Sábado, 16 de diciembre de 2017

La otra cara del bilingüismo

En los últimos años, fruto del proceso de globalización que vive nuestra sociedad y como manera imprescindible de adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas formas de aprendizaje, los centros educativos españoles se están preparando para acoger un nuevo modelo de enseñanza: el bilingüismo. 

Aunque muchos centros ya se han subido al tren, aún quedan otros esperando en el andén, que no han dado el paso de implantar en sus aulas esta nueva forma de enseñanza, por unos u otros motivos.

Como todo en la vida, el bilingüismo tiene su lado positivo y su lado negativo. Como ventajas y alicientes que animan a muchos centros a adaptarse al mismo, destacan la mayor capacitación de los alumnos en un idioma como el Inglés, esencial para desempeñar la inmensa mayoría de los trabajos actuales y futuros.

Cabe destacar también la mayor fluidez expresiva en esta lengua extranjera, el mayor dominio de la misma en contextos históricos, lingüísticos o científicos que se consigue con el bilingüismo. Y esto, en definitiva, posibilita al alumno formado por este modelo el acceso a un puesto de trabajo con contactos internacionales, la profesionalización en empresas o filiales europeas y el ascenso en el escalafón empresarial, en un grado considerable.

Pero pese a ello, hemos de medir las consecuencias y el grado de aplicación del bilingüismo. Hablo del Inglés como lengua extranjera porque es la que suele predominar, dada su aceptación y habla mundial, en este modelo de formación, pero nos podríamos referir a cualquier otra lengua que la reemplazase.

En la otra cara de la moneda tenemos las desventajas o las consecuencias menos positivas que tiene aplicar este sistema educativo. Debemos asumir que por muy globalizados que estemos y por mucha importancia que tengan los idiomas, la primera lengua que tenemos que dominar a la perfección, en su vertiente expresiva, escrita o hablada, ha de ser el español.

No podemos dejar de lado nuestra lengua por dar más importancia a un idioma extranjero, simplemente porque pueda mejorar las oportunidades de futuro en otros países. ¿Qué pasa con España?  Aquí también se demandan personas cualificadas para desempeñar importantes puestos de trabajo que no requieren, quizás, de un alto conocimiento de idiomas extranjeros, pero que sí exigen dotes para la comunicación en castellano, vitales para nuestro futuro personal y profesional.

Veo y observo un tanto atónito como los centros que adoptan el modelo bilingüe pretenden impartir en otro idioma asignaturas como Biología, Química, Física, Matemáticas o Dibujo… No nos damos cuenta del error que cometemos.

Está bien formar interdisciplinarmente al alumnado en otro idioma además del suyo materno, sin minusvalorar éste, pero de ahí a traducir los libros de texto de asignaturas completas, con tanta importancia para la formación del alumno, me parece excederse demasiado.

Si esa persona formada por un modelo bilingüe quiere trabajar en España y se presenta ante un Director de Recursos Humanos, éste le preguntará por sus capacidades y conocimientos, según el puesto que vaya a desempeñar, y deberá, no solo responder sino también actuar, en castellano.

Eliminar en tan alto grado el castellano de la formación académica, supone un riesgo de perder nuestra identidad, nuestra seña de identificación personal, ese lenguaje tan nuestro que es el español.

No quiero que nadie entienda esto como una postura conservadora o que considere que lo que defiendo es el inmovilismo y no permito el progreso. Simplemente aporto, desde mi humilde punto de vista, un matiz al vuelco que se pretende dar a la Educación actual en nuestro país, para evitar que podamos dejar de ser quien somos y nos convirtamos en “colonias educativas” inglesas, francesas, alemanas…

¡Claro que hay que apostar por los idiomas! ¡Claro que quiero que los alumnos nos podamos formar en lenguas más allá del español! Pero todo en su justa medida. Sería un desastre olvidarnos de nuestro pasado, de nuestro presente, narrado y relatado en nuestro idioma, por tratar de enfrentarnos de una manera “mejor” a un futuro desconocido e incierto.

En España pecamos de una cosa, y es que no nos sabemos valorar lo suficiente. Somos un gran país, con unas gentes increíbles, con un idioma extendido y globalizado por el mundo… Y sin embargo tenemos que salir fuera para ver lo grandes que somos. Asumamos lo bueno que tenemos, intentemos perfeccionarlo, adaptémonos a los nuevos tiempos, pero seamos siempre y ante todo nosotros.