Lunes, 18 de diciembre de 2017

¿Estudiar o aprender?

Varias son las voces que se oyen clamar para que los profesores reduzcan su carga de deberes hacia los alumnos que cursan sus estudios en las etapas de ESO y Bachillerato. Como argumentos a favor alegan que en estas fases de la Educación debe predominar el estudio frente a los deberes, y estos han de ser eliminados. No les falta razón en lo primero, pero no ha de conllevar la eliminación de lo segundo.

Una de las carencias más claras y notorias que se percibe en el alumnado de hoy, sobre todo en Bachillerato, etapa que yo curso, es la escasa capacidad expresiva de un alto porcentaje de jóvenes estudiantes. No es esto una opinión vertida sin fundamento, con el ánimo de humillar a nadie, sino una crítica de una plausible realidad.

Es vital asumir que esto es un fallo, en gran medida, de las leyes de Educación que se han venido aplicando hasta ahora. Una demostración más del nada positivo efecto que ha tenido, en la formación de los alumnos españoles, la legislación educativa aplicada en estos años pasados. Pero esto debe remediarse con urgencia, antes de llegar a la Universidad o al mundo laboral, evitando así la entrada en los estudios superiores de jóvenes incapaces de expresarse, de manera oral o por escrito, con coherencia, orden y lógica.

Compartirán esta percepción no solo profesores del “San Agustín”, sino miembros de la Comunidad Docente y Educativa de muchos colegios de España, públicos, concertados y privados, que viven el drama en sus propios pupilos, a quiénes se sienten incapaces de inculcar estas habilidades.

Esta es una carencia intolerable, que ningún país que se precie puede aceptar como válida a la hora de evaluar su sistema educativo. Pero el problema se agrava cuando se avanza en el tiempo, se cambia de registro y los alumnos se enfrentan a retos que requieren, para su consolidación personal y laboral, de una correcta expresión y un adecuado uso de la lengua.

Intentamos liderar parámetros y estadísticas varias en materia educativa, sin asumir que más allá de la cuantificación, por medio de las notas, de los niveles de aprendizaje de los alumnos, se debe valorar la adquisición de competencias básicas y esenciales para su futuro. Hay que formar personas con cultura general, que dominen conceptos básicos de diversas materias, y no papagayos y loros que repitan información sin sentido, en exámenes y pruebas, y olviden al minuto siguiente lo que han escrito.

Uno de mis profesores tiende a repetir con bastante frecuencia que el aprendizaje memorístico es del todo inútil y que más allá de la cantidad está la calidad. No es cuestión, por tanto, de aprender un libro de memoria o de escribir cien páginas en un examen, sino de comprender lo mucho o poco que se aprenda y redactarlo con sentido, haciendo hincapié en lo más importante.

Nuestra sociedad debe asumir, y así ha de propagarse por los centros y esferas educativas, que la educación que han de recibir los alumnos que se forman en las aulas españolas, debe ser de utilidad y de calidad y debe formar “generaciones del mañana”, sensatas y competentes, capaces de afrontar con las capacidades básicas para ello los retos que se les pongan por delante.

Si algo se nota al cambiar de etapa y avanzar en el escalón educativo que separa la ESO de Bachillerato, y este de la Universidad, es el mayor peso que adquiere la expresión por medio de trabajos y exposiciones. Esto no debería ser así si en los cuatro cursos de Educación Secundaria Obligatoria se fomentase, como parte de la evaluación, la expresión oral y escrita.

Para el desempeño de cualquier puesto de trabajo vamos a necesitar no solo una imagen bonita, o una fachada aparente, sino un interior cultivado, capaz de redactar y de exponer un proyecto, una idea, una sugerencia, con capacidad de conseguir la aceptación de la misma y progresar en tu futuro profesional.

Esta puede ser la solución a la supresión de los deberes. Quizás no sea tan útil el estudio prolongado durante horas, ni la realización de decenas de ejercicios, pero sí la combinación de estudio y trabajo personal, incluyendo en este último ámbito el fomento de la expresión lingüística, en sus diferentes vías.

Que mejor manera de educar alumnos del mañana que formarlos en las disciplinas que realmente van a necesitar en su futuro. Leía en una lección de filosofía, en un repaso para mi último examen, que “alcanzar un buen dominio de las llamadas habilidades sociales constituye un objetivo prioritario de educación y maduración personal”.

No hay por tanto mayor habilidad social que comunicarnos con nuestro entorno, más o menos cercano, familiar, de amistad o de trabajo, haciendo un buen uso de la lengua y demostrando nuestras capacidades comunicativas.

Invito por tanto desde aquí, al público interesado, a adoptar esta serie de consejos para mejorar la calidad de nuestra Educación, para desarrollar esa competencia tan olvidada que es “aprender a aprender” y para que nuestra escuela forme verdaderos alumnos y generaciones aptas para el futuro.