Lunes, 18 de diciembre de 2017

Consolar, soportar, dialogar

Termina con esta postal la exposición de las siete obras de misericordia espirituales (propias del Espíritu Santo), que he querido poner de relieve con ocasión de la fiesta de Pentecostés.

El mismo Espíritu de Dios consuela a los tristes, nos consuela y hace que nosotros podamos consolar a los demás, como dice San Pablo en Rom 8 y 2 Cor 1. Por eso le llamamos Consolador o Paráclito: Fuente y sentido de todo consuelo profundo.

Éstas son las tres últimas: consolar a los tristes, soportar las adversidades de la vida y dialogar con el misterio (esto es, pedir a Dios por vivos y difuntos), descubriendo y realizando así el sentido de la vida como diálogo con Dios, dialogando (en lo que podamos) con todos los hombres y mujeres.
Cada lector podrá destacar una de ellas.

-- Para algunos, la más importante será el consuelo, que consiste en acompañar y animar a los tristes, angustiados, abatidos, levantando la "moral" de los demás, para caminar con ellos.

-- Otros insistirán en la paciencia activa, entendida como aguante en las adversidades. No se puede consolar si uno se deja hundir, si se deprime por nada, si no sabe mantenerse en un mundo cargado de riesgos.

Paciencia activa es el aguante, es decir, la resistencia , como ha puesto de relieve el libro del Apocalipsis. No es una resistencia resentida, sino un gesto de compromiso activo con la vida, a favor de los demás, en esperanza.

-- Finalmente, la más importante de todas las obras es la oración, entendida como diálogo, con Dios y con los otros. No se trata simplemente de pedir, sino de pedir y dar, de acompañar a los demás en el camino (y de un modo especial al mismo Dios).

La oración nos vincula sobre el campo de la vida, como a la pareja del cuadro de Millet, con la pareja orando al mediodía el Ángelus. Ambos dialogan así y se vinculan, no sólo con el campo en que trabajan, sino con el Dios creador, con los vivos y difuntos.

Como verá quien lea la postar entera, sigo tomando como referencia la obra que hemos escrito J. A. Pagola y un servidor con el título de Entrañable Dios. Las obras de misericordia (Verbo Divino, 2016). Allí he puesto de relieve el origen y sentido de las obras de misericordia corporales y espirituales (por utilizar este lenguaje, quizá poco apropiado, de la tradición teológica, pues también las obras llamadas corporales, tomadas de Mt 25, 31-46, son obras espirituales).

CONSOLAR AL TRISTE

El perdón era la obra central de la misericordia (era la cuarta, estaba en medio de las siete). Pues bien, tras el perdón, como despliegue ulterior del proceso educativo, viene el consuelo, en la línea de las bienaventuranzas que han sido y siguen siendo la lección más honda de la escuela de Jesús, cuando decía «felices los que lloran, porque serán consolados» (Mt 5,5). No son felices porque lloran (ni porque tienen hambre, ni son pobres…), sino porque recibirán consuelo de otros (serán saciados, heredarán el Reino).

Esta es sin duda una obra de Dios, el gran consolador, pero es, al mismo tiempo, una obra de la comunidad cristiana, entendida como escuela de consuelo para los tristes.

En este contexto se inscriben las palabras simbólicas de Pablo, cuando afirma que la tierra entera gime, en dolores de parto, y nosotros los seres humanos gemimos con ella, esperando la liberación que proviene de Dios, viniendo de los hermanos que nos ofrecen su consuelo (Rom 8,21-24; cf. 2 Cor 1,3-7). Así lo recordaba una propuesta esencial de Ignacio de Loyola: «Mirar el oficio de consolar que Cristo Nuestro Señor trae, comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros» (Ejercicios espirituales 224). Pero en nuestro caso no se trata solo de unos amigos que se consuelan entre sí, sino de la misma escuela cristiana entendida como tiempo y tarea de consuelo.

Los cristianos forman una comunidad de consolados y consoladores, empezando por las mujeres de Pascua (cf. Mt 28,5.9), a las que Jesús decía «no temáis, alegraos». En la base del testimonio de Jesús y de la escuela cristiana sigue estando el testimonio de aquellas mujeres de la tumba vacía, que cambiaron su oficio de plañideras por el de consoladoras, anunciando a todos que Jesús se hallaba vivo, iniciando así una obra de educación por (para) el consuelo, que han realizado y siguen realizando sobre todo las mujeres en la Iglesia.

