Viernes, 15 de diciembre de 2017

Gastón Baquero: Un nuevo mundo mestizo

El notable poeta cubano-español, homenajeado en Salamanca en 1993, en vida, y en 2014 para celebrar su centenario, tiene en Viloria a un ferviente comentarista

El eucaliptus que canta en Santillana / reproduce textual un paisaje lejano: /

                      la niebla memoriosa, la distancia, la mano, / funden sobre la tierra la noche

                      y la mañana, // ¿Qué será ahora en la linde pampeana ¿/ ¿O quién discierne 

                      aquí lo empinado y lo llano? / Todo es uno y lo opuesto, todo es nada y es

                      vano: / la figura sin rostro y la sombra lejana. // Por eso da lo mismo la

                      llanura o el soto, / nacer sobre Los Andes o en la mar antillana: / aterirse en

                      invierno o asfixiarse en verano // todo es humo y ceniza. La vida, un sueño

                      roto / donde un danzante ciego ciñe a la muerte ufana / orquídeas de los

                      Andes y espliego castellano.

G. BAQUERO  

El escritor venezolano Arturo Uslar Pietri afirma que “lo verdaderamente importante y significativo fue el encuentro de hombres de distintas culturas en el sorprendente escenario de la América. Este y no otro es el hecho definidor del Nuevo Mundo”.

De estos encuentros interraciales surge, en su momento, el término mestizo para nominar a los primeros vástagos provenientes del cruce entre blancos y aborígenes. Según la opinión de Garcilaso, el Inca: “A los hijos de español y de india, o de indio y española, nos llaman mestizos, por decir que somos mezclados de ambas naciones; fue impuesto por los primeros españoles que tuvieron hijos en indias, y por ser nombres impuestos por nuestros padres y por su significación, me llamo yo a boca llena y me honro con él”.

El término mestizo es acogido, en su acepción actual, por el primer Diccionario de la Academia Española de la Lengua publicado en 1734, conocido como Diccionario de Autoridades. En efecto, en el mismo se lee: “Adj. que se aplica al animal de padre y madre de diferentes castas. Viene del latín Mixtus”.

El mestizaje como hecho extendido e incontrolable en la América Española, llevó al mismo rey Fernando el Católico a promulgar, el 14 de enero de 1514, la siguiente disposición: “Es nuestra voluntad que los indios e indias tengan, como deben, entera libertad para casarse con quien quisieren, así con indios como con naturales destos reinos o con españoles nacidos en las Indias, y que en esto no se les ponga impedimento. Y mandamos que ninguna orden nuestra que se hubiese dado o nos fuere dada para impedir ni impida el matrimonio entre los indios e indias con españoles o españolas, y que todos tengan entera libertad de casarse con quien quisieren, y nuestra Audiencias procuren que así se guarde y cumpla”.     

De esta extendida mezcla étnica emerge, desde los mismos albores de la América Hispana, una sociedad multirracial, una miscegenación que dependiendo de las circunstancias de espacio y tiempo de la conquista y la colonización, estuvo determinada por factores de diversa naturaleza y envergadura: densidad demográfica de la población indígena, estructura social aborigen, sistemas de explotación colonial más o menos desarrollados, entre otros. Este mestizaje sanguíneo tuvo como elementos conformadores tres razas o etnias: la blanca, la india y la negra, y también como derivación otro mestizaje mucho más relevante: el cultural.

Simón Bolívar, por su parte, reafirmaba, por escrito, nuestra particular condición mestiza:Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares, nuevo en casi todas las artes y ciencias, aunque, en cierto modo, viejo en los usos de la sociedad civil”. Comentario de un Americano Meridional a un caballero de esta isla. (Carta de Jamaica).

Y en efecto, de acuerdo con las investigaciones históricas de Baquero ni el propio Libertador escapó de esta condición de mestizo, de su carácter de pardo: “El niño nacido en 1783 llevaría cuatro apellidos muy cargados de nombradía, de genealogías, de sonoridades: Bolívar, Palacios – Sojo, Ponte y Blanco. Los historiadores – algunos, no todos, pues siempre hay gente con cabeza – dedican montones de páginas a aclarar el límpido linaje de hasta el último tatarabuelo de aquel niño. ¡Torpes que son! Se dicen que el geniecillo democrático de América jugo una “mala pasada” a los adoradores de sangre pura. Por esa mala pasada, ¡y hay quienes toman a gravísima ofensa el recuerdo!, este Simoncito aristócrata, este mantuanito gentil, era lo que técnicamente se denomina entre los etnicistas “requinterón de mulato”. Como no quiero ser conducido a la hoguera, abro un texto de Pérez Barradas sobre los mestizos de América, y en la página 182 leo. “Simón Bolívar tuvo un 6,25 de sangre negra, es decir era requinterón de mulato, pues su bisabuela María Josefina Marín de Narváez, era hija ilegítima de don Francisco Marín de Narváez, y de una negra de servicio llamada Josefa” (…) Y lo que queda por hacer es montar un gran laboratorio, una oficina entera de investigación, para ver si se da con el dato que falta, a juicio mío, y es el de alguna huella de sangre india en las venas de este niño (…) Bolívar tiene que ser blanco, negro, indio, mestizo, zambo ( como le decían con desprecio los oligarcas del Perú), sambayo, cambujo, jarocho, galfarro, cuatralbo, cholo, mulato, ¡toda la América, todos los colores, todas las gentes de todos los pueblos”.  

