Domingo, 17 de diciembre de 2017

Eucaristía y caridad

En la fiesta del Cuerpo y la Sangre de Cristo celebramos también el Día de la Caridad. No es una casualidad esa unión del misterio con la práctica cristiana. Ya san Juan Crisóstomo vincula la participación en la eucaristía con la caridad y justicia debidas a los más pobres.  

En una conocida homilía compara el Santo el honor que se tributa al cuerpo sacramental de Cristo con el honor que se niega a los pobres que son miembros de su cuerpo: “¿Deseas honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecies, pues, cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez”.  
Han pasado los siglos, pero la situación tal vez no haya cambiado tanto. El día 22 de febrero del año 2007, el Papa Benedicto XVI  firmaba la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, es decir, “El Sacramento de la caridad”, sobre la Eucaristía, fuente y culmen de  la vida y de la misión de la Iglesia.
    Recordando el fenómeno de la  globalización que con frecuencia aumenta la diferencia entre ricos y pobres, reconoce el Papa que  debemos denunciar a quien derrocha las riquezas de la tierra, provocando desigualdades que claman al cielo (SC 90).
Menciona él  las poblaciones que viven bajo el umbral de la pobreza, cuya indigencia podría ser solucionada con “la mitad de las ingentes sumas destinadas globalmente a armamento”.  El Papa se pregunta: “Estos seres humanos, ¿no son nuestros hermanos y hermanas? ¿Acaso sus hijos no vienen al mundo con las mismas esperanzas legítimas de felicidad que los demás?”.
E inmediatamente relaciona el mundo de la pobreza con la celebración eucarística, al afirmar: “El Señor Jesús, Pan de vida eterna, nos apremia y nos hace estar atentos a las situaciones de pobreza en que se halla todavía gran parte de la humanidad: son situaciones cuya causa implica a menudo una clara e inquietante responsabilidad por parte de los hombres” (SC 90).
La evocación de los pobres adquiere en esta exhortación el tono profético de la denuncia de todo lo que degrada la dignidad del ser humano. Y nos invita al compromiso en todo aquello que puede contribuir a la civilización del amor,
“Las instituciones eclesiales de beneficencia, en particular Caritas en sus diversos ámbitos, prestan el precioso servicio de ayudar a las personas necesitadas, sobre todo a los más pobres. Estas instituciones, inspirándose en la Eucaristía, que es el sacramento de la caridad, se convierten en su expresión concreta; por ello merecen todo encomio y estímulo por su compromiso solidario en el mundo” (SC 90).
En este año, nuestra atención a los necesitados ha de ser un signo y testimonio de que la Eucaristía es fuente de la misericordia que se espera de nosotros.
                                                                         José-Román Flecha  Andrés
 
 
EL PAN Y EL VINO
“Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, sacó pan y vino, y bendijo a Abrán”  (Gén 14,18). Es misterioso este rey sacerdote. Nada se dice de sus orígenes. Pero se manifiesta como representante de un culto natural y cósmico. Sus ofrendas no incluyen la sangre de animales sacrificados. En sus  manos, los frutos de la tierra son ofrenda que se presenta a Dios y prenda de la bendición que viene de Dios
El pan y el vino aparecen también en el relato de Pablo (1 Cor 11,23-26). Retomando la tradición que ha recibido, el Apóstol recuerda que Jesús ofreció a sus discípulos un pan y un cáliz. Era la noche misma en la que había de ser entregado. Al pasarles el pan y el cáliz, Jesús expresaba que se entregaba por ellos.
Es más, Jesús anunciaba que se entregaría siempre. Y que sus discípulos habrían de hacer presente aquella memoria en todo tiempo y lugar. No se trataba solo de repetir el rito, es decir, el significante. Se trataba de hacer vivo el significado, es decir, la entrega a los demás.
 
PERFECCIÓN Y SERVICIO
 
El relato de la multiplicación o distribución de los panes y los peces se repite en los cuatro evangelios. Este año, lo tomamos del evangelio de Lucas (Lc 9,11-17). Como en tantas ocasiones, el texto nos invita en primer lugar a contemplar la acción de Jesús y después a continuar sus gestos en la historia humana.
• Pues bien, vemos que Jesús toma los productos de que disponen aquellos que le siguen. Solemos decir que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona. Lo que nosotros podemos ofrecer al Señor nunca se pierde. En sus manos adquiere una dimensión más amplia y más universal.
• Es evidente que todos disponemos de algunos bienes y de algunas cualidades. En ellas buscamos unas veces alimento y otras veces una satisfacción personal. Jesús no las desprecia. Al contrario, las valora. Jesús nos invita a superar nuestro individualismo y a poner esos bienes que consideramos “nuestros” al servicio de todos nuestros hermanos.
   
INVITADOS A LA MESA
 
El relato evangélico incluye, además, una lección “magisterial”. Contrapone la actitud de los discípulos con la exhortación del Maestro. En él se nos revela cómo somos y pensamos, y cómo debemos ser y actuar. 
 • “Despide a la gente… que vayan a buscar alojamiento y comida”.  Pensando bien,  esta frase de los discípulos puede reflejar su preocupación por las gentes y su confianza en las decisiones del Maestro.  Pero puede también revelar esa “indiferencia” ante los demás, que el papa Francisco denuncia una y otra vez.
•  “Dadles vosotros de comer”.  Jesús conoce bien las posibilidades de sus discípulos y de todos los que le siguen. Sabe que han de aprender a compartir sus bienes con los demás. La irresponsabilidad es el nuevo nombre del pecado. Dar de comer al hambriento es la primera de las obras de misericordia.
- Señor Jesús, tú eres el pan que da la vida. Agradecemos tu entrega por nosotros. Veneramos el misterio de la eucaristía. Y, puesto que tú nos invitas a tu mesa, nos comprometemos a invitar a nuestra mesa a los pobres de este mundo. Amén. 
                                                                                      José-Román Flecha Andrés