Lunes, 18 de diciembre de 2017

Elogio de la Casa Lis en el día de los museos

“Salamanca tiene en el Museo de la Casa Lis un regalo y un legado de belleza”
Todos coincidieron en el Museo de la Casa Lis es todo un lujo para Salamanca

Desde que, en los años ochenta, la Casa Lis se recuperó del olvido para acoger la colección del anticuario Andrade, la ciudad de Salamanca ha disfrutado de este espacio privilegiado que no solo es museo, sino espacio de con cocimiento, de exposición, de puro gusto cuando uno visita la cafetería Art Dèco para sentirse, sencillamente, como una auténtica dama modernista.

         Quizás sea mi recuerdo más antiguo una charla a cuatro manos en esta Casa Lis de mis amores coloridos en la que se enzarzaron dos amigos salmantinos que nos dejaron a todos la sensación de estar viviendo algo irrepetible. Corrían los finales de los años ochenta, probablemente estaba yo en la facultad de Filología y hablaban ¡Y cómo! Gonzalo Torrente Ballester y Carmen Martín Gaite. Después de aquel día, cuántos actos, cuántas exposiciones, cuántas visitas me ha regalado esta casa de colores… Por todo ello, cómo no sentirse sencillamente emocionado hablando en ella, disfrutando de una tarde noche silenciosa de mayo que ya calienta y cuya luz se mantiene un poco más sobre la cristalera debajo de la que nos encontramos.

         Hablar en la Casa de Miguel Lis de Carlos Luna y de su hija Inés es un regalo que hay que agradecer a Pedro Pérez de Castro, el director de la Casa Lis y a su atentísima secretaria de comunicación que tan cuidadosamente organizó el encuentro donde se recordó, de forma emocionada, que fue el padre de Miguel de Lis quien trataba diversos asuntos con el senador Antonio Terrero, abuelo de Inés Luna, y que fue Miguel de Lis un curtidor también, como nuestro innovador Carlos Luna, el hombre que hizo la luz en la Salamanca nada modernista de principios de siglo. Los Lis, los Moneo, los Marculet, Rodríguez Fabrés, Luna, Filiberto Villalobos… hombres que hicieron un siglo y sacaron del sopor de poblachón dormido a la Salamanca de universidad levítica donde clamaba por el cambio el rector Unamuno. La Salamanca que inicia la modernidad de la mano de Lis, quien no duda en concebir su casa de ensueño construida por un gaditano arquitecto municipal, Joaquín de Vargas, que también lo fuera de la fábrica de la luz de Carlos Luna. Eran tiempos en los que el hierro se retorcía como hilo de plata y creaba arabescos bellos y útiles y buena prueba de ello fue la construcción de la Plaza de la Glorieta, del mercado Central, de la propia casa de los Lis, vidriera y hierro que tanto sorprendiera.

         ¿Cómo no habían de sorprender estos hombres y sus obras, estos modernos que conducían los primeros automóviles de la provincia, que traían la luz eléctrica, los rayos equis, la modernidad en suma a la Salamanca atrasada?

         Hablar de aquellos tiempos en el lugar donde un visionario quiso ver su casa adelantándose a los usos y costumbres de esta Salamanca agrícola que tanto les debe, es para el catedrático Eladio Sanz, el profesor e investigador Alfredo García Vicente y para mí, un enorme privilegio. Los tres estamos acostumbrados a hablar de los Luna y de la Salamanca de comienzos de siglo… pero hacerlo aquí nos impone, porque un poco más abajo, ahí donde está el Museo de Comercio, Carlos Luna, cuya muerte celebramos dándole la importancia que se merece, instaló su fábrica de luz, la misma que tanto ha estudiado el profesor de electrotecnia Eladio Sanz. Emocionados porque estamos en la casa de un amigo de Carlos Luna, que seguramente trajo a su hija Inés, la que luego sería una dama modernista con todos sus atavíos, como nos recordó Aldredo García Vicente en su breve esbozo del personaje, niña aún a corretear por la galería mágica por la que se ve el río. Ese río que aún corre a los pies de la casa encantada convertida en uno de los museos más originales de España.

         Salamanca tiene en el Museo de la Casa Lis un regalo y un legado de belleza. Disfrutarlo y agradecerlo es un placer que compartimos con aquellos que vienen de fuera y se admiran de la luz vidriada que adorna, tras el río, la pechera imponente de la Catedral. Si ella es una charra erguida sobre el Tormes, la galería coloreada es su joya art nouveau más original y consentida. Por eso, para Alfredo, Eladio y yo, hablar de Inés Luna y de su padre, un emprendedor a la manera de ese Miguel de Lis que inaugurara esta casa en 1906 es un regalo. Un regalo que disfrutamos, un regalo que nos emocionó mientras el recuerdo de aquellos que ya no están e hicieron posible nuestra ciudad de leyendas, flotaba entre los cuadros de Zuloaga, otro insigne gaditano, evocando a Don Miguel, a Don Carlos el de la Luz, el padre de Inés, esa Inés a la que vemos pasar con prisa calzándose los guantes, el sombrero con redecilla muy pegado a la cabeza de corte garçon, un broche de libélula en su traje sastre… una dama modernista saliendo de nuestra casa modernista con la glácil como una bailarina de los años veinte.

Charo Alonso

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez