Viernes, 15 de diciembre de 2017

El misterio de la sangre

Supongamos un toro merecidamente indultado por su excepcional bravura demostrada en la lidia: ¿bastaría este hecho para que el ganadero tuviese la certeza de que tal cualidad sería transmitida a su descendencia?

Como refleja claramente el texto reglamentario en su Capítulo IV Articulo 72; la finalidad que persigue el indulto de una res se encamina a posibilitar su utilización como semental. Esta correspondencia “animal-indultado-semental” podría fácilmente llevarnos a pensar que toda res indultada en caso de sobrevivir pasaría, sin duda, a ejercer tareas reproductoras, lo que no se acerca en muchas ocasiones a la realidad y más de un ganadero esgrime que para que un toro pase a ser semental, el indulto constituye una condición necesaria pero no suficiente; y algunos exigentes ganaderos tienen una medida y una idea que en ocasiones no está en la línea de lo que aconteció aquella tarde de perdón naranja.

¿Quiere decir esto que el indulto se muestra inútil para la finalidad que se le atribuye en el Reglamento?... ¿Por supuesto que no? Si existe alguna unanimidad en torno a este tema es para resaltar lo acertado y positivo de la medida y a comprender y apreciarla en todo su sentido. Supongamos que un toro merecidamente indultado por su excepcional bravura demostrada en la lidia ¿bastaría este hecho para que el ganadero tuviese la certeza de que tal cualidad seria transmitida a su descendencia? La respuesta seria no. Los caracteres hereditarios se trasmiten de generación en generación por las leyes genéticas y ellas nos enseñan que solo una parte de dichos caracteres se manifiestan en un individuo, mientras el resto permanece oculto, y dicha composición genética afloren al cabo de una o dos generaciones, manifestándose cualidades del padre o la madre. Por tanto aunque el toro haya demostrado bravura, puede contener en su genética dosis de mansedumbre que lo hagan indeseable como reproductor. Un semental será más apreciado en la medida que transmita con más seguridad, con más fijeza, las cualidades de su raza, y ello lo conseguirá en mayor grado cuanta más pureza tenga en los factores hereditarios que las determinan.

Esto es lo que sabemos de ganaderos escrupulosos, exigentes, y perfectos conocedores del toro bravo. Lo que siempre fue; tratar de obtener individuos que estén en posesión de esa pureza genética- fijar los caracteres- y consolidar  líneas puras o familias y, para ello deberá seleccionar sus reproductores, en base al análisis genético y el estudio exhaustivo de los libros de la ganadería, ascendencia, historial y selección etcétera, con el fin de extraer de la ganadería esos pocos raros ejemplares portadores de sangre sobresaliente, que puedan ejercer la función reproductora.  Volver vivo a la dehesa, no es patrimonio, de obtener la total confianza del criador y acabar sus días entre vacas, verdes campos, y aire fresco.

Aunque este nivel de exigencia, ahora mismo dudo de que se lleve a efecto, quiero resaltar una anécdota histórica, de la difícil tarea de ser ganadero.

Ocurrió, en la plaza del Puerto de Santa María en agosteña tarde, al entonces propietario de la ganadería de Miura D. Antonio le fue indultado un toro superiorísimo, “Sanguijuelo” era su nombre. Cuando no quedaba nadie en la plaza, D. Antonio se dirigió a los corrales, viendo a su toro hecho una lástima, - moriría esa misma noche el animal… Pero lo cierto es que no llegaría a Sevilla con vida.

Alguien apuntó la idea de dejar al moribundo en una finca pegada al mar y, el ganadero sin demasiada ilusión acepto. El toro paso en quince o veinte días a mejorar muchísimo, parece que el agua del mar donde el animal pasaba horas metido, alivió y curaron sus heridas. El ganadero sobrecogido no podía creer que esto hubiera sido posible.

Una vez en el campo, le destinaron cincuenta vacas de lo mejorcito que había en la ganadería, porque a “tal señor tal honor” y, a esperar el resultado de los “Sanguijuelitos”.

Todo el personal, creía no tener dudas sobre lo bueno que serían de fijo, los hijos del extraordinario toro. Pero realizada la operación, (por entonces de acoso) los becerros no hacían más que mansear, distraídos, sin furia, huidos un desastre. Probaronse hasta más de veinte de aquellos que deberían ser prodigio de bravura, nada, todos hijos de aquel fueron desechados, menos uno que se lidio en la plaza de Córdoba y fue “fogueado”. ¡Que explicación tiene que de vacas inmejorables y de toro superior, salgan reses tan malas, siendo un caso de selección de la misma ganadería!... Secreto de la Genética… El Sr Miura dijo: la sangre brava del animal se derramo aquella tarde en el Puerto, la que regenero después era de cabestro. El misterio de la sangre. O quien sabe…

 

Fermín González  (blog Taurinerias)