Viernes, 15 de diciembre de 2017

Educación de trescientos sesenta grados

Deberíamos educar a la carta. Cada niño-adolescente tiene necesidades diferentes dependiendo de lo que le ha tocado vivir y su genética. No vale lo mismo para todos.

Las capacidades también son diferentes porque las inteligencias son múltiples. Por eso los que hacen Formación Profesional, los que gustan más del hacer en presente, no son inferiores, ni tienen peor porvenir, tienen facultades distintas.

Metafísicamente las personas “somos”, pero para integrarnos en la sociedad desde la prehistoria nos situamos por lo que sabemos hacer. He dicho muchas veces que lo que enseñamos en las escuelas debe tener una utilidad presente que ayude a crecer a los chicos e integrarse. Hay que hablar menos y hacer más. No vale quejarse de los alumnos sino “innocrear propuestas”. Ningún caso se puede dar por perdido y debemos imitar al colibrí del cuento guaraní: Después de un incendio en el bosque mientras todos los animales huían, incluido el jaguar, este pequeño pajarillo volaba desde el lago con una gota de agua en el pico hacia el incendio, hacía todo lo que podía,  independientemente de ir en contra de corriente. Al final el resto de animales dieron la vuelta y apagaron el incendio. El más pequeño originó la revolución.

Menos teorías, menos hablar, más escuchar y más predicar con el ejemplo.

La circunferencia del niño  hay que dividirla al menos en tres sectores, el afectivo, el cognitivo y el conductual. No podemos intervenir sólo desde un sector.

Cuando hablamos de jóvenes en riesgo de exclusión social y hablamos de empleo juvenil, también hay que ir a los trescientos sesenta grados. No podemos limitarnos a montar una serie de reglas porque entonces nos pasa que de cien millones que ha dado Europa a España para la Garantía juvenil se tienen que devolver ochenta millones porque con todos los jóvenes que hay en paro las asociaciones no encuentran a los que cumplan los requisitos.

Aprendamos a hacer con los demás. Escuchemos a los que tienen que sobrevivir y no busquemos excusas y justificaciones en la falta de igualdad de oportunidades.

Para aprender a recorrer los trescientos sesenta grados sería bueno leer a  Hellen Keller en “El mundo en el que vivo”. Primera mujer con título universitario en Estados Unidos siendo sorda y ciega, pero destacó por su compromiso social. Decía que los videntes tenían que conocer a las personas por las apariencias.