Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Futuro de la crítica

“Criticar es reconocer que somos seres divididos. Criticar la sociedad es criticar nuestra propia complicidad en la reproducción de esa sociedad. Comprender esto no debilita nuestro grito de ninguna manera. Por el contrario lo intensifica, lo hace más urgente”

(John Holloway)

A nadie se le oculta que la conciencia crítica pasa actualmente por un mal momento. Por no hablar de la crítica social, que suena a algo más anticuado y trasnochado. Es verdad que son malos tiempos para la crítica, porque se prohíbe y reprime, pero también porque muchas veces no se ha hecho bien, con escasa observación y demasiada seguridad. El peor enemigo de la crítica es la crítica misma mal realizada. El descredito de la tradicional figura de los intelectuales ha contribuido decisivamente a que disminuya el ejercicio de la crítica razonada. Pero también corren malos tiempos para la crítica como para toda forma de negatividad teórica o practica- trasgresión, revolución, desenmascaramiento, revelación, protesta o denuncia etc., lo negativo ha sido culturalmente despotenciado. Puede que la crisis de la crítica no se deba a su escasez, sino a su presencia irrelevante y que su generalización cultural termine por neutralizarla.

Todo esto nos obliga a pensar el modo de concebir y ejercer la crítica para que sea culturalmente efectiva, para que no se reduzca a una agitación sin consecuencias y termine devorada por los debates establecidos. ¿Resulta posible todavía decir que no? ¿Existe alguna técnica subversiva que pueda ocupar hoy el lugar de la crítica clásica cultural? En el fondo se trata siempre de la vieja cuestión, planteada en el horizonte de las actuales circunstancias, acerca de cómo salir de la cueva, escapar de los prejuicios de la tribu, resistir el encanto de las apariencias o cambiar la falsa conciencia.

Otras épocas han tenido la gran suerte de contar con la posibilidad de participar en la lucha por sacar a la luz lo escondido, por combatir la doble moral o la hipocresía. Era posible criticar o/y desenmascarar; desde esta atalaya se escribieron con mayor o menor fortuna, críticas construcciones de la razón y posiciones de la autonomía moral. Hoy en cambio las opiniones críticas y las conductas asociadas con la trasgresión resulta algo normal, que ni revelan algo oculto ni provocan o alteran. Donde todo el mundo quiere ser crítico y diferente; la crítica se convierte en la evidencia y, la diferencia se convierte en normalidad. Los sistemas se hacen inmunes frente a la crítica asumiéndola. No hay nada mejor para neutralizar una rebelión desde el poder que ponerse de su parte. Quien se manifieste contra alguien ha de contar hoy con que los destinatarios de la protesta van a declararse solidarios con ella. De este modo cuando la subversión es la corriente dominante, puede uno encontrarse con revolucionarios nadando a favor de corriente, personas que hablan en los medios de comunicación, rutinas que se presentan como rupturas, protestas que únicamente satisfacen el gozo de la indignación.

La crítica social, - en general todas las críticas-, están subvencionadas por diversos poderes económicos o por instituciones que deberían temblar ante la crítica, sin embargo, todos estos fenómenos tienen la misma estructura: la negación del sistema es introducida en el mismo sistema, que de este modo se hace inatacable. La discusión pública o mediática, aunque en ocasiones resulte tan virulenta, suele discurrir dentro de un marco que apenas discute. Los ejes están trazados de antemano y se aceptan de una manera tan poco crítica como los conceptos de uso corriente. La opinión pública centra su atención en asuntos políticos que tiene poco que ver con una “contradicción”: temas banales, agitación superficial, oposición ritualizada. Es escasa a aquella forma de crítica que examina las premisas públicamente aceptadas a partir de las cuales se describen los problemas.

Decir lo que no se puede decir, es una fórmula que alude al combate contra las dificultades que la realidad nos plantea a causa de su esquiva objetividad: lo que no se deja decir, lo difícil, lo inexpresable, lo oculto, lo misterioso, lo invisible, lo confuso o sea, el conjunto de disposiciones que las condicionan. En este caso, lo que no se puede decir es lo incorrecto, lo prohibido, lo inconveniente, lo que incomoda, lo reprimido. En esa confrontación se sitúa la crítica que agita nuestro paisaje social.

Fermín González

Salamancartvaldia.es (Blog Taurinerías)