Lunes, 18 de diciembre de 2017

Corpus, fiesta de la Misericordia

Este domingo celebramos el Corpus de la Misericordia, como ha querido el Papa Francisco, y es buena ocasión para poner de relieve la relación que existe entre la Misericordia de Dios (entre los hombres) y Cuerpo de Cristo.

Como bien sabemos, Jesús ha rechazado (superado) un tipo sacralidad fundada en el sacrificio de animales y en el cumplimiento de unas leyes de pureza, para centrar su fiesta y su presencia en el pan compartido, como dicen dos textos famosos (Mt 9, 13; 12, 7: “misericordia quiero y no sacrificio”).

Así lo han puesto también de relieve los relatos de las “multiplicaciones”, que, en sentido estricto deberían llamarse “alimentaciones”, es decir, fiestas del pan compartido, abiertas a todos los hombres y mujeres del entorno, tanto a un lado del río y del lago de Galilea, como al otro, en la zona de los paganos y/o gentiles (Decápolis).

Marcos 6, 35-44 y 8, 1-10 (con los paralelos de Mateo, Lucas y Juan) han contado cuidadosamente esa “alimentaciones eucarísticas”, que son las primeras y más importantes de todas las fiestas del Corpus, es decir, del Cuerpo Mesiánico de Cristo.

Ciertamente, no están mal las procesiones de Toledo o Ledesma del Tormes, pero en sí mismas ellas se parecen menos a las fiestas del pan de Jesús en Galilea o Decápolis.

Corpus de verdad sería una fiesta del pan compartido en Ceuta o Idoumene (si es que queda allí alguien, si es que alguno logra superar las vallas de la policía “católica”), sin interesarse demasiado por la identidad personal y social de cada uno (soltero, casado, divorciado), para poner de relieve su hambre y su deseo de libertad y comunión. Sería bueno celebrar este año el Corpus de la Misericordia, como tiempo de comunión y presencia real de Cristo, en la eucaristía real de la comunión con los necesitados.

En este contexto quiero evocar y situar la fiesta del Corpus, que Jesús fue ensayando y preparando no sólo en sus “multiplicaciones” (alimentaciones) a campo abierto, sino también en otras comidas que compartió con hombres y mujeres de diversa condición, hasta la Última Cena, cuando le iban a matar por eso mismo (por dar de comer a y por comer con todos), con sus discípulos y amigos, en Jerusalén, diciéndoles que de esta dificultad ya no salía en este mundo, pues la policía le estaba persiguiendo los talones.

Fue cuando les dijo que la más honda comida termina siendo la de dar el propio cuerpo, compartir la vida y sangre con todos. Ésta es la fiesta del Corpus, es decir, de mi cuerpo entregado, compartido, al servicio de todos los cuerpos del mundo

Los cristianos tenemos buena memoria y hemos conservado el recuerdo de las eucaristías de Jesús, en el campo y en las casas, hasta la última de Jerusalén, pero las hemos transformado tanto que ya casi nadie las conoce (¡iba a decir “ni la madre de Jesús”!).

Ciertamente, entre las comidas/corpus de Jesús en Galilea, Decápolis, Jerusalén… y la Eucaristía/Corpus de Toledo o Ponteareas hay una continuidad… pues aquellas llevan a estas, pero hace falta mucha imaginación y buena voluntad para descubrirlo.

Para trazar mejor ese argumento he querido escribir lo que sigue.

Comidas mesiánicas, Corpus: Cristo es el pan compartido.

La verdad del Dios de Jesús se expresa en la comida, se vuelve comida compartida, anunciada ya por la profecía:

El Señor de los de Ejércitos prepara sobre este monte (Jerusalén, el mundo entero), un festín de manjares suculentos para todos los pueblos, (Is 25, 6).

