Lunes, 18 de diciembre de 2017

Fuera lanzas

20/mayo/viernes

Los medios de comunicación resaltan que el Gobierno de Castilla y León ha aprobado un decreto-ley que impide que el famoso Toro de la Vega de Tordesillas muera alanceado. El denominado “Torneo”, y considerado por los habitantes de la histórica localidad como una tradición de 500 años, hace tiempo que se ha convertido en un foco violeto. Lo que debía ser sólo una fiesta ha alcanzado tintes bélicos entre defensores y detractores. Sobre todo por la controversia en la forma y manera que se da muerte al toro, una práctica que yo siempre he considerado absolutamente troglodita, espejo de otra época e impropia de estos tiempos. El caso es que al reclamo de un morlaco, eso sí, de unos 600 kilos, se ha venido celebrando esta  fiesta a la que acuden cada año entre 20.000 y 40.000 personas.

     La cita, por lo que tiene de encuentro, de colorido, de alegría y de fiesta, podría ser una más de tantas en España. El vino se agria cuando se da muerte al toro, que antes ha corrido asustado entre la gente, y termina en una agonía salvaje tras ser alanceado, o sea, atravesado con una lanza; sí una lanza, como si se tratara de la alta Edad Media. El propio que da muerte al animal, todo ufano y orgulloso, exhibe después su trofeo, que son  los testículos de la pobre fiera. Lo dice el Artículo 11, Capítulo V, del Reglamento del Torneo: “Que se otorgue al lancero que haya dado muerte al toro los testículos y rabo de dicho toro para que los suba dicho lancero prendidos de su lanza.”. Hay una norma que obliga matar al animal a partir de una zona concreta, pero hasta este código se lo saltan con frecuencia los “héroes” de turno. Unos hechos y otros indican hasta donde alcanza el relato de esta historia que se ha convertido en un asunto de crispación nacional, además de un problema moral, ético y político. Los defensores del “Torneo” argumentan que hay cosas más importantes de qué preocuparse, como por ejemplo el paro, pero es una cosa no quita la otra.

   Los defensores y detractores del Toro de la Vega de Tordesillas se han mantenido enfrentados desde hace mucho tiempo. Pero las cosas se empezaron a complicar hace algunos años, cuando los “ecologistas” y “animalistas” irrumpieron en Tordesillas en medio de la fiesta. No estaban dispuestos a ver al toro desde lejos, desde la barrera. Quisieron vivirlo desde dentro, desde el puente sobre el Duero hasta el al campo, el recorrido que llevaba al animal a la muerte. Se empezó a generar un clima seco, hosco, áspero, desabrido, que no auguraba nada bueno. Hasta que ya iniciado el Siglo XXI el asunto fue a mayores. Llegaron los enfrentamientos entre unos y otros, pasando de los insultos a las pedradas, y todo con la Guardia Civil por medio, que se ha visto desbordaba en más de una ocasión.

   Ahora  la Junta de Castilla y León ha copiado a Franco. Y es que durante el régimen del dictador, en los años sesenta, se prohibió matar al toro. Se podía hacer todo el festejo menos darle muerte. Pero la prohibición duró poco y se volvió a las andadas. El pasado año, en 2015, con motivo de esta “fiesta”, el historiador y periodista, Enrique Berzal, escribió un amplio reportaje en “El Norte de Castilla”, muy preciso y documentado, en el que explicaba estos pormenores, metidos en el baúl del olvido. Cuando lo leí me dije: “este documento va a cambiar las cosas; supondrá el antes y después del Toro de la Vega.” Y así ha sido. La Junta ha recogido la idea, es decir, prohibir la muerte del animal, y dejar la fiesta sin sangre. Ahora los argumentos vienen, eso sí, avalados y adornados por una norma democrática, lo que le da más fuerza y fundamento a todo.

