Lunes, 11 de diciembre de 2017

La misericordia está en nuestras manos

La misericordia forma parte de la identidad de Dios.

En el nuevo Testamento, la misericordia de Dios con su pueblo es Jesús (Lc 1, 68-79). Así se canta y reconoce en el cantico de Zacarías donde se afirma que Dios ha visitado a su pueblo, (aquí resuenan los ecos del Antiguo Testamento), realizando la misericordia que había tenido con los padres en el pasado.

La misericordia ya no es un rasgo de su esencia divina, sino la manifestación de su divinidad “en la carne humana de Jesús”. Y está vinculada al perdón de los pecados, y a la salud del cuerpo, y a la alegría de un banquete donde el vino es abundante y de calidad, y a la amistad entre hermanos, y al acogimiento  de unos para con otros, y sobre todo a la construcción de un Reino donde brille la justicia y la paz como fruto del quehacer de todos los hombres. Es un hecho ineludible, del que nada ni nadie puede escapar. En Jesús, en su carne y en su vida, Dios venció al pecado y a la muerte, y con su resurrección nos abrió de nuevo las puertas del paraíso. Lo que no ha podido hacer es arrancarnos la libertad de aceptarlo o dejarlo. Podemos entrar en su reino o no entrar (Mt 22, 9). Eso es ya responsabilidad nuestra. Y el ojo con el que contemplamos a Dios de cara (de igual a igual) es la fe. Sin fe no vemos nada, ni podemos nada, ni entendemos nada.

Ahora conocemos de otra manera a como conocían los profetas y los patriarcas, porque Dios mismo camina entre nosotros y en nosotros. Éxodo 33 es la crónica de una presencia prometida que en Lucas 1 alcanza toda su plenitud manifestativa. Y así podemos decir que la misericordia de Dios “es” Jesús. Una misericordia que se ha mostrado “entrañable”, porque ha aparecido en la carne de un niño, que no obstante lleva sobre sus hombros la soberanía del Imperio. Y cuyo nombre, no lo olvidemos, es: “Admirable consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de la Paz. Y de quien finalmente el Evangelio nos dirá que su nombre significa “Dios con nosotros”. Aquel vivo deseo de Moisés en Éxodo 33, y que culmina preciosamente en el verso 16, tiene su culminación, como todo lo demás, en la persona de Jesús. El es la “presencia viva del Dios invisible”. Él es quien nos libra de nuestros enemigos (el mal y el pecado). Él y nadie más que Él, (ese es el Evangelio) es la misericordia entrañable de nuestro Dios. ¿Qué hay más entrañable que un niño, un hijo? La humanidad ha alumbrado a Dios. El está no sólo con nosotros (como lo estuvo con Moisés y su pueblo), sino en nosotros, en un gesto de amor entrañable, porque vive en las entrañas de cada uno.

La vieja Alianza escrita en tablas de piedra que soportaban la Ley de Dios, es ahora el corazón de cada creyente, en el que Dios ha inoculado desde dentro, desde la propia carne humana, la Alianza nueva que no es otra que el amor recíproco entre Dios y el hombre. Es así como el deseo del hombre de llegar a ser Dios se convierte en una realidad que sobrepasa cualquier imaginación. Ya no es necesario envidiar a Dios, ni su sabiduría, ni su poder, ni su gloria (como hicieron Adán y Eva); pero es que ni siquiera es necesario envidiar su misericordia y su perdón, porque todo eso y mucho más descansa en nosotros, en nuestro corazón de carne. Todos podemos, si queremos, ser misericordiosos, y todos podemos perdonar, de manera que estos actos siendo nuestros, se convierten en actos de misericordia y perdón del mismo Dios, a través nuestro. “Hacemos a Dios”, dijo alguien, y nunca mejor dicho.

Es así como la misericordia se ha convertido en la manera de ser de Dios en medio del mundo. Sujeta, eso sí, a la libertad de acción de cada ser humano que tiene en sí la potencialidad de estar “haciendo el Reino” mientras vive su particular vida en este mundo.

La gloria de Dios es su misericordia y esta gloria es “que el hombre viva”. Por eso la misericordia es la estrategia con la que Dios busca al hombre en sus muchas situaciones de dolor y miseria, para hacerlo vivir como lo que es: hijo suyo. Pero esta misericordia está ahora en nuestras manos, que son las de Jesucristo.