Sólo podemos decir que Jesús es Mesías si se expresa y se despliega en forma de pan compartido. Ciertamente, no sólo de pan vive el ser humano, como sabe Mt 4, 4. Por eso, siendo pan “material” (=comida) el Pan del Corpus de Jesús es comida (banquete) de perdón y gratuidad, de comunicación entre los hombres:

1. La comida de Jesús es comida es perdón y fraternidad.

Así se dice que él ha compartido el pan con los pecadores (Mc 2,13-17), aceptando su hospitalidad y sentándose a su mesa. Lógicamente, ese gesto le lleva a superar el ritual judío de comidas (7, 1-23), centrado en la separación de puros e impuros, iniciando un proceso que culmina en la apertura a los gentiles (7, 24-30), es decir, a los llamados impuros, como indica el relato de la siro-fenicia.

Ésta es quizá la comida más importante de Jesús, cuando ofrece el “pan de los hijos”, de los buenos judíos puros… a la madre y a la hija que son siro-fenicias. También ellas, las “gentiles impuras” pueden comulgar, compartir el pan concreto de Jesús, en sentido material y religioso.

Significativamente, en ese momento (mayo del 2016) los países de la Europa de origen cristiano no dan de comer, ni acogen a los sirios o siro-fenicios que acuden a sus puertas, muriendo en el intento.

Más aún, algunos vistosos cardenales de la Iglesia católica, bien vestidos de puro rojo, siguen diciendo que no se puede ofrecer la eucaristía a gente de “mal vivir” (un tipo de divorciados…).

Evidentemente, según ellos, Jesús debería haber mandado a unos suizos vaticanos para impedir que los “impuros” recibieran la eucaristía de las “multiplicaciones”. Pues bien, de esa forma, corremos el riesgo de invertir totalmente el evangelio.

2. Corpus, la comida de la vida.

La comunidad de Jesús se establece en torno a la comida, como indican los textos de las multiplicaciones (Mc 6, 30-44 y 8, 1-10). Otros grupos se vinculan por ritos sacrales o dogmas o unidades nacionales, imperiales o genealógicas. Pues bien, los seguidores de Jesús se juntan ante el pan y peces compartidos, dando gracias y alabando a Dios, a cielo abierto, rompiendo las barreras nacionales y sacrales que había creado un tipo de judaísmo (y un tipo tan duro o peor de neo-cristianismo).

Pues bien, la comida es expresión y realidad concreta de la entrega de la vida. Jesús no se limita a compartir la mesa con los pecadores, invitándoles al reino, ni a ofrecer su pan a campo abierto (multiplicaciones), sino que él mismo viene a presentarse como pan y vino compartido, en gesto de alianza o de pacto con todos, como celebramos este día del Corpus, es decir, del Cuerpo compartido.

Eso es lo que él quiere: Compartir la vida con los hombres y mujeres (y niños…), no enseñarles una teoría (que no está mal), ni en ayudarles a memorizar algunas oraciones (que no está mal), sino a compartir el cuerpo, es decir: Él quiere que nos comuniquemos a cuerpo, compartiendo la comida, un trozo de tierra para trabajar y comer… que compartamos la fiesta, el vino, sabiendo que unos somos cuerpo de los otros…

3. Un texto especial, misericordia quiero y no sacrificio (con un recaudador de impuestos…)

Uno de los textos más enigmáticos del evangelio en aquel en el que se dice que Jesús llamó a un “publicano”, el gran recaudador de impuestos de la frontera y capital de Cafarnaúm, diciéndole “ven conmigo” (sígueme). Y de un modo sorprendente, aquel tipo que, por ironía, se llamaba Mateo-Levi (es decir, Mateo el Levita), dejó la oficina y impuestos y le siguió. Y para aprender el nuevo oficio (ser recaudador al servicio de la vida de los hombres…) invitó a Jesús a comer (o Jesús le invitó a eso, que no está claro en que mesa y casa se sentaron, “en la tuya o en la mío”. El texto sigue así:

Y sucedió que, estando él (Mateo) reclinado en la casa, vinieron muchos publicanos y pecadores, y se reclinaron con Jesús y sus discípulos.
Y al verlo los fariseos decían a sus discípulos: ¿Por qué come vuestro maestro con los publicanos y pecadores?
Pero él, al escucharlo, dijo: No necesitan médico los que sanos, sino los enfermos. 13 Id, pues, a aprender qué significa aquello de: Misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores (Mateo 9, 10-12).