    El Toro de la Vega de Tordesillas, al igual que otras fiestas de Castilla y León y de España, (como los como los toros y correbous de fuego, maroma y soga) están alejadas del civismo mínimo que exigen estos tiempos de calado europeo, lo que ha sido objetivo crítico de muchos articulistas, entre ellos servidor. Ya hace diez años escribí un texto que hizo fortuna en Internet cuando alguien lo “subió” desde las páginas de “El Norte de Castilla”. El artículo lo titulé “Tradiciones bárbaras”, y me generó muchos comentarios agresivos de los defensores de la “fiesta”. Resalto algunos párrafos: “En el año 80 D.C. se inauguró el Coliseo Romano, llamado también Anfiteatro Flavio. Fue durante el mandato de Tito. La inauguración superó con creces el espectáculo generado por  los Juegos Olímpicos de Barcelona o Atenas. Nada menos que cien días estuvieron de juerga los cerca de sesenta mil espectadores que cabían en el recinto. En el transcurso de esos días fueron sacrificados cinco mil fieras salvajes y dos mil quinientos gladiadores. Sin duda, un espectáculo “divertidísimo”. Mucho más que el Toro de la Vega de Tordesillas, que cada año concentra sólo a unas treinta mil personas entusiasmadas por ver como se mata a un toro que encima más de una vez es manso…Los lanceros, que suelen superar las dos centenas, y que se arropan entre ellos, se creen muy valientes, cuando en el fondo son gladiadores sin enemigo. Sobre todo cuando matan al toro sin cumplir las reglas del torneo, o sea, a traición, que eso sí que es ir contra el honor mínimo exigido…No entiendo por qué los romanos actuales no siguen con un espectáculo tan tradicional…2000 años nada menos…Sólo deberían restaurar un poco el Coliseo, volver a crear una escuela de gladiadores, organizar una partida de cazadores de leones y tigres y ¡hala! a recuperar la tradición, que todo lo justifica…Somos un pueblo de bárbaros, vándalos, alanos, y hunos, atilas que por donde pasamos no dejamos bicho viviente. Lo que más nos importa es la juerga, aunque sea bruta, y aunque vaya en contra de la razón, de los ojos y del estómago. Lo que más nos importa es mantener las tradiciones de nuestros tatarabuelos…Pido que se recuperen algunas tradiciones “muy divertidas”, como el derecho de pernada, y que se enseñe a los niños a utilizar el tirachinas y las escopetas de perdigones para abatir gorriones y tordos. ¡No sé por qué se ha perdido esta tradición!.” En otro artículo que traté este asunto, y otros del mismo tenor, lo titulé “Animaladas por tradicióny digo, entre otras cosas: “El Toro de la Vega de Tordesillas forma parte de ese ser primitivo que llevamos dentro los españoles, ser irracional, donde la pasión, el sentimiento espontáneo, es muy superior a la parte del hombre donde prima la razón. Si el hombre se distingue de los animales por esa cualidad ¿ dónde queda el hombre ante conductas de este tipo?...Ya sé que la clave de fiestas como la del Toro de la Vega de Tordesillas, la del Toro de Fuego de Medinaceli, el Toro Enmaromado de Benavente y otros ejemplos “edificantes”, se enmarcan en el sagrado concepto de la tradición. Los partidarios de estos festejos carpetovetónicos siempre alegan la tradición. “Es una tradición”, dicen, como si la tradición todo lo consagrara y a todo le diera patente de legalidad.”

    En fin, la Junta de Castilla y León ha puesto algunas cosas en su sitio. Tal vez después de comprobar, año tras año, la herida de lanza que sobre Tordesillas, y toda Castilla y León, le propinaban todos los medios de comunicación nacionales. Dábamos una imagen patética, y eso es lo que se ha venido a corregir. Nunca es tarde. Algunos, aunque esté mal decirlo, fuimos pioneros en intentar que desapareciera, en la parte violenta, esta “tradición”. Y es que las tradiciones deben mantenerse, pero corregidas, evolucionadas, que las personas deben cambiar cuando lo exigen los tiempos y lo manda el razonamiento. Nada en esta tierra es eterno, y en esa idea deben hacerse las cosas.  

 

20/mayo/viernes

 

   Fallece a los 84 años Miguel de la Cuadra Salcedo, una fuerza de la naturaleza que el tiempo, como a todo, lo fue venciendo. Fue un aventurero único, reportero incansable de TVE por todo el mundo. Una pelea que mantuvo con una enorme serpiente en un lodazal, y a la consiguió doblegar, será siempre una imagen que le recuerde, entre otras muchas. Fue también un gran periodista que cubrió guerras como la de Vietnam, Eritrea, Mozambique o El Congo, además de informar de la muerte del Che Guevara en Bolivia o del golpe de Estado de Pinochet en Chile. Nació en Madrid, de origen vasco navarro, y fue el hombre que en su día, en todo el mundo, lanzó más lejos la jabalina, pero no se le reconoció el título porque la forma en que lo hacía no fue considerada válida por los técnicos de atletismo. Su fuerza era descomunal. A él no le preocupó; siguió su intensa vida de aquí para allá, siempre con la grandeza de las personas especiales, nacidas para dejar huella. En este sentido su gran obra fue la creación de la Ruta Quetzal, un proyecto en el que han participado cientos de jóvenes de España y la comunidad Iberoamericana. Un intercambio de culturas, de personas y experiencias que sólo podía poner en marcha un hombre entusiasta y admirador de Salgari y Julio Verne.

