Sábado, 16 de diciembre de 2017

Siempre Atleti

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En este país nuestro -tan correcto por fuera y tan corrupto por dentro- dar la cara y mostrar públicamente creencias, afiliaciones y aficiones es lo más parecido a un suicidio social. En el momento en que uno dice que es católico, le crucifican; que es anarquista, le etiquetan; que es del Atleti, le encasillan. Así, sin caer en las paradojas que conllevan estos juegos de palabras.

Del catolicismo universal –valga la redundancia- y el anarquismo libertario –ídem de lo mismo- ya he hablado y hablaré mientras sigo intentando vivirlo del modo más coherente posible. Siempre dentro de unos márgenes. Amplios, pero márgenes. Hoy quería dedicarle este espacio virtual tan real a mi afición desmedida por los colores rojiblancos del Atlético de Madrid, el Atlético, mi Atleti.

Mi primer recuerdo es un atasco. Íbamos en el “mil quinientos” de mi padre. Yo tendría cinco años. Corría el año 1976. Debíamos de volver de comer la tortilla en Cercedilla. Mi padre pasó cerca del Manzanares y los coches estaban parados. Una marea rojiblanca pasaba cantando a nuestro lado. Recuerdo las banderas, las bufandas y las gorras. En aquella época la gente no se ponía la camiseta. El Atleti quedó el tercero en Liga y ganó la Copa del Rey con gol de Gárate, al Zaragoza. En nuestro estadio talismán, el Bernabéu.

Yo era del Atleti desde que nací, pero me di cuenta cuando fui interno a estudiar el BUP a Logroño. Tenía 14 años. Hasta entonces, por mis ancestros asturianos, seguía desde la capital las hazañas de Castro. Redondo, Jiménez, Maceda, Cundi. Ciriaco, Uría, Mesa. Quini, Joaquín y Ferrero. El Sporting de Gijón era uno de los gallitos de la Liga y llegaba muy lejos en la Copa. Pero como me pillaba tan lejos y yo era del Atleti sin saberlo… pues me enteraba de todo lo que pasaba en el Manzanares.

En el internado de la capital riojana yo era el único madrileño al que le gustaba el fútbol. Mis compañeros procedían de Extremadura, Castilla y León, La Rioja, Navarra y País Vasco. Había mucho madridista y mucha gente normal. Del Osasuna de Rípodas y Bustingorri; del Logroñés de Lotina y Abadía; de la Real Sociedad de Zamora y Satrústegui; del Athletic de Zubizarreta y los hermanos Salinas; del Valladolid de Eusebio y Torrecilla; del Zaragoza de Señor y Pardeza y hasta del Barcelona de Julio Alberto, Migueli, Schuster y Calderé.

Por aquel entonces, el Atleti ganaba otra Copa del Rey en el Bernabéu. Era el 30 de junio de 1985. Contra un Athletic al que remontó con dos goles de Hugo Sánchez antes de irse a la otra acera.

El Atleti tenía un equipo de gladiadores, muy parecido al del Cholo. El entrenador era Luis Aragonés (tenía 46 años el Sabio) y normalmente, de inicio, alineaba a Mejías. Tomás, Arteche, Ruiz, Landáburu. Quique Ramos, Votava, Julio Prieto, Marina. Hugo Sánchez y Cabrera. Con Pereira de portero suplente y un banquillo en el que estaban nombres ilustres como Clemente, Rubio, Balbino, Pedraza, Morán y Mínguez.

Desde entonces vivo con nerviosismo cada previa a los partidos. Disfruto (para bien o para mal) con el juego del equipo y, si no he podido verlo o escucharlo en directo, no estoy tranquilo hasta que me entero del resultado. Ahora con internet todo es más fácil. Hasta puedo ver el partido entero en diferido, o un resumen, o los goles. Pero antes… y sobre todo habiendo vivido en Navarra, en Salamanca y en Perú, la cosa no era fácil.

Hoy los nervios antes de cada partido son los mismos de siempre. Voy al Calderón desde que regresé a Madrid –hace ya más de tres lustros -. Y aunque esté viajando por esos pueblos de Dios. Siempre que juega mi equipo, me enfundo la rojiblanca y siento algo indescriptible. Como si mi vida fuera un eterno gol.

Siempre Atleti. Aunque ganemos.