Mateo estaba había estado sentado (kathemenos) sobre el banco o silla del telonio (9, 9), atendiendo a los negocios del impuesto. Ahora, en cambio, está reclinado (anakeimenos) en la casa que, como he dicho, no sabemos si es la de Jesús o la suya, pues el texto lo deja impreciso, de manera que puede ser de uno o del otro, aunque en el fondo da lo mismo, porque se trata de la casa de la comunidad, donde la gente que viene se “reclina”, en gesto de descanso, como sucedía en las comidas con pausa en el mundo greco-romano.

Se trata de una comida litúrgica, si se permite esa palabra, una Comida de Corpus, pues ella define a la comunidad, como espacio de comunicación y comida compartida:

‒ Es un comida de publicanos y pecadores con los discípulos de Jesús (Mt 9, 10),

de forma que a Jesús le acusarán de ser amigo de publicanos y pecadores, pues eso significa comer con ellos (11,19). Más adelante, Jesús defenderá al Bautista, a quien acusarán diciendo que andaba con “publicanos y prostitutas” (21, 31-32). Esta relación de Jesús con publicanos y otros pecadores públicos ha definido su movimiento, de manera que él aparece como un transgresor que rompe las fronteras establecidas de la legalidad (sacralidad) de pueblo (en este caso, del judaísmo nacional establecido).

Al decir a Mateo el publicano que le siga, Jesús invita de hecho a los publicanos y pecadores a su mesa, es decir a la eucaristía, sin exigirles primero un cambio radical de conducta y profesión, como parecía y parece normal que hiciera (y como hacen algunos cardenales de curia, acusando al Papa Francisco…, es decir, acusando en el fondo al mismo Jesús, por más teoría que le pongan a la cosa).

‒ Los fariseos le critican (9, 11), diciendo a sus discípulos: “¿Por qué come vuestro Maestro con publicanos y pecadores?”.

Los fariseos de aquel tiempo (finales del I dC) estaban empeñados en establecer “grupos de pureza judía”, de la que excluían a los publicanos (gente en general mal casada…), a no ser que dejaran su “profesión” y realizaran un cambio radical de conducta.

También Jesús y sus discípulos se oponían a la forma de vida de los publicanos, pero lo hacían de otra forma, solidarizándose con ellos e invitándoles a comer, para que así pudieran cambiar.

Los fariseos, en cambio, les exigían previamente un cambio. Ésta es una diferencia que puede parecer pequeña, pero que resulta esencial en aquel contexto (lo mismo que en el nuestro). Algunos (como los fariseos) piensan que es necesario ser “santos” a su modo para ir a comulgar. Jesús, y otros muchos, pensamos que es bueno ir a comulgar con Jesús (con su Iglesia), a ver si podemos convertirnos todos.

‒ Respuesta de Jesús, primera parte (9, 12-13b).

Mateo recoge, igual que Lc 5, 31, la respuesta del Jesús en Mc 2, 17: “No necesitan médico los que sanos, sino los enfermos… Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores”. Éste es, sin duda, un refrán popular, que pone al médico al servicio de los enfermos. En esa línea, Jesús se presenta como “médico” de pecadores, no para condenarles, sino para llamarles y comer con ellos. Por eso dice que “no ha venido” (con elthon, que evoca la tarea escatológica de Jesús) a llamar a los justos, sino a los pecadores/gentiles (cf. 9, 13b, con Mc 2, 17b), y por eso “come con ellos”, es decir, ofreciéndoles un espacio/contexto de curación (de transformación).