No ha llamado Jesús a los creyentes para llorar junto a una tumba, sino para que sean testigos de la alegría de Dios, para anunciar la resurrección de su Hijo (¡la nuestra!), en la línea de las experiencias de pascua. Sin duda hay otros temas de educación pascual, pero sin consuelo acaban siendo insuficientes, de forma que la Iglesia corre el riesgo de hacerse escuela de muerte, un culto de cementerio (cf. El papa Francisco, Evangelii Gaudium —El gozo del Evangelio—, 2013). Hay momentos de tristeza, vinculados con el luto a los muertos y la opresión de los débiles, pero han de estar al servicio del consuelo más alto de pascua.

En esa línea ha de entenderse la revelación bíblica, partiendo de Ex 34,6-7, donde el mismo Dios aparece como rahum y hannun, con entrañas maternas, lleno de gracia y de consuelo. Así han de mostrarlo los creyentes, en un mundo amenazado por la tristeza, en el que muchos buscan el consuelo no solo de terapeutas profesionales, sino de augures y videntes que no logran alcanzar el fondo humano/divino del alma amenazada por la depresión, angustia y tristeza:

Depresión psicológica. Se ha venido extendiendo no solo entre los mayores, sino entre niños y adolescentes; como un bajón vital, que tiene varias causas (soledad familiar, miedo a lo desconocido, incapacidad de afrontar el futuro…) y que parece extenderse cada vez con más fuerza, pudiendo convertirse en una gran pandemia. Este es un problema universal, pero afecta especialmente a las sociedades que parecen más adelantadas.

Pues bien, si la escuela no imparte gozo, alegría contagiosa por la vida que se abre, es muy posible que muchos adolescentes y niños no quedarán bien educados. En este contexto evoco de nuevo los tres ejemplos de niños tristes/enfermos del evangelio de Marcos (hija del archisinagogo y de la siro-fenicia, niño lunático de Mc 5, 7 y 9, cf. cap. 3, p. xx) a quienes Jesús ha consolado. Si la educación resulta incapaz de ofrecer un fuerte impulso de alegría y confianza en los hombres y mujeres (en especial en los niños y adolescentes), termina siendo inútil.

Angustia existencial. En ciertos lugares se ha insistido más en la angustia existencial (algunos dicen: ontológica), que se expresa a modo de vacío de la vida, tal como pusieron de relieve algunas filosofías de mediados del siglo XX. Era y sigue siendo una experiencia de angostura o estrechamiento, como si tuviéramos la vida comprimida y no fuéramos capaces de extenderla, para sentarnos gozosos y caminar confiados, como si todo se constriñera ante (en) nosotros.

Por el contrario, la educación ha de ser un solaz (de solari, de donde proviene solacium: «ofrecimiento de consuelo»). Una etimología popular que es falsa, pero muy ilustrativa, dice que ‘con-solar’ significa «estar con aquel que se halla solo (cum solo), esto es, ofrecerle compañía». Sea como fuere, solamente un ser humano es verdadero consuelo y compañía para otro ser humano, como se cuenta en la «segunda página» de la Biblia (cf. Gen 2,18-23). Hay ciertamente otros lugares de consuelo para el niño/adolescente, pero la escuela ha de ser quizás el más importante después de la familia.

Hay, en fin, tristezas personales, que no se identifican con la depresión ni con la angustia, aunque son muy dolorosas. En general suelen venir de la soledad o las rupturas familiares o sociales. Es evidente que la escuela no puede resolverlas sin más, ni sustituir a la familia ni a los grupos de amistad más estrecha entre adolescentes y jóvenes; pero ella puede y debe trazar espacios de maduración compartida, en el campo del estudio y de la imaginación, del gozo actual y de la esperanza de futuro, en forma de amor/amistad y trabajo.

En esa línea, los educadores cristianos han de ser, en principio mujeres y hombres capaces de consolar a los tristes, sabiendo que las cosas importantes no se resuelven con dinero, ni simplemente por ley, sino con el gozo y seguridad de una presencia humana cariñosa y fuerte, en un tiempo en que muchos médicos no ofrecen más remedio que un muestrario de productos químicos anti-depresivos o estimulantes que, en sentido estricto, no curan, sino que se limiten a inhibir algunos síntomas de soledad o malestar.