    Sobrino nieto del gran tenor Julián Gayarre, a Miguel de la Cuadra Salcedo tuve la suerte de tratarlo en más de una ocasión. Especialmente un día en que fui el encargado de entregarle uno de los premios de la revista “Turismo”. Siempre recuerdo de él, además de sus trabajos en TVE, su sencillez, su humildad y, sobre todo, su humanidad desbordante. Y su gran bigote, claro.

   Hubo un tiempo en que TVE tenía reporteros especiales, que iban por el mundo a pecho descubierto, dispuesto a soportar todo tipo de desventuras y peligros. Gente que creía en la fuerza de la información para cambiar el mundo y estaba dispuesta a enseñarnos que había otros países y otras gentes. Y que lo debíamos saber y conocer en aquella España pacata, desprestigiada y autárquica que miraba sólo de puertas para adentro. Algunos ejemplos: Manu Leguineche, llamado el “padre de la tribu” por todos los reporteros, que dio ochenta vueltas al mundo, Diego Carcedo, que sufrió Vietnam, Jesús González Green, que estuvo en numerosos conflictos bélicos de extraordinaria peligrosidad, Alberto Vázquez-Figueroa, que informó de numerosas guerras y conflictos de medio mundo y que dio en gran novelista, Carmen Sarmiento, que estuvo a punto de perder la vida en Cuba. Y muchos otros, posteriores, como Arturo Pérez Reverte, que fue un excepcional periodista de guerra/s y después triunfó en el mundo de las letras. Sin olvidar, claro, a los reporteros que llevaban las cámaras de video, como Manuel Ovalle o José Márquez, un hombre capaz de escuchar silbar las balas en Sarajevo, o donde fuera, y seguir grabando.

   Tuve la suerte de conocer a algunos de estos corresponsales de guerra. De Manu Leguineche ya he hablado en este diario. Sólo quiero ahora recordarle porque era una persona entrañable que decía que los reporteros de guerra tenían en común las “tres D”: divorciados, dipsómanos y depresivos. A lo asentían muchos compañeros suyos que lo conocieron en momentos difíciles.  

    A Arturo Pérez Reverte le conocí en Valladolid un día aciago: fue una jornada en la que unos hermanos, apellidados Garfia, asesinaron en 1990 a tres personas. Se produjo una búsqueda de la policía sin precedentes por tierra, aire y río, el Pisuerga, hasta que se dio con ellos. Arturo Pérez Reverte, que entonces ya era un periodista acreditado de TVE, llegó a Valladolid a cubrir la información. Como Jefe de Informativos del Centro Regional de la cadena pública seguí con él aquellos hechos y circunstancias.

    Años después coincidí con el creador de “Alatriste” y de numerosas novelas de éxito, en la redacción de los Telediarios de TVE en Torrespaña, en Madrid. Entonces ya estaba de vuelta de todo y no tardó en dedicarse al oficio de escribidor, donde tanto ha destacado. En esos mismos días, allá por los finales del siglo XX, también trabajé con José Márquez, el compañero en numerosas ocasiones de Arturo Pérerez Reverte, uno de los protagonistas de su obra “Territorio comanche”. Recuerdo siempre que fue el reportero (cámara) con el cubrí una reunión del presidente de Estados Unidos, Bill Clinton, con José María Aznar, que entonces estaba en la oposición. La cita se la dio cuando se marchaba de Madrid, en el aeropuerto de Barajas. Y allí acudí con el “gran Márquez” a hacer la información. Pude comprobar lo que se decía de él: que era directo, rápido, seco y poco expresivo. Para hacerme la “entradilla”, siempre necesaria para la presencia del periodista en la noticia, me dijo: “ponte ahí”. Quise hacerle una sugerencia y fue contundente: “esta responsabilidad es mía; tu habla y no te pares si te equivocas, sigue, ya saldrá alguna bien”. Me callé, le hice caso, y tengo que reconocer que aquella “entradilla” es la mejor que hice en mis cinco años en los Telediarios en Madrid. O sea: algo tiene el agua cuando la bendicen. Para José Márquez aquello era sencillo, simple, sin más importancia. Nunca comparable a aquel día en África en que se despeño de noche por un enorme desnivel del terreno que le costó una docena de operaciones y un año paralítico.

     Aquella TVE fue un tiempo en el que los que trabajábamos allí nos sentíamos orgullosos de tener compañeros como todos estos que he citado. En este caso es cierto que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. 

