Miércoles, 13 de diciembre de 2017
Las Arribes al día

Bajo la protección de la ‘Virgen Chica’

PEREÑA DE LA RIBERA | Más de un millar de personas acudieron a la ermita del Castillo para postrarse ante Nuestra Señora y acompañar a los mayordomos José Antonio Ortigosa y Teresa Blanco

Después de finalizar los actos religiosos se repartieron más de 650 raciones de paella / CORRAL

Decenas de pañuelos y cadenas volvieron a acariciar la reja guardiana de la piedra blanca, buscando parte de esa magia que se extendió por toda la provincia charra. Desde la Sierra hasta Las Arribes, e incluso al otro lado del Duero, los milagros del polvo blanco que desprendía aquel pedazo de piedra, surgida del interior de la peana de Nuestra Señora de los Ángeles, fueron poco a poco haciéndose un sitio en el corazón de las gentes.

Así, desde que el 14 de mayo de 1721 aquella peana de granito descubriera su tesoro, la Virgen del Castillo  deslumbra a toda la Ribera, haciendo buena la leyenda escrita en los sueños de un pastor, que marcó el lugar de su descanso de siete siglos entre las ruinas del castillo para impedir el sacrilegio morisco.

Desde entonces, milagro tras milagro en gargantas y pulmones, han hecho la historia de esta fiesta pereñana, a la que acuden fieles fervorosos creyentes que esperan en sus pañuelos los favores de la Virgen Chica, pero que lo mismo que pequeña es su reliquia, es la de mayor veneración en toda la Ribera.

Tras la actuación de un grupo folk la tarde anterior,  este sábado se celebraban en la ermita del Castillo los actos de exaltación a la Patrona de los pereñanos, con más fervor si cabe dado que la lluvia había dado una tregua y los tenues rayos del sol haciéndose un hueco entre las nubes invitaban a comer la tradicional merienda bajo la sombras de esta atalaya que vigila el Duero.

Pero antes, el párroco local, José Ramón Mateos, se dirigía a los fieles para agradecer la presencia de cientos de personas procedentes de todos  los rincones de la Raya, que de esta manera rendía devoción a nuestra Señora del Castillo y acompañaban a los mayordomos, en esta ocasión José Antonio Ortigosa y Teresa Blanco, que al finalizar los actos religiosos ofrecían un convite de pastas, dulces, chochos y aceitunas, y vino a todo aquel que se acercó por la casa del ermitaño. Esta será la penúltima vez que empuñen las varas, pues su próxima aparición en público, allá por el mes de septiembre, será para entregárselas a Rosa María Arroyo Gonzalo y a Ángel Flores González, además de a la nieta de ambos Diana Flores Martín.    

Pero sin duda, uno de los momentos de mayor religiosidad de esta fiesta comienza con el beso a la reliquia de la Virgen ‘Chica’, instantes en los que los cofrades flanquean el altar del templo con sus dorados medallones colgados del cuello y las mujeres alzan la voz en cánticos a la Virgen. Es entonces cuando decenas de mujeres pasan por la sacristía para impregnar pañuelos, cadenas y fotografías de la magia que la reja guarda bajo los pies de Nuestra Señora, pasando tres veces sus objetos entre los desgastados y ya finos barrotes que hacen de custodia, un rito que se repite una y otra vez, año tras año, esperando el favor de la Virgen del Castillo.  

Y mientras la religiosidad exhibía todo su fervor, los mayordomos daban el convite ayudados por un buen grupo de colaboradores, y, entre tanto, el grupo de tamborileros de Fermoselle ponía la nota tradicional con charros, jotas, danzas sayaguesas y de Aliste, para así amenizar el reparto de más de 650 raciones de paella adornadas con unos apetitosos gambones y mejillones de Galicia.

El colofón a esta festiva jornada, en la que la ermita del Castillo concitaba a más de un millar de personas, llegará esta noche con una verbena que será amenizada por el grupo La Señal.      

Al concluir estos actos, los congregados degustaron una exquisita paella ofrecida por el Ayuntamiento, momento tras el que surgiría el baile bajo los sones del tamboril.