Lunes, 11 de diciembre de 2017

Memorias del estanque

Para Jesús Fonseca, poeta y periodista destacado, este libro “es como un faro de luz, campo a través. Una delicia del sentir y del pensar. Pura sabiduría”

Colinas en el Aula Unamuno de la Universidad, I Encuentro Cristiano de Literatura (2010) | Fotografía: J. Alencar

Admite el poeta, para que nadie se lleve a engaño, no ser especialista en nada, pero habla de lo sagrado, en un tiempo en el que ya no se platica de verdades eternas. Le preocupa el afán de encuentro y no de enfrentamiento. Y se detiene, igualmente, en las tórtolas que salen del bosque y vagan de aquí para allá por los eriales soleados. La escritura de Antonio Colinas, representa el sentido de universalidad de la poesía, como muy pocos lo han conseguido en el mundo; el misterio, como fuente de todo arte y de toda ciencia verdaderos, desde la fertilidad de un pensamiento sereno y hondo. Tal vez el más equilibrado y profundo de nuestra letras.

El autor de Memorias del estanque, siente que iberoamericano su corazón se llama: “siempre es gratificante el encuentro con los lectores de la América que habla y escribe en español”, asegura.  ¿De verdad vivimos la verdadera vida?, se pregunta Colinas. Como Chuang-zu, vuelve la mirada a su propio corazón, hasta encontrar la repuesta en el silencio de los adentros: “vivir es respirar lenta, consciente y plenamente en el silencio de la luz. Nada más”. Quedarse quieto y “ser un árbol en el bosque, para saber la verdad de las cosas jamás vistas”.

Va así Antonio Colinas, en estas páginas, del sentir al pensar, persuadido de que dar otras respuestas es seguir caminos extraviados, imponer el ego de cada cual. Impresionantes, estas memorias, en las que Colinas recoge lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño del vivir, con ese temblor y profundidad de las que sólo el universal leonés es capaz. Antonio Colinas -un escritor clave de nuestras letras- consigue, en estas páginas, bellamente editadas por Siruela, junto al apéndice Un valle, dos valles, reencontrarse con su alma, con la llaneza de vivir, como nunca antes lo había hecho, hasta alcanzar la gozosa simplicidad que su mirada necesita. Y nos entrega, desde su sed de ser en plenitud, su palabra fértil, “como ese humilde y secreto oro de los cerezos salvajes que nadie mira al pasar” o los saúcos que crecen felices en los tapiales de los huertos. Evoca también el gran escritor, siempre con ironía, los estragos de los culturetas y su arrogancia y toma nota de los pensares de Lou, como ese, tan oriental, de que “los hombres acumulan un enorme poder concentrando su espíritu en la oración”. Los más anhelados logros dependen, ciertamente, de esto.

A Colinas, que ama lo genuinamente evangélico, no le gustan los que confunden lo sagrado con lo clerical y, a su vez, lo enfrentan a lo político. Hace bien. No son gente de fiar. Hay que huir de ellos. Como de los que viven en un permanente afán de conflicto y agitación. Memorias del estanque es, en fin, como un faro de luz, campo a través. Una delicia del sentir y del pensar. Pura sabiduría.

JESÚS FONSECA ESCARTÍN

Escritor, director de La Razón en Castilla y León

  Colinas, Alencart, Fernández Labrador y Fonseca (foto de J. Alencar)