Quizá el mayor problema de la humanidad del siglo XXI es una epidemia de tristeza y/o falta de consuelo, que nos envuelve y tiende a dominarnos, llevándonos no solo a varios tipos de depresión, sino también a la violencia y soledad, e incluso al suicidio. Este es quizá el mayor riesgo de un tipo de sociedad que se dice avanzada, pero que corre el riesgo de detenerse y estallar. Pues bien, la solución no es otra que devolver, mejor dicho, recrear la alegría entre los seres humanos.

Por alegría y gozo de vivir nació la humanidad en los pasados milenios, a través de un durísimo proceso de tanteos, fracasos y encuentros de gracia. Solo por alegría podremos sobrevivir, y en esa línea han de colaborar los educadores (aunque hay otros que lo hacen también), ofreciendo de un modo especial un testimonio y estímulo de humanidad. En un momento como este es necesario que ellos sigan realizando su función de un modo más profundo en la línea de las bienaventuranzas: ¡Felices los que despliegan su existencia con gozo y ayudan a crecer y ser felices a los otros!

SOPORTAR CON PACIENCIA LOS DEFECTOS DE LOS DEMÁS

Esta obra es con la anterior (consolar a los tristes), una expansión de la cuarta (perdonar las injurias), pues para perdonar y consolar hace falta tener mucha paciencia, aguantando los defectos y las adversidades, de una forma no solo pasiva (reactiva), sino muy activa, como empieza diciendo el Apocalipsis: «Yo, Juan, vuestro hermano y copartícipe en la tribulación, Reino y resistencia por Jesús, me hallaba en la isla de Patmos…» (Ap 1,9):

Yo, Juan. Como los grandes profetas de Israel (Isaías, Jeremías…), el autor del Apocalipsis escribe en nombre propio. No oculta su persona tras alguna figura venerable (Henoc o Matusalén, Esdras o Baruc), en la línea de otros apocalípticos, con la autoridad de Jesús, que sostiene y avala su mensaje. Es hermano y compañero de aquellos a quienes escribe con la autoridad de su ministerio profético, y se sabe portador de una enseñanza que debe transmitir a las iglesias, en un tiempo marcado por la tribulación y la resistencia.

Hermano en la tribulación que pertenece a los tiempos finales, es decir, a la forma actual de vida en el mundo, como saben judaísmo y tradición sinóptica (cf. Mc 4,17; 13,19.24 y par.). Ha llegado la gran crisis de amenaza y riesgo para los creyentes (Ap 7,14). En medio de ella, como maestro desterrado por el testimonio de Jesús en el islote marino de Patmos, y hermano de los atribulados de las siete iglesias de Asia (Ap 1,20), escribe Juan su libro de visiones, su testimonio de esperanza profética para los perseguidos.

Y en la resistencia (hypomonê)… No se trata de resistir de un modo evasivo, puramente interior, de paciencia indiferente, sino de mantenerse con un gesto y decisión de firmeza activa. Los creyentes no pueden plegarse a los dictados de las bestias de Ap 13 (dominio militar, escuela mentirosa de engaño). Por eso se resiste Juan, profeta desterrado, hermano de los oprimidos, escribiendo para ellos un libro de visiones, para mantenerlos firmes en la tribulación, para que no se dejen dominar por la falta de escuela de la Segunda Bestia (Ap 13,11-17; veáse cap. 1, p.xx).

El maestro Juan, gran vidente, no eleva ante las bestias destructoras un ejército más duro de soldados militares, ni una riqueza mayor que la que tiene la Ramera, sino la enseñanza de su escuela profética, a través de este libro de visiones (Apocalipsis). Por eso él ha debido soportar con paciencia y mantenerse firme, no solo en contra de los embates del Dragón y de las Bestias con la Prostituta (poder militar, ideología falsa, comercio asesino), sino ante los problemas y defectos de sus siete iglesias (Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia, Laodicea: cf. Ap 2-3), para que se mantengan firmes en la prueba, ofreciéndoles así una esperanza educadora, a fin de que se mantengan firmes en las dificultades.

En esa línea, la educación cristiana ha de ofrecer a los creyentes la paciencia y audacia para que superen la inmensa tribulación que se avecina. No se trata solo de que se mantengan firmes en las adversidades naturales (cataclismos) o en los sufrimientos propios de las enfermedades de cada uno, sino de que soporten los defectos de aquellos (amigos, vecinos, familiares…), con quienes comparten el camino, entre las amenazas de miedo ante el futuro. El Apocalipsis propone así una educación no solo para consolar a los tristes sino para que superen las adversidades que se acercan. Esta paciencia activa se ilumina a partir de Jesús:

A Jesús le costó soportar soportado los defectos de sus discípulos, de forma que en algún momento se ha mostrado cansado de ellos (cf. Mt 17, 17), pues le confunden, traicionan y abandonan (cf. Mc 14, 52). A pesar de eso, no les condena ni expulsa del grupo, sino que les mantiene con él y les impulsa tras la muerte (experiencia pascual). En esa línea ha de entenderse la parábola del sembrador, que siembra y tiene que esperar, sabiendo incluso que unas tierras están poco preparadas y es difícil que acojan la semilla (Mc 4,3-9.26-29).

