menos velada la capacidad de sufrimiento del deportista de élite. Pero también está mal, porque transforma la victoria en el único bote salvavidas que cumple con las normas de seguridad acreditadas convirtiendo, así, en mucho más numeroso el número de náufragos que el de asientos libres. Aun así, confío en que Simeone pueda reagruparse tras un período alejado de esa cuerda –del grosor de una arteria– en la que vive casi sin darse cuenta. Y espero que vuelva a hacer formar fila a los suyos al toque de corneta, aunque personalmente aborrezca su belicosa interpretación del vencer a toda costa. Porque atléticos del mundo, toca disfrutar de esta bien ganada fama de perdedores de la que solo pueden presumir los grandes equipos. Toca esperar, y esperar, después de todo, no está tan mal.