Miércoles, 13 de diciembre de 2017

Buíochas le Dia

Estamos acostumbrados, demasiado, al papel secundario que se le da al género femenino en todos los aspectos de la vida. Es cierto que las cosas van cambiando, lentamente, muy lentamente. Y uno de los sitios donde se han hecho visibles esos cambios son el ámbito de la empresa y la política. Fue el Gobierno de Zapatero el que impulsó la paridad en su ejecutivo, pero poco más se ha avanzado al respecto. Son mujeres en un mundo de hombres para hombres, pues son muchas las que se atreven a no someterse; por ejemplo, no aplaudiendo la prohibición del aborto; hablando claro cuando una iglesia misógina dicta una ley educativa hecha para mantener los estereotipos, o; que se nieguen a compartir partido con hombres que dicen que las leyes con como las mujeres, que están para violarlas, o que hay mujeres que se arrancan la falda y el sujetador en un ascensor para buscarle la ruina a un “señor”.

Que nuestra manera de comportarnos es herencia, tanto grecorromana como judeocristiana, es indudable, pero no debemos olvidar que existieron otros pueblos con una forma de vida totalmente diferente. Y, con respecto al rol de la mujer en su sociedad, deberíamos tener muy presente el papel de las mujeres en los pueblos celtas. Claro que, este silencio histórico no es casual, pues puede deberse, tanto al propio género, como el tratarse de un pueblo por los romanos, primero, y conquistado, de forma pacífica, por la fe católica.

Unas féminas que eran admiradas por los propios romanos. Julio Cesar se refiere a ellas diciendo: "Una hembra celta iracunda es una fuerza peligrosa a la que hay que temer, ya que no es raro que luchen a la par de sus hombres, y a veces mejor que ellos”. Mientras, el historiador Amiano Marcelino, también hace referencia a su valor. "Una patrulla entera de extranjeros no podría resistir el ataque de un sólo galo, si este se hiciera acompañar y ayudar por su esposa. Estas mujeres son, generalmente, fortísimas, tienen los ojos azules, y cuando se encolerizan hacen rechinar los dientes, y moviendo los fuertes y blancos brazos comienzan a propinar formidables puñetazos, acompañados de terribles patadas".

Obligada” por los cambios históricos, es, en el siglo XV, cuando pierde su independencia, pues anteriormente la mujer estaba en total igualdad con el hombre, manteniendo su emancipación y siendo elegida por su profesión, rango o fama. Las leyendas hablan, lo que implica que no había nada inusual en esas posiciones, de mujeres sabias, médicas, legisladoras, druidesas o poetisas. El matrimonio era sólo un contrato entre iguales, pues “la mujer tiene el derecho de ser consultada sobre cada asunto”. La esposa era dueña exclusiva de sus propiedades, y las propiedades conseguidas conjuntamente no podían ser vendidas, o cedidas, por el marido, y para disponer de ellos era necesario el consentimiento de ambos. La riqueza iba unida a la autoridad y, en caso de ser la mujer más rica, se la aceptaba como cabeza de familia… ¡jamás se les hubiera ocurrido decir que “no sabían lo que hacía su marido”!