Sábado, 16 de diciembre de 2017

El señor Donato

Terminaba yo escribiendo el pasado domingo en HISTORIAS INOLVIDABLES I sobre la vetusta casa que mi padre tenía en El Cerro. Estaba situada en el centro del pueblo y frente al pilón de dos caños y aguas eternas. Aún recuerdo que al entrar en ella de la planta baja salía un olor inconfundible que era propiciado por la fermentación de las uvas que reposaban en el lagar. En la planta primera estaban los dormitorios en los que me sorprendían aquellas altas camas que para subir a ellas había que “gatear”, y el olor penetrante a frutos del campo que mi madre guardaba en la estancia para su conservación. La parte alta era otro mundo, ya que no tenía techo raso, sino que se veían las vigas al aire y las retamas secas que servían de asiento a las tejas. En el suelo de tosco ladrillo se situaba la lumbre y encima de ella una cadena que pendía desde el techo y valía para sostén para el gran perol donde se hacían los guisos. Diseminados por doquier había distintos elementos culinarios de uso diario. De la pared y en columnas de madera pendían, faroles, los carburos y candiles, pues no había llegado aún al pueblo la luz eléctrica. Un pequeño ventanuco daba una tenue luz….

Recordaréis al “Tío Ignacio” (que no era mi tío, pero así le llamaban en el pueblo), personaje singular que ya comenté. Pero hoy quiero contaros algo sobre el señor Donato, que aunque buena persona, era “otra cosa”, más científico y calculador. Hacía de la caza furtiva un arte. Era un bohemio de la libertad y amante acérrimo de los espacios abiertos. Era un hombre solitario e introvertido al que le costaba devolver el saludo y su contestación más parecía un gruñido. Yo recuerdo la repugnancia que me daba al entrar en su casa-lobera donde predominaba el olor de los hurones que criaba, un olor penetrante que, y que se incrementaba con otro olor aún peor, el de las pieles de lobos y otros animales salvajes que curtía y restos de otras muchas cosas que acumulaba y que hacían aquel espacio inaguantable. Recuerdo los apuros que me hacía pasar cuando me ofrecía del tocino que estaba comiendo y que cortaba con aquella navaja que impresionaba y aquellas manos enormes donde las uñas negras destacaban con la luz del candil de aceite…

El señor Donato ya se fue definitivamente  y su espíritu, tal vez, deambule entre los riscos de la sierra, en el entorno de los lobos escuchando sus aullidos que el eco amplia o entre las escarpadas gargantas con regatos de aguas cristalinas.

Jamás he olvidado tampoco a mi amigo Costa, amigo de correrías infantiles. Recuerdo cuando bajamos hasta “Hornacinos” y allí arramplamos con unas cuantas hojas de tabaco ya seco…..Pero esta es otra Historia Inolvidable que contaré…..el próximo  domingo.

Anselmo SANTOS

Contador de historias humanas.