Lunes, 11 de diciembre de 2017

El viejo olivo

Andaba yo inmerso en la tarea de trasplantar un viejo olivo que fue traído desde el Hoyo de Hornacinos, lugar paradisíaco entre El Cerro y las maravillosas laderas de Lagunilla. Seguramente había tenido una vida plácida en aquella hondonada, solamente paliada cuando un águila perdicera se posaba en él para devorar su presa, o por los cánticos de los vistosos mirlos y los alborotadores abejarucos. Tal vez también en una noche de luna llena fue testigo de los aullidos de los lobos…

Y de pronto me he visto extrapolado por mi imaginación a lejanos tiempos. Ahora tengo 81 para 82 años de edad y entonces tenía 8… Mi padre era el médico de El Cerro, aquel pueblecito situado en el último lugar del mundo dentro de la provincia salmantina, un pueblo de recia estirpe, naturaleza pródiga, contrastes y silencio…, mucho silencio.

Hoy he vuelto a soñar despierto que tenía 8 años de edad y que andaba junto a mi padre de caza por aquellos pagos maravillosos de El Cerro, muy cerca de Las Navas, entre frondosa vegetación y arroyos de agua trasparente circundados de tierras empinadas cubiertas de vides y donde arraigaban pletóricos los olivos centenarios, los castaños, los robles, los manzanos y los perales, jalonados a tramos por zarzamoras e higueras, muchas fuentes rústicas y retamas en flor. Allí también tuve la fortuna de poder ver, por primera vez, un nuevo amanecer y la salida del sol y que, desde entonces, jamás ha dejado de sorprenderme. Y aún perdura  en mi empequeñecido recuerdo, aquellos tiempos en que paseaba junto a mi padre entre los robles y los rayos del sol en el atardecer se filtraban a través de las ramas y morían entre los helechos que jalonaban el camino.

Nunca podré olvidar que por aquellos parajes, una vez coronado el fuerte repecho de “Hornacinos”, el tío Ignacio que era amigo de mi padre, muchas veces los dos sentados en sendos canchales me contaba que: La cojera que arrastraba había sido consecuencia de la reciente “guerra civil” y que más tarde supe que era una lesión congénita. El “Tío Ignacio” salía todos los días de caza, pero como buen furtivo nunca se pasaba ni se ensañaba con ella y una vez terminada la faena, se sentaba en una piedra del camino y ya en el atardecer emprendía la marcha y bajaba por aquel camino de herradura, ojo avizor siempre, por si la Guardia Civil rondaba por las entradas del pueblo.

La casa antañona que le cedieron a mi padre en el centro del pueblo y situada frente a pilón de dos caños y agua eterna, era de tres plantas y aún recuerdo… (pero esto es  otra HISTORIA INOLVIDABLE, que os contaré el próximo Domingo).

Anselmo SANTOS

Contador de historias humanas