La poesía de Baquero es mestiza, como él, como el Nuevo Mundo descubierto o encontrado por España, como nosotros los hispanoamericanos, y como tantas otras naciones que conocieron la impronta del conquistador español que llegó incluso a las islas que Ruy López de Villalobos llamó Felipinas – hoy  Filipinas - en honor a su Rey Felipe II. Buena y minuciosa noticia deja Baquero de esta realidad mestiza en el otro extremo del mundo: “Desde Manila hasta Acapulco / el poderoso galeón venía lleno de perlas, / y traía además el olor de ilang – ilang, / y las diminutas doncellas de placer criadas por Oriente, / y todo el aire de Asia pasando por el tamiz mejicano, / para derramarse un día sobre las severas piedras de Castilla, / como un extraño óleo de tentación y desafío.  // Desde Manila hasta Acapulco / el viejo galeón cuidaba su vientre henchido de canela, / y los lienzos de vaporosas sedas para la ropa del rey, / y las garrafas de muy madurada malvasía. / y los alfirones de oro para la arquitectura difícil del peinado, / el palisandro, la taracea, el primor, / todo venía en el vientre del galeón / hurtándose de continuo a corsarios golosísimos, / que pretendían adelantarse en lo de poner a los pies del rey suyo / la espuma blanquísima del coco, el arcón de sándalo, el laúd /copiado del ave del paraíso, y la marquetería / rehilada de nácar, como diseñada por Benvenuto en la Florencia medicea. // Desde Manila hasta Acapulco / el galeón saltaba entre mantas de transparentes zafiros, / y a cañonazos, a dentelladas, a blasfemias, / defendía el bosque de sus entrañas, fuese de compotas, / de abanicos, o de caobas, / y avanzaba hacia el sol legendario de los mejicanos como un altar, / venciendo, escabulléndose, ascendiendo desde el abismo del océano / hasta las playas donde la finísima arena remedaba la trama delicada / de los tejidos que urdían en Filipinas las últimas hadas verdaderas. // Desde Manila hasta Acapulco / el galeón hacía palpable los sueños de Marco Polo / .Parecía saber que allá en la corte lejana esperaba un rey, / un hombre sensual y triste, monarca de vastísimo imperio, / un rey que no podía dormir pensando en la renovada maravilla / del galeón, y en tanto los tesoros viajaban lentamente por tierras / mejicanas, y llegaban al otro lado del mar para salir en busca de / Castilla, él se serenaba en su palacio quemando redomillas de sándalo, / jícaras de incienso, pañuelos perfumados con ilang – ilang. // Y así, de tiempo en tiempo el Escorial era como un galeón de / piedra, como un navío rescatado de un mar tenebroso, salvado / por la insistencia de la resina, por el aroma tenaz del benjuí y de la canela.  // El Escorial construido por el rey un día para viajar, / sin moverse de su rígido taburete, desde Castilla hasta Acapulco, / desde Acapulco hasta Manila, desde Manila hasta el cielo”.

 

Baquero extiende esta pasión, avidez, apetencia, en fin, el afán europeo por el Nuevo Mundo a Brandenburgo, donde el Barón Humperdanks, al preguntar las novedades del día, se enteró por boca de sus lacayos que la señora baronesa  había partido temprano en su caballo, “dejándole dicho a Vuestra Excelencia que iba al Nuevo Mundo”.  Largo y mucho fue el sufrimiento del barón quien lloraba diaria y desconsoladamente en espera de su amada. Sin embargo, un buen día llegó el ansiado anuncio de que la baronesa regresaba al recinto con un mestizo en su seno. Así fue, a su llegada comunicó al barón y  a la corte: “Bendecidme, mujeres de Brandenburgo; / mirad mi vientre: traigo del Nuevo Mundo / al sucesor de este castillo (…) Todos brindaban por el niño que pronto haría florecer de nuevo los muros del castillo”.

En carne propia y en vívida reflexión, comenta el rapsoda sus orígenes poéticos, su  mestizaje cultural: “Miro hacia atrás, con disgusto, porque siempre es una pérdida de tiempo recordar, y veo que de ese cesto de pescado y de ese cogollo de palmera me nacieron muchos poemas. Esa arcaica canción Burela está en la simiente de este ilusorio enmascaramiento que llamé Los lunes me llamaba Nicanor: Yo los lunes me llamaba Nicanor. / Vindicaba el horrible tedio de los domingos / Y desconcertaba por unas horas a las doncellas / Y a los horóscopos. // El Martes es un día hermoso para llamarse Adrián, / Con ello se vence el maleficio de la jornada / Y puede entrarse con buen pie en la roja pradera  / Del Miércoles, / Cuando grato es informar a los amigos / de que por todo ese día nuestro nombre es Cristóbal. // Yo en otro tiempo escamoteaba la guillotina del tiempo / Mudando de nombre cada día para no ser localizado por la señora Aquella / La que transforma todo nombre en pretérito /  decorado por las lágrimas. / Pero ya al fin he aprendido que jueves Melitón, / Recaredo viernes, sábado Alejandro, /  No impedirán jamás llegar al pálido domingo innominado / Cuando ella bautiza y clava certera su venablo / Tras el antifaz de cualquier nombre. /// Yo los lunes me llamaba siempre Nicanor. / Y ahora mismo no recuerdo en qué día estamos / Ni como me tocaría hoy llamarme en vano”.

Excelente expresión de la reverencia, del rendibú, del agasajo, de la entrega de Gastón Baquero a la letra, la música y la danza en su poesía mestiza, son estos versos de indistinto taconeo, de compartido zapateo:

 

“Gitanos y negros tienen lenguaje en el tacón, / lenguaje de hablar con sus dioses secretos, con sus bisabuelos / transformados en piel de tambor o en media luna de castañuelas”.

 

Fotografía de Eduardo Margareto (1993)

Pintura de Miguel Elías (2014)