Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Traición Enmascarada

“El vino se parece al hombre: nunca se sabe hasta qué punto se le puede apreciar, amar u odiar; ni cuantos actos sublimes o crimenes monstruosos es capaz de realizar. No seamos, entonces, más crueles con él que con nosotros mismos. Tratémosle como a un igual”

(Charles Baudelaire)

ENTRE PUENTES

TRAICIÓN ENMASCARADA

-La cosa pasó hace ya algún tiempo en un restaurante de muy buena pinta en Madrid – no recuerdo su nombre y tampoco lo diría- Llegó el maître a la mesa de variedades autonómica, pues estábamos sentada a la misma, un gallego, un extremeño un madrileño y el salamantino que esto suscribe. Íbamos a darnos un homenaje, o sea sin remilgos a la hora de encargar la comanda, - le dijimos: sorpréndanos con unos entrantes y nos recomiende luego un segundo; le hacemos confianza. Y para beber, ¿Qué va a ser? Aparece entonces una carta enciclopédica en la que el mayor de los etnólogos se extraviaría, y se perdería entre tanta página dedicada a los caldos. “Mire, tráiganos un Luis Cañas Reserva”, le digo,  mirando a los compañeros de mesa si era su aprobación – lo que tu elijas será bueno para nosotros- Y el hombre desde una atildada cordialidad añade: “Perdone caballero”. ¿Me permite una pregunta?- Las preguntas siempre pueden responderse fuera de casa -. Adelante. Que el maestresala no se corte “¿Puedo preguntarle porque ha elegido usted ese vino?”. Curiosa pregunta.- A veces elegimos cosas y personas y no sabemos los motivos que nos han llevado hacia ellas.- Le contesto con decisión: “Pues mire usted, lo he elegido porque conozco ese vino y me gusta”. Y a buen seguro que aquí  mis amigos aprobaran el haber acertado en mi elección. En teoría no habría nada que objetar. El gusto siempre es nuestro y nada de lo que entra por la boca debería responder a reglas objetivas y exactas. Las cosas del beber no son ni buenas ni malas, simplemente gustan, emocionan y evocan como si fueran aquella canción que recordamos en nuestra vida o el aroma de la casa en la niñez.

Pero, el inquisidor del restaurante no se dio por satisfecho con esa respuesta. Intuyendo que tras ese argumento como “conozco el vino y me gusta”- me temía que no sería razón suficiente, que era una ingenuidad de visitante de provincias-, y se dispuso el buen hombre a mostrarme el camino de la verdad. “Debo decirle ante todo que yo soy amigo de Luis Cañas. Pero también debo advertirle que, según me han dicho, no toda la uva que entra en sus prensas proviene de las viñas de su propiedad”. Y el muy taimado añadió: “En cambio este otro vino, también de la misma zona, es un vino producido por la totalidad de las uvas del bodeguero”. Y tal vez cayendo en el tópico del gallego añadió una hiriente apostilla: “Y además está mejor de precio”.

 Hay veces, que los caballeros no hablan nunca de dinero. Pero algo se había quebrado en aquella mesa. Queríamos un buen vino. Nadie discutía el precio. No se trataba de tener razón sino de aprender y de gozar de la apacibilidad y camaradería de aquella mesa franca. Pero alguien había introducido en los manteles un concepto demasiado frágil.- sobre el que evidentemente dialogamos- Alguien había esgrimido como emblema de autoridad la amistad con el tal Luis Cañas. Y había usado esa supuesta amistad para desacreditarle. En tanto que amigo estaba mejor enterado de los trasiegos de sus vinos y dudaba en confiarle a un desconocido una información que en nada aumentaba el placer del bebedor, y que, sin embargo, menoscababa la calidad del elaborador.

Cuando, a la amistad le llega tarde o temprano la adversativa introducida por el “pero” de rigor hay para echarse a temblar, la amistad es un escudo para nuestros amigos, y sin embargo hay gente que la usa para escucharse a sí misma y para ponerse las botas ante la carnicería que está a punto de comenzar. Le dije. “Perdone usted. Pero aquí en esta mesa, el único amigo de Luis Cañas debo ser yo. Porque, sin conocerlo personalmente, me he sentido vinculado a su vino. Mientras que usted, hablándome de su vino, se ha desvinculado de su amistad”. Antes la lealtad a ciegas que la traición enmascarada de buenos consejos.

No es nueva esta falta de sinceridad, de elegancia y saber estar. Lo fácil que hubiera sido decir, mire usted, ese vino no lo tengo… en este momento, pueden elegir otro de la carta… o si lo prefieren les puedo recomendar etcétera… Pero no… hubo que “dinamitar y desacreditar al bueno de don Luis… y a su vino”;  ¡menos mal que era amigo del mismo!… Luego el de  “pajarita” se portó  con la comanda y otro vino… pero la fechoría ya estaba hecha… Que aproveche… tú.