Lunes, 11 de diciembre de 2017

El invierno de 1729 fue el más frío de los inviernos

Hace unos días, un compañero y yo tropezamos con un escrito muy curioso en el Archivo Diocesanos de nuestra ciudad. Hacía referencia a un relato, que pone de manifiesto la crudeza del invierno de 1729, y, por su interés, lo hemos transcrito y lo ponemos a vuestra disposición para que también podáis conocer los entresijos y mordidas, que, a veces, nos depara la madre naturaleza. El texto lo colocó el cura en la primera plana de uno de los libros de bautismo de los Villares de la Reina. Y dice así:

“En el año 1729, fue extraordinario el invierno por lo frío; desde el día 22 de diciembre, en que cayó una nieve, duró hasta el día quince de febrero por los exorbitantes hielos y fríos, que fueron en tal extremo, que se helaron los vinos y todo género de fluidos, hasta el aguardiente y rosoli; las calles tan vidriadas que se llegó a echar pregón de que se echase estiércol, aunque poco aprovechaba para las fatalidades de la gentes, que caían, y dieron otro arbitrio de irlas picando, como en las canteras; los nacidos aseguraban no haberlos experimentado; no lo vi, mas me lo dijeron haber encontrado hombres helados sobre las caballerías difuntos, los boticarios hallaron suma quiebra en sus causales por las redomas que les saltaban; los taberneros no podían sacar el vino de las pieles por estar congelados dentro; mala temporada fue para estos, porque se les corrió poco el pie de altar, hubo pocos bautizos que hacer, no hallaban sujeto ni materia. En algunas parroquias, no se pudo decir misa por helarse la materia calicis (del cáliz), sin que arbitrio humano fuese bastante; las ciudades sacaban a los religiosos sin sentido, casi muertos, de los actos, como sucedió a un trinitario descalzo; no se hallaba tampoco providencia de carbón en todo el tiempo, y así comunidades y señores todos se hallaban faltos sin que se pudiesen socorrer, ni bastaba quemar puertas, sacos y camas para resistir el tiempo, porque éste quedaba, y aquello se consumía; Oí decir a hombres eruditos y sabios:  faltó muy poco número de grados para perecer la gente; no me creas, aunque escribo esto, afiánzolo con todos los vivientes actuales, que lo experimentaron todos, y aún dirán más que yo. Licenciado Pozo”.

Con esta noticia, me sentí arrecío de cuerpo y de espíritu. Y me interrogué: ¿A aquellos hombres y mujeres, se les helaron también las ideas, y los sentimientos, y las buenas intenciones…? El escrito no habla nada de eso, pero yo creo que no; su generosidad, su solidaridad y el empeño, que pusieron todos por remediar las calamidades, que les paralizó y consumió por un tiempo, lo ponen bien de manifiesto.

Pero yo creo que, en este invierno nuestro, más bien dulce, con temperaturas más bien suaves, a algunos, más bien políticos, sí se les congelaron las ideas, los sentimientos y las buenas intenciones, y les afloraron los egoísmos, las ambiciones y las ganas por tomar posiciones en cabeza, que les asegurasen sus estatus de privilegio y laboral durante cuatro años más.

Y nosotros, como espectadores masoquistas, lo asumimos con resignación cristiana.