Martes, 12 de diciembre de 2017

Anna Gabriel

Más que sus palabras de estos días sobre la maternidad y crianza (lamentables), me inquieta sobre todo el tono tan seguro con que se pronuncia. Creo que a cierta altura de vida y civilización uno debe permitirse más la duda que la seguridad de principios. Y es que pontificar, lo que se dice pontificar, sólo debería estar consentido en cuestiones de difícil probatura. En casos de fe solamente. Por eso son los líderes religiosos quienes suelen pontificar y sus fieles aceptar su pontificado. Ir con tanta seguridad por la vida resulta cuando menos temerario. Y sobre todo con opiniones atrevidas como esa. Tan a contrapelo de lo que se pueda llamar mundo civilizado y en progreso.

              Venimos todos del mismo lugar (de la tribu) que dejamos hace milenios (en el caso del mundo occidental) como para volvernos a él de nuevo. Algo nuevo y bueno habremos recorrido e inventado a lo largo de tanto trayecto. Y lo de la maternidad compartida y la crianza tribal lo superamos sin trauma alguno en épocas casi prehistóricas. Uno se ha ido alejando (afortunadamente) del mundo animal y de la mera supervivencia como especie para valorar ciertos avances. Y lo de la estructura familiar como base de la conformación social es más que un hecho afortunado. Aunque esa estructura primordial se siga modificando para bien o para mal con el tiempo. La madre, el padre, los abuelos (ahora tan importantes en el sostenimiento social y económico), los hermanos, son la base de cualquier entramado social civilizado. Aunque ahora en la nueva estructuración familiar puedan aparecer nuevas figuras por medio: el marido de la madre, la mujer del padre, el doble padre o la doble madre. Pero aún con esas hijuelas que le hayan salido más recientemente, la base sigue siendo esa, el entramado familiar más o menos sólido. Y este sí que es un hecho bien probado. Lo otro, peligrosas piruetas con el vacío debajo.