Sábado, 16 de diciembre de 2017

La especie que sólo se mira el ombligo

Ahora que estamos a sólo dos o tres semanas de realizar exámenes, tengo alumnas y, por supuesto, también alumnos que, además de prepararse para superar el curso, tienen otras causas sobrevenidas, completamente ajenas a su deseo de gozar de la paz necesaria para concentrarse. Por ejemplo, y sin esperárselo, sufren una ruptura sentimental que afectará a sus resultados. O bien, sus padres también han elegido estas fechas para anunciarles que, el próximo verano, deberán elegir si se van de vacaciones con su padre o con su madre, porque les advierten de un próximo divorcio. En suma, todas estas decisiones son resultado de mirarse el ombligo sin meditar qué momento está viviendo a quienes les afecta. El egoísmo no tiene nada que ver con el amor propio, recordaba Fernando Savater, porque el amor propio equivale a pensar en uno mismo, pero en clave de ser fiel a lo que uno desea conseguir; mientras que el egoísmo nos dice Savater, sería ocuparse de uno mismo, pero a través de los demás, como si estos fueran proveedores de favores. Es decir, ejercer una utilización indebida de la generosidad ajena, como si las demás personas no existieran en ningún caso.

Este año, el primer premio Goya a los documentales, recayó en una obra de arte: “Hijos de la Tierra”, a través del cual se recogen las experiencias de mujeres y hombres indígenas que ofician de médicos, allí donde no los hay. Sus protagonistas nos cuentan cómo la tierra se convierte en una magnífica farmacia de recursos naturales. Pues bien, la persona que ideó este cortometraje, ha relatado cómo, en un segundo, se puede cambiar radicalmente de vida. Pasar de la máxima felicidad a la tristeza más negra y profunda. Ella se llama Sandra Iraizoz y relata que, en pleno rodaje en Brasil, mientras vivía en medio de la selva y la humedad, su padre cayó enfermo para morir al poco tiempo y, por si este hecho no fuera suficiente, su marido la abandonó a las tres semanas. Las tragedias parecen no ser una tregua para quienes se especializan sólo en sus deseos. No disponemos de reglas de comportamiento para estos hechos. Parece que hacer lo que uno quiere sin pensar en las consecuencias es legítimo. Bastaría pensar en qué momento se encuentra aquella persona a la que, seguro, le afectarán nuestras decisiones. En la vida política ocurre lo mismo, por ejemplo, se puede prescindir de una persona en una lista electoral, con tan sólo 5 minutos de antelación, antes de anunciar su desaparición, pero eso sí, agradeciéndole el trabajo realizado y deseándole lo mejor en su nuevo estado de expulsado. Es evidente que se vive muy bien sin dar explicaciones, tanto si es para romper una relación en época de exámenes, como para rodearse de fieles más que de competentes en un partido político. Como muy bien dice un proverbio chino: una daga al descubierto te pone en guardia, pero una traición te partirá la espalda.