 

 

22/mayo/domingo

 

 

   Por la mañana paseo con Rumbo. Pleno campo. Descubro que los colores básicos de la primavera en Castilla y León son el rojo de la amapola, el blanco de las margaritas, el amarillo del jaramago y la ginesta y el morado de los cardos borriqueros, marianos y o del diablo. Cuatro colores, con matices, que según el paso de los días, van cambiando y pueden llegar a ser ocho o diez. Todos mezclados con infinidad de verdes dan la imagen de una naturaleza pura, caprichosa, salvaje, abierta, sin puertas. También hay espacios, especialmente en las cunetas, en las tierras abandonadas o en las praderas, donde se mezcla el morado de la malva silvestre y el amarillo del clavel de campo. Este año, tan cargado de aguas, ha generado abundancia de plantas, llenas de fuerza, exuberantes, soberbias incluso. Las caricias del sol, siempre amo y señor de todo, le ha añadido el calor y la luz necesarios para conseguir un paisaje espectacular, una sonrisa para el alma y una bocanada de alegría para el cuerpo.

 

 26/mayo/jueves

 

 

    Las noticias pueden ser buenas y malas; pero las malas ocupan mucho más espacio, tienen otra fuerza. El axioma periodístico, que aprendemos desde el inicio los que nos dedicamos al oficio de informar, es que “noticia no es que el perro muerda al hombre, sino el hombre al perro”. O sea: lo imprevisto, lo sorprendente, lo antinatural. Por eso ver un informativo de televisión es disponerse a asimilar una ristra de hechos siempre negativos. Uno de ellos habla de que España ha perdido, desde el inicio de la crisis en el último trimestre de 2007, más de tres millones de personas de la clase media, muchas de las cuales han pasado a una situación incluso de pobreza. En España se calcula que el 13% de las personas no llega a final de mes y que un 50% no puede hacer frente a imprevistos o no puede ir de vacaciones. En definitiva: que la cosa está mucho peor de lo que pensamos, y que sólo los comedores sociales, las ayudas a familias desde los bancos de alimentos y las asociaciones como Cáritas  palian una situación tan terrible.

   Otra noticia que estos días acapara los noticiarios de todos los medios, y las portadas de los periódicos, son los hechos violentos producidos por un grupo de “okupas” en Barcelona. Hace algún tiempo estos “anticapitalistas” habían hecho suyo una antigua oficina de La Caixa en el barrio de Gracia, utilizándolo para sus cosas como lo consideraban oportuno.

    Yo viví en este barrio varios años en mi época de estudiante. Y suelo ir con cierta frecuencia a Barcelona. En una de las últimas visitas estuve  en ese local, quedándome muy sorprendido: nunca entendí cómo y por qué se les había permitido ocupar aquel lugar sin más ni más. Pero, claro, ahora se ha descubierto que había truco. El anterior alcalde, Xavier Trías, un hombre dialogante y afable, se vio en su día superado por estos “okupas”, que no dudaban en utilizar todo tipo de violencia, como ya habían hecho en otra zona de Barcelona, Can Vies, y decidió, asesorado por su equipo, pagar bajo cuerda, sin que fuera público, el alquiler del local. Evitaba así un estallido de violencia. Trias ha tenido que salir al paso diciendo que no fue un chantaje, argumentando que los “okupas” no lo sabían. El caso es que la alcaldesa actual, Ada Colau, muy próxima en ideología, formas y maneras, a los “okupas”, ha retirado el alquiler, lo que ha generado una auténtica guerra urbana. Coches y motos incendiados, lunas rotas, escaparates y tiendas destrozadas, hogueras peligrosas por las calles, policía incapaz de parar los desmanes…un desastre, vamos, que han pagado sobre todo los vecinos de este barrio entrañable de Barcelona.

    Todo esto debe servir como reflexión: qué está pasando, a dónde vamos, que puede esperar la sociedad de los políticos y los partidos, como la CUP catalana, que van en contra de todo, que son antisistema, y que no aceptan el modelo democrático de convivencia que tenemos. ¿Por qué se les sigue votando? Ante esta pregunta recuerdo que a Hitler le pusieron en el poder los votos de los alemanes. O sea, mucho cuidado que después siempre es tarde. La Barcelona tranquila, amable, pacífica, del mismo tenor de sus habitantes, no puede hacerse famosa en el mundo por estos actos vandálicos. Y en eso las fuerzas políticas, normales, progresistas o conservadoras, y los ciudadanos, deben ir al unísono.