Los discípulos debieron soportarse con paciencia, como cuenta la historia de la Iglesia primitiva, llena de conflictos entre grupos (Pedro, Pablo y Santiago, helenistas y judaizantes…). Esos grupos discutieron entre sí con acritud, pero mantuvieron la comunión y se ampararon incluso mutuamente (Gal 1-2 y Hch 15). Sin esta paciencia mutua de los primeros cristianos no hubiera surgido el cristianismo.

Contra la impaciencia de aquellos que querían arrancar la cizaña se eleva Jesús en Mt 13,24-30, diciendo a los criados que no arranquen y quemen la mala hierba, pues no saben distinguirla de la buena, y la separación final es obra de Dios. Ha sido muy peligroso en la Iglesia el fanatismo de los que han querido definirse como puros, sin soportar a los débiles, como muestra Mateo en su evangelio y Pablo en sus cartas.

En esa línea, la escuela cristiana ha de hallarse marcada por un gesto de paciencia activa, que capacita a los educadores para superar los riesgos y fracasos, en la línea del Apocalipsis, volviendo siempre al fundamento de Jesús, testigo fiel (Ap 1,5), con el testimonio de los padres caminantes de Israel (cf. Heb 11) y de todos los cristianos que se han mantenido firmes en las adversidades. Sin duda, la escuela de Jesús ha de anunciar y preparar el Reino, pero ella solo puede ofrecer su mensaje y expandirse allí donde los creyentes aprenden a vivir con paciencia, soportando las adversidades que vienen no solo de los perseguidores externos, sino del mal ejemplo de algunos en la Iglesia.

La palabra soportar no ha de entenderse solo en un sentido pasivo (como abandono indolente en manos de Dios), sino que implica la más fuerte de las actividades, en la línea de la pasión de Cristo. Se trata, pues, no solo de saber ganar con generosidad, ofreciendo siempre el perdón, sino también de perder, pues solo si estamos dispuestos a perder podremos impartir una verdadera educación cristiana. Quien se empeña en ganar siempre, en todas las circunstancias, tiende a volverse intransigente y violento.

Solo el que sabe soportar y perder con (por) amor puede crear una nueva humanidad del Reino. Por eso, los buenos educadores no solo han de estar dispuestos a perder (sin perder por ello su autoridad), sino que deben enseñar esa actitud a sus discípulos, haciéndoles capaces de mantenerse y crecer en medio de las pruebas y las adversidades. En un sentido muy profundo, la Iglesia de Jesús es una escuela de perdedores mesiánicos o, mejor dicho, una guía de perdedores esperanzados, creadores, en el sentido más hondo de ese término.

ROGAR A DIOS POR VIVOS Y DIFUNTOS

La última obra nos sitúa ante el misterio de Dios en oración, para que así descubramos que el ser humano es más que todo lo que él puede hacer. Esta oración debe entenderse no solo en el sentido de contemplación y alabanza compartida, sino también de petición (que Dios ayude y acompañe a vivos y difuntos…), aunque algunos piensan que los cristianos no deben pedir nada a Dios, sino contemplar y alabar, penetrando así en el misterio divino de la vida.

Dicen algunos que pedir sería un gesto de esclavos o niños, de seres dependientes. Nosotros, hombres y mujeres adultos del siglo XXI, no tendríamos que pedir nada, sino reconocer lo que somos, sabiéndonos hijos de Dios y alegrarnos por ello... Dios lo tendría todo decidido, de manera que no le podemos pedir nada, pues resultaría inútil. En ese sentido, la escuela cristiana nos llevaría solo a identificarnos con el Dios de Jesucristo, sin hacer de nuestra parte nada.

En contra de eso, la oración de petición es importante, y constituye un elemento clave de la educación cristiana, pues pedir significa dialogar con Dios, escucharle y responderle, sabiendo que él deja que los hombres y mujeres piensen y actúen libremente, colaborando con ellos. Pedir no es un gesto de sometimiento, sino de confianza, pues solo se pide en verdad a los amigos, y Dios, nuestro amigo, escucha lo que le decimos y decide con nosotros lo que hemos de ser en el futuro... Frente a toda teología de la pura predestinación quiero defender la experiencia y tarea de la comunión en libertad con Dios.

