Martes, 12 de diciembre de 2017
Ciudad Rodrigo al día

Tarde cenicienta

No nos importa que el viento esté, llamándonos la atención, con sus constantes ráfagas y nos persigue en el ritmo de los pasos, y que la lluvia nos refresque la mirada y la sonrisa

Me gusta cuando la lluvia acaricia mi piel, mi pelo se empapa y sonrío...

Su presencia ha sido como un regalo, después de tanto tiempo en el olvido.

La nostalgia de tu lejanía me deja, sin poder decir nada, en este día claroscuro, aún cuando hay hojas ocres en las ramas, que el sol al despuntar las enciende, y se tornan llamarada; y las que han pasado a ser alfombra, cubriendo el suelo de luz y crujiendo al pisarlas, su quejido es el lamento de la transformación sufrida pasando de ser hoja  a  ser  alimento del campo.

El viento me está acariciando a su paso, a falta de tu presencia, nos deja impregnada la cara del fresco sentir de su esencia, con suavidad, con levedad, como sin querer...

No me importaría, en esta tarde cenicienta y gélida, dar un paseo contigo por el parque, agarradas nuestras manos, cruzadas nuestras miradas, y nuestras sonrisas asomadas, sin apenas notar que el viento nos iba empujando nuestro paso, levantando nuestras bufandas, jugando con nuestro pelo, siguiendo nuestro ritmo en el deseo de estar juntos y acompañándonos en el recorrido.

Fluyen nuestros pensamientos al compás de nuestras palabras.

La lluvia también quiere formar parte de nuestro paseo y se une a nosotros con sus cristalinas bolas perfectamente formadas, que al chocar impactan y se descompone en múltiples, pequeñas, diminutas bolitas de cristal que saltan con fuerza y nos vuelven a cubrir el rostro, dos choques realizados en un mínimo espacio que llenan de viveza el momento, sin que ello suponga una alteración en nuestro camino.

El viento pone brillo en nuestros ojos, la lluvia pone melodía a nuestras palabras, nuestro paso se ve acompasado y ágil, nuestro encuentro juega a seducirnos en esta noche que ha oscurecido con prontitud.

Las luces mortecinas de las farolas que nos rinden su presencia en el paseo, forman parte de nuestro juego y  abrigan nuestro amor, son cómplices de nuestros besos secretos, de nuestras miradas furtivas, de nuestros abrazos cálidos.

Casi solitarios, seguimos saboreando nuestro encuentro, en esta noche oscura, sin luna.

No nos importa que el viento esté, llamándonos la atención, con sus constantes ráfagas y nos persigue en el ritmo de los pasos, y que la lluvia nos refresque la mirada y la sonrisa.

¡Qué linda tarde cenicienta y callada!

¡Qué tarde trastocada pero feliz, porque estamos juntos!

¡Qué tarde de sentimientos cercanos compartidos, en esta atmósfera misteriosa!, cuando quiero sentirte cerca muy cerca.

Comienzo, estreno, inicio, promesas que vuelan, promesas que dices, promesas que grabas, promesas que incumples y te olvidas, que se repiten como el estribillo de una canción.

Comenzamos una nueva andadura juntos, nueva aventura, nuevas ilusiones que vamos desgranando en esta noche somnolienta y dejando entre las farolas a medio gas y los bancos fantasmales lo que nuestros labios han mostrado, plasmado en palabras nuestros sentimientos, escuchando nuestros latidos y unidos nuestros cuerpos, entrelazados nuestras manos y nuestros corazones ardiendo.

Sí, quiero que mi grito de dolor, llegue hasta donde tú estás, donde tú has llegado primero, para que me  escuches y salgas a mi encuentro con los dos brazos abiertos, envuélveme en ellos y quédate así un rato largo- un tiempo eterno-, que no quiero volver a sentir tu ausencia, que no quiero que seas feliz sin mí, tan lejos.

Charo Nieto García