Lunes, 11 de diciembre de 2017

Enemigos íntimos

Con ese tan digerible modo, salpimentado e interpretado, que tienen últimamente los medios de comunicación de suministrarnos las noticias, el general alborozo mediático por la victoria in extremis del candidato Van der Bellen en las últimas elecciones presidenciales austríacas, ha copado los titulares de este lunes, en una demostración general de la levedad de las expectativas políticas de la prensa y de los valores y categorías que para ella tienen importancia en la disputa electoral. Que son más bien bastante fútiles.

Que por unos centenares de votos no sea hoy presidente de Austria  Norbert Hoffer ha desatado la euforia de los medios y de muchos políticos europeos, más que por la ideología de rancio populismo derechista de Hoffer -despachada en cuatro despectivas atribuciones y en absoluto tenida en cuenta cuando es apoyada por la mitad de la población-, porque su triunfador contrincante sea un declarado europeísta, acepte sin rechistar las políticas actuales de la UE, no discuta las (inadmisibles) decisiones sobre refugiados, recortes, monetarismo o preponderancia gubernativa del FMI y que, además, no pusiese en un brete a ninguno de los actuales mandamases europeos cuando tuvieran que hacerse una fotografía con el diablo Norbert, que defiende (¡anatema!) la salida de Austria de la UE - igual que Cameron, sí, pero sin el glamour british que tan bien queda en los posados-.

No se deduzca de estas líneas apoyo alguno, sino explícitamente todo lo contrario, al para quien esto firma indeseable Norbert Hoffer, un populista de libro que aprovecha la necesidad, la miseria, la ignorancia y la desorientación de una ciudadanía maltratada por el capitalismo salvaje, para agitar los fantasmas de la exclusión, el racismo, el nacionalismo despectivo y la xenofobia, y cuyo programa electoral aparece sembrado de odio y empobrecedor numantinismo. Pero tampoco comulgar con ese desmesurado entusiasmo por el triunfo de Alexander Van der Bellen, un domesticado ecologista en la línea de la modernez de reflexivo equilibrio ambiental, y cuyo programa es un completo rosario de aceptaciones, amenes, beneplácitos y aquiescencias a la totalidad de la política europea más conservadora en lo económico, más consentidora con lo insolidario, más contemporizadora en lo medioambiental y, sobre todo, más permisiva con las políticas dictadas por los poderes financieros  y que, además, carece de todo ánimo o plan de reforma y mucho menos proyecto de ruptura o corrección de un ámbito político, la UE, cuya gestión ha empobrecido, insultado, ofendido y minado gravemente la dignidad de muchos europeos.

Inventar un enemigo a la medida es un recurso político tan añejo como presuntuoso. Recurrir a la reinvención de la caricatura de lo que se es como adversario, rematadamente estúpido. El remozamiento de lo que la nueva verbosidad política llama el neonazismo extremista es el último de los inventos del liberalismo económico, es decir, del capitalismo salvaje, para situarse, sólo por contraste, “en la parte buena” de la realidad, y alzarse como el adalid defensor de los más puros usos democráticos. Que ni por asomo eso sea verdad, parece no importarles demasiado.