Ese Jesús no niega la exigencia de conversión, es decir, de cambio de publicanos y gentiles (como ha puesto de relieve Lc 5, 32), pero la entiende de una forma medicinal, no punitiva, y la empieza interpretando y concretando por un gesto de la comida compartida. Jesús no empieza pidiendo a los publicanos y pecadores que se “conviertan”, para comer después con ellos (para aceptarles en su comunidad), sino que empieza comiendo con ellos, ofreciéndoles así su solidaridad de Reino.

Esa comida (es decir, el gesto de comunión eclesial) no viene al final (cuando los publicanos/gentiles se hayan convertido plenamente), sino al principio, como expresión de una llamada previa, es decir, de la presencia del Reino. La “comunión” del Reino es lo primero; la conversión (meta-noia: cf. 4, 17) podrá venir después.

‒ Respuesta de Jesús, segunda parte: misericordia quiero… (9, 13a).

Mateo introduce aquí una cita clave de Os 6, 6 (que aparece también en Mt 12, 7), que ha de entenderse como “cita de disputa”: “Id y aprended lo que significa misericordia quiero y no sacrificio". Esta es una cita de de enfrentamiento y disputa, propia de la iglesia de Mateo, que combate a los cristianos (judeo-cristianos, cardenales incluidos) que ponen la pureza externa antes de la misericordia y la justicia, antes de la comida comparltida.

Esta cita de Os 6, 6 supone que otros judíos (y judeo-cristianos) ponen primero el “sacrificio”, un tipo de cumplimiento legal (en plano de templo, de mucha ceremonia externa, hecha de colores rojos y de teología de libreo, y no de corazón, ni de comida).

Primero habría que cumplir la ley (obligar a los pecadores/gentiles a cumplirla), luego se podrá cumplir la “misericordia” (es decir, la comunión religiosa, la comida comparltida). Pues bien, apelando al texto de Oseas, y recreándolo desde la situación de la comunidad, Mateo invierte esa actitud: Antes de la ley está la misericordia, antes de las normas de pureza nacional está la comunión interhumana .

El Mesías de Dios no ha venido (elthon) para imponer sobre el mundo la autoridad de un tipo de Ley sagrada, propia de fariseos o cardenales (según las circunstancias), sino para extender la misericordia. Por eso ha comenzado llamando a publicanos como Mateo, por eso se ha sentado/reclinado a comer con publicanos/pecadores, para compartir con ellos, a través de la comida, el camino y promesa del Reino.

Por eso ha ido Jesús al campo abierto, a lo que hoy sería la línea de Ceuta o la Isla de Lesbos, a los campos de concentración y dolor, para hablar con la gente, para compartir con ella el pan, la esperanza de la vida. Esa sería su gran procesión de Corpus, por las calles de Toledo o Roma. Esa procesión del Corpus de Jesús nos sitúa ante la gran “ruptura”, que consiste en poner la comida al servicio de la fraternidad, invirtiendo así el gesto anterior del publicano, que empezaba exigiendo el dinero de otros al servicio del poder.

La verdadera procesión del Corpus

El domingo (29. 5. 16) celebramos la fiesta del Corpus, que es fiesta de multiplicación del pan, fiesta del pan compartido, entre grupos y pueblos, a campo abierto…. Celebramos la fiesta de la comida del publicano, que se sienta a la mesa con Jesús, para ver si cambia, si cambiamos todos. Jesús no le empieza rechazando, le da su “eucaristía”, no para que todo siga igual, sino para cambiarlo todo.

Buen día del Corpus… Y después de lo dicho, si puedo, participaré con Mabel en la procesión del Corpus de este pueblo.

He puesto de relieve el sentido de esa cita y, en general, de la misericordia según Mateo en Entrañable Dios. Las obras de misericordia, Verbo Divino, Estella 2016 (en colaboración con J. A. Pagola). Cf. también Fiesta del Pan, fiesta del Vida. Mesa común y eucaristía, Verbo Divino, Estella 2000.