Sábado, 16 de diciembre de 2017

Historia de Viridis, una víctima

Lo malo de las historias reales es que sólo valen lo que valen, pero las inventadas extienden su validez hasta donde el usuario quiera. Por eso a lo largo de los siglos han tenido tanto éxito como iluminadoras de la vida, desde las historias de Buda o las fábulas de Esopo hasta los inventos de Borges o los aforismos de Kalil Jibran, pasando por las parábolas del evangelio cristiano.

Ésta es una historia inventada y absolutamente irreal. Y puede ser que no sea más que el invento de un prejuicio de base. Puede que sí y puede que no. Pero, ¿y si es que no? Y puede que no porque Stefano Mancuso, investigador sobre inteligencia vegetal, afirma que una acelga ve, oye, vibra, se comunica…

Viridis era una acelga (del griego Σικελή a través del árabe y de la familia de las Quenopodiáceas, cosa de la que ella era del todo inocente y además ignorante). Creció en semillero y en cuanto tuvo cuatro cinco hojas la repicaron en un cómodo invernadero donde alargó sus raíces, se fortaleció y echó tres hojas más hasta que la transplantaron a su lugar definitivo. Aquel espacio era por fin su casa. A la distancia prudente requerida para no ser molestada le acompañaban cinco o seis acelgas más, verdaderamente hermosas y bien crecidas con sus hojas onduladas de color verde amarillo claro. Era un lugar precioso con la luz cuidadosamente tamizada y la tempera perfecta.

Crecía feliz Viridis, Amarilla de Lyón. Saludaba la nueva luz de cada amanecer, se encogía un poco con la excesiva luminosidad del mediodía y pasaba tranquilas tardes en paz disfrutando de la humedad ideal. Se decía a sí misma que si existía el paraíso estaba exactamente allí, en aquel invernadero, rodeada de acelgas amigas.

Era feliz. Le llegaban mensajes positivos desde todas las direcciones que indicaban que la felicidad general se había instalado en toda aquella enorme superficie que se perdía de vista en el poco horizonte de que disponía. Todo era una vibración compartida y celebrada. Sí, era muy feliz. Orgullosa estaba además de su crecimiento diario según lo previsto, incluso era unos centímetros más alta que las de su alrededor lo que le daba una significativa ventaja para ver mejor el panorama. No le faltaba nada y se sentía muy bien. Sólo tuvo unos días verdaderamente malos a los dos o tres meses de invernadero a causa de una virosis que un poco más y acaba con ella. Pasó miedo pero salió adelante.

Una mañana muy temprano la desesperezó una extraña sensación que venía de la raíz y por la penca le llegó hasta la punta misma de la hoja más alta, fue primero como un chispazo y luego una culebrina finísima que le atravesó el cuerpo entero.  Lo interpretó como una agresión, todavía indefinida, sufrida por alguna planta en el fondo del lado de naciente. Se repitió la sensación una y otra vez con  un aluvión de nerviosos mensajes que llegaban de todas partes hasta que comprendió la causa de todo.

Ella no lo sabía pero se acercaba el fin, dramático y violento, de su paraíso.

Efectivamente. Aunque ella tampoco sabía que lo que le vendría después de ese final era mil veces peor que lo que ahora la amenazaba. Y le llegó la hora. Fue un cota brutal, limpio, veloz, sin contemplaciones y la segó a ras de tierra mientras una garra gigantesca la retorció ligeramente y le quebró las fibras más finas y tiernas. Soltó un grito de dolor que fue resbalando por el fino plástico  de polietileno y rebotando por las paredes del invernadero salió fuera y atravesó los campos de la vega del Tormes. Y se desmayó.

Cuando despertó apenas se reconocía a sí misma, no se encontraba hasta descubrir con horror que estaba atada con violenta cuerda a otras acelgas en su misma situación. Y sobre aquel ramo de acelgas mártires amigas se iban apilando puñados de hojas, apretados sin compasión como si fueran cosa muerta que se maltrata como trato normal porque sí. Apenas se decían nada, sobrecogidas como estaban mientras iban hundiéndose en una caja de plástico y con la silenciosa sospecha de que las habían cortado del tronco por el que les llegaba la vida. Incomprensible pero real.

Una hoja pequeña que se apretaba a su espalda y que no tendría ni dos meses era la única que enviaba información aunque incomprensible para ella porque no entendía de qué hablaba. Sólo captaba algunas cosas sueltas de difícil ordenamiento y parecía que la violenta y rápida intervención de aquella madrugada se debía a una demanda inesperada desde un centro comercial que iniciaba una campaña para veganas. Así era más o menos pero ella no entendía nada y además se le estaba ralentizando el sistema y se le iban diluyendo las sensibilidades. Y allí, apretada contra una caja de plástico con rejilla que lastimaba sus tiernas carnes, se perdió.

Sólo se estremeció con una reacción mínima e inconsciente cuando en un momento dado, sin que pudiera calcular el tiempo trascurrido, la rompieron por la mitad cortándole la penca sin ningún miramiento. Apenas lo sintió y ni siquiera pudo localizar el origen de aquella aguda sensación mínima. Aunque sí percibió, muy confusamente, que era el final. Sintió una finísima sombra de triste pesar y nada más.

Acababa de morir Viridis, acelga amarilla de Lyón, nacida y crecida a orillas del Tormes. Ella acabó sin saber que era muy rica en sodio y en vitamina A y además emoliente, refrescante, digestiva, diurética, diaforética y nutritiva. Por eso a estas horas está siendo comida, literalmente, en un restaurante vegetariano.

Era su natural destino.