Jueves, 14 de diciembre de 2017

Un festín de monotonía

Crónica del festejo taurino del Corpus en Ledesma

Miraba la gente a los cielos antes de comenzar y se hacían apostillas sobre la posibilidad de que se produjera la suspensión si finalmente caía un chubasco. Sin embargo las amenazadoras nubes negras respetaron el festejo, aunque no el frío y en ocasiones el viento, convirtiendo lo que era una corrida de ‘feria’ en algo tedioso. Pero para ello también colaboraron en exceso el resto de la componenda, es decir quienes llevaron un corrida tan desigual, falta de casta, ayuna de emoción y con los pitones seriamente sospechosos, festín al que se sumó un pesadísimo Sebastián Castella y en ocasiones López Simón, al que regalaron la segunda oreja del sexto, quizás por aquello del paisanaje, en este caso porque en ese pueblo tormesino tiene la raíz familiar de un abuelo. Por eso, ya al final la gente comentaba que cuánto mejor si hubiera descargado el nublado para liberarnos de aquel aburrimiento que nos sirvieron en bandeja. De un tedio en toda regla y que únicamente se salvó del náufrago la faena al sexto toro de López Simón.

Ahora el toreo moderno (con honrosas excepciones) se basa en dar pases, muchos pases buscando la estética y hasta en muchas ocasiones llegan los avisos antes de entrar a matar. Le ocurrió a Sebastián Castella, que es un prototipo del llamado toreo moderno, o sea de este época en la que los inpetos dicen la barbaridad que se torea mejor que nunca y la realidad es bien distinta, porque falta la esencia, que es la emoción y la faena de verdad siempre tuvo quince muletazos y una estocada. No los doscientos de la actualidad que se da el caso que cuando montan la espada ya está muy pasado de faena el toro. Esa es la razón por que en ocasiones, estos exponentes del toreo moderno, que tiene a Castella en uno de sus adalid, en la mayoría de las veces aburren a los mismos toros en la colección de pases de todas clases que les dan. Por delante y detrás, porque también están de modas las ‘culerinas’ y las ‘espaldinas’, sin olvidar ese cambio con el que empieza la mayoría de las faenas –hoy tan de absurda moda- y que también regaló en Ledesma. Se puso tan pesado que hasta le pitaron al concluir la tercera de sus faenas ante un inválido que no se tenía en pie y él ‘erre que erre’. Y no hay peor cosa que un torero pesado y si encima la emoción, que es el motor de un espectáculo taurino, está ausente, la definición de esta corrida sobra por sí sola. Porque la gente no puede estar en un tendido bostezando, mirando el reloj y wasapeando con los amigos, que realmente era lo que más hacían y pueden comprobar en las fotos de ambiente. En la plaza hay que vivir y sentir las faenas por la emoción que traiga el toro y esa misma emoción debe llegar con una sensación de peligro y que no parezca el espada un enfermero rehabilitador que además da la sensación de que aquello lo puede hacer cualquiera, algo que daba a entender Sebastián Castella, quien en este 2016 y a expensas de su última tarde en Madrid no parece ni la sombra de ese torero fresco y gozalón del pasado año.

López Simón tampoco se despeinó en los dos primeros toros. En su primero lo mejor fue su faena sobre la diestra en el que hubo gusto y que concluyó con un arrimón final; por encima del soso cuarto su labor fue de entrega; pero lo más importante lo consiguió en el ‘anovillado’ que cerró plaza. Al salir ese torito a la arena ya se llevaba, pásmense, ¡casi dos horas y media de corrida! y ya había gente que incluso había desertado del frío y la monotonía de las figuras, junto a la sosería del ganado. Pero ahí regaló una tanda de naturales que levantaron los olés y a continuación otra serie sobre la diestra que fue lo mejor de la tarde frente al animal que mejor embistió y frente al que, en parte, trató de recuperar una tarde que fue arrastrada por las mulillas del tedio y el aburrimiento que la dominaron.

                                    Ficha del festejo

Se lidiaron toros de El Pilar (con el hierro titular y el de Moisés Fraile, de la misma casa ganadera), muy desiguales de presencia, varios de ellos con los pitones sospechosos y en generas desrazados. El sexto, anovillado, fue el de más clase. El tercero se lastimó una mano y fue sustituido por otro de la ganadería titular.

Sebastián Castella (azul y oro): Ovación con saludos, silencio tras dos avisos y ovación con saludos tras aviso.

López Simón (lila y oro): Oreja, Plamas tras dos avisos y dos orejas.

Gente de plata: Chacón –de la cuadrilla de Castella- se desmonteró tras parear con exposición y verdad al tercero.

Palco: Presidió Aureliano Grande Cubino, aprobado y sin más nota por ser muy fácil para cambiar el tercio de varas con un picotazo y también ligero para premiar con la segunda del sexto a López Simón. Con una iba bien, que además con la anterior ya podía salir por la puerta grande.

Ambiente: Tres cuartos de plaza en tarde fría y amenazando lluvia.

Paco Cañamero / Fotos de Alberto Martín y Raquel Zurdo