Jueves, 14 de diciembre de 2017

Ya han pasado 80 años

Gobierno de la II República

Aunque en su día me propuse no hablar de política porque ni me gusta hacerlo ni soy profesional del tema, sin darme cuenta he recaído en el pecado. Después de tanto criticar a los políticos que faltan a su palabra, debo reconocer que yo también tengo los pies de barro. Sin que deba servir de excusa, confieso que me preocupa muy seriamente el momento que está atravesando España. Si no lo comento, no quedaría tranquilo. Así pues, quiero desahogarme  expresando mis inquietudes o, más bien, razonando los “por qué” de mis temores.

Por razón de edad, no pude vivir los acontecimientos que tuvieron lugar en los años 30. Únicamente puedo hablar de lo que nos ha llegado a través de los textos, o por transmisión oral. En ambos casos, y tratándose de un tema claramente utilizado por “las dos Españas”, es complicado declararse en posesión de la verdad absoluta. Al menos hoy pretendo acercarme a la imparcialidad.

Aún a riesgo de ser catalogado de exagerado o catastrofista, a poco que nos interese la historia, hay que admitir un cierto paralelismo entre el momento actual y los inicios  de aquella II República, nacida casi de rebote tras el recuento de unas elecciones municipales, con unos inicios titubeantes y, como ahora, con un primer problema serio en Cataluña. Allí se proclamó la República antes que en Madrid, pero con el apellido de catalana. Entonces también hubo un gobierno que la reconoció y estuvo de acuerdo con su proyecto de estatuto. Asentado en España el nuevo régimen, fueron desfilando gobiernos de distintas tendencias y, como la debilidad del ser humano no es exclusiva de nuestros días, en aquellos también se establecían cordones sanitarios y, cómo no, se hacía presente una nueva modalidad de corrupción. Aún no había llegado el boom de la construcción, pero los “listos” quisieron sacar tajada de las concesiones otorgadas a casinos donde operaban ruletas trucadas por dos sinvergüenzas, Strauss y Perlowitz, con cuyas iniciales se creó ese palabra “estraperlo”, tan española que ya está en la RAE.

En la actualidad, vamos a estar casi un año sin gobierno porque los partidos no han sido capaces de establecer pactos que lo hicieran posible. En los años 30, por el contrario, los gobiernos aparecían y desaparecían casi con la frecuencia de las hojas del calendario. De igual modo, no siempre fueron aceptados democráticamente los resultados que ofrecían las urnas. Ahora parece que hemos sido sorprendidos por el ocaso del bipartidismo y la aparición en escena de una serie de partidos emergentes, con escasa experiencia de gobierno pero con abundante teoría política. Pero la historia se repite y se sigue despreciando olímpicamente el sentir mayoritario de los electores, si con ello se alcanza el poder. No importa que el popurrí de siglas chirríe por sus principios o por sus programas. Es igual, se trata de llegar al poder pasando por encima de quien haga falta, y tapándose la nariz, si es necesario.

De nuevo estamos en vísperas de otras elecciones –es la razón de este comentario- y no estaría demás repasar el fondo de las elecciones de  febrero del 36, para seguir estableciendo similitudes con la época actual. Tras las pasadas elecciones del 20-D, Rajoy manifestó al Rey su renuncia a solicitar la investidura de unas Cortes que claramente le negaban su apoyo, y esta renuncia, a su vez,  propició la vana ilusión de quien dio un paso al frente, convencido de que a él no se lo negarían. La dura realidad propició este nuevo estado de desencanto y, tal vez desaliento generalizado. Como en el poema de Calderón, debemos volver el rostro comprobando que, si ahora llevamos tiempo sin gobierno, desde la proclamación de la II República hasta el inicio de la guerra civil, hubo en España 20 Gobiernos distintos. Dudo que tampoco haya un solo partido que pueda sentirse orgulloso de su participación en aquel período republicano. So pretexto de pretendidos progresos o de imprescindibles reformas, entonces y ahora se han permitido abusos, se ha rozado la injusticia, se ha dejado de aplicar la ley y han tenido responsabilidades de gobierno partidos y personas muy próximas a la delincuencia o la ilegalidad. Con la ciega idea –como ahora- de desalojar del poder a unas fuerzas que nunca fueron minoritarias, republicanos y socialistas formaron entonces una alianza capaz de  conseguirlo. Lo mismo que ahora, los socialistas estaban divididos porque no eran partidarios de admitir en el club a los comunistas, que, como sucede hoy, tuvieron que disfrazar su piel siguiendo los deseos de Moscú. El final de aquella película fue la creación del Frente Popular, cuya llegada al gobierno convirtió España en un polvorín, con resultados tristemente conocidos.

Es poco probable que el recuento tras el 26-J permita articular un gobierno estable. Eso quiere decir que se deberán formar coaliciones con mayorías suficientes para gobernar. Si el PSOE, teóricamente partido constitucionalista, por mantener su empeño en vetar al PP, llega al poder a la sombra de Podemos –con todas sus franquicias- y demás fuerzas antisistema,  estará reeditando  otro Frente Popular,  cuyas consecuencias será el primero en padecer y, después de él, el resto de España. Ya han pasado 80 años, pero ¿deberemos esperar otros 80 para recuperarnos?