Dios y el hombre comparten la vida, se conocen y vinculan, de manera que se puede hablar de acción común (de Dios en el ser humano, y del ser humano en Dios), sabiendo así que ambos decidimos el camino de la vida. En esa línea importa saber lo que Dios quiere hacer en (con) nosotros, y lo que nosotros podemos y queremos hacer en (con) él, no solo en un nivel de intimidad, sino de acción científica y social, personal y comunitaria. Se trata de «hacer» o, mejor dicho, de hacernos en el interior de la acción de Dios, trazando así con él un camino que nos define y desborda.

Así importa no solo conocer lo que podemos ser en Dios, sino decidirnos a serlo y hacerlo, es decir, que él haga en nosotros, confiando en él, pues de él depende nuestra forma de hacernos plenamente humanos, es decir, de buscar el Reino en este mundo enigmático, abierto a grandes posibilidades y riesgos, todavía sin explorar. Nuestra forma de ser deriva de la forma en que acojamos la acción de Dios, dejando que él actúe en nuestra vida, pero de tal forma que nosotros mismos decidamos, colaborando con él (cf. Dt 30,15). En esta línea, el proceso de la educación culmina y se expresa en esta «escuela de oración», en la que aprendemos a ser/hacer en y con Dios.

Eso significa que la historia verdadera no está escrita, la vamos escribiendo con Dios, en un camino dirigido a la plena salvación por Cristo. De esa forma, al suplicarle que venga y nos ayude (pidiéndole por vivos y difuntos), estamos ya colaborando en su venida salvadora, pues la escuela cristiana es aquella en que aprendemos con Dios, trazando en y con él un camino de culminación o Reino. En esa línea, nuestra oración va marcando nuestro camino en diálogo con Dios, trazando (adelantando) su presencia y acción en nuestra vida.

Misteriosamente, trascendiendo las posibles leyes físicas del mundo, desde el fondo de su misma gratuidad, Dios nos atiende, acompaña nuestra vida, cumple nuestras peticiones, y se deja guiar por ellas, aprendiendo de esa forma de nosotros. Si la persona fuera solo dependiente, ser subordinado, y Dios un puro jefe a quien debemos aplacar a fuerza de palabras, la oración sería súplica servil, y el ser humano un simple esclavo. Pero, por el contrario, Dios ha querido hacernos libres, de tal manera que su misma voluntad se encuentra vinculada con la nuestra:

Por un lado, Dios actúa, y lo hace de manera que podamos ser libres en él. Así influye por amor, y en amor nos compromete a ser, sin obligarnos. Un creador limitado sería incapaz de suscitar vivientes libres, capaces de responderle, pues su actividad avanzaría en una sola dirección, del hacedor hacia su hechura, del constructor hacia la cosa construida. Solo un creador omnipotente (Dios) suscita seres libres que acogen su llamada y le responden.

Por eso, el hombre influye también en (con) Dios, que le ha dado espacio libre para realizarse. Ciertamente, no influye por algún tipo de poder separado, por sus obras entendidas en un plano legalista, sino porque el mismo Dios ha decidido respetarle en amor, dejando que su voz (la experiencia, tarea y esperanza humana) se introduzcan en la propia voluntad divina. Es un misterio que podamos suplicar a Dios, pidiendo su ayuda en nuestra vida (por los vivos y difuntos). Pero es un misterio mayor que Dios lo haya querido, y se haya revelado de esa forma por Jesús.

Dios ha querido depender de nuestras peticiones y respuestas, como ha dependido de Jesús. En esa línea, los humanos comenzamos pidiendo a Dios los bienes de la tierra, y terminamos pidiéndole por los vivos y difuntos. Por su parte, Dios nos pide una respuesta de fidelidad, queriendo así que respondamos a su llamada del Reino, pues su acción depende de nuestras peticiones. En esta perspectiva debe interpretarse la más honda historia de la alianza, tal como aparece ya en Oseas, Jeremías y el Segundo Isaías (Is 40-55) y culmina en Jesucristo. Por eso, el mismo Dios debe aprender a ser divino en la escuela humana, como aprendió a serlo Jesús, conforme a lo indicado en la tercera parte de este libro, en la línea del próximo capítulo.