Lunes, 18 de diciembre de 2017

Pro futuro

De vez en cuando le preguntan a uno en sus viajes lejanos que cómo ve Europa. Ellos más o menos saben la respuesta porque, como ya resulta evidente, es un hecho la globalización de la información. Verdadera o enturbiada, pero globalizada. En este caso, ellos ya saben de la crisis económica, social y política que sufre nuestro continente. También del envejecimiento de la población, de la erosión de ese supuesto Estado de bienestar del que parece ser hemos disfrutado, de las tensiones territoriales, de los problemas de los refugiados…

Algo menos sobre la larga crisis del euro, sobre las distintas concepciones de lo que debe ser la Unión Europea, sobre la expansión de los extremismos, sobre el proteccionismo que lleva tiempo laminando esa idea de Europa unida que algunos defendemos a pesar de todo, a pesar de la excesiva burocracia, de la abundante corrupción, de las insalvables diferencias dentro de un territorio bastante pequeño en términos comparativos…

No ha sacado el que suscribe la práctica bola de cristal que suele resolver todas las incógnitas, porque todavía no ha logrado encontrarla, pero lo que sí tiene en la mano es un instrumento muy útil para saber de dónde venimos y adónde no hay que volver. Tengo en la mano las extraordinarias memorias de Stefan Zweig, que nos dan  pistas valiosas…

El título de este libro excelente es “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. No se trata exactamente de una historia contemporánea de Europa, sino bastante más que eso: una mirada aguda y cercana sobre los decenios previos al momento en que el Movimiento Europeo se puso en marcha para superar una convulsa y dramática relación entre las potencias europeas, que hasta que llegó al paroxismo no fue consciente de su salvaje huida hacia la autodestrucción…

Con una prosa envolvente, a la que ayuda la buena traducción, este judío ilustrado da cuenta de lo que él describe como “la más terrible derrota de la razón y del más enfervorizado triunfo de la brutalidad de cuantos caben en la crónica del tiempo” y lo que le preocupa, con toda la razón, es “la hecatombe moral, y desde tamaña altura espiritual”…

Cuando tengo ocasión de hablar a auditorios latinoamericanos de la magna y compleja construcción europea, empiezo por recordarles que hubo un tiempo aciago en que cada generación europea, o si lo queremos en términos mucho más estrictos: alemana y francesa, tuvo su guerra, cada vez más sanguinaria y despiadada. En uno de esos momentos de excepcional inspiración que nos muestra la historia, un grupo de ilustres europeos planteó con inusual éxito poner las virtudes en común y se encaminó hacia la superación sólida de enconos y odios cervales. Esto permitió avances impresionantes desde la perspectiva comparada, que mostraron al mundo las ideas fértiles que el viejo continente todavía podía ofrecer...

En tiempos de desilusión, zozobra y tensiones me parece fundamental echar una profunda mirada atrás, para afrontar con sensatez los grandes retos que nos depara el inmediato futuro...