Lunes, 11 de diciembre de 2017

Hemos oído al Espíritu Santo

El cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París, fue entrevistado por un periodista en la televisión. Le preguntó:

– ¿Cree en la existencia del demonio?

– Sí, sí creo.

– Pero, en una época de tantos progresos científicos y tecnológicos, ¿sigue creyendo en la existencia del demonio?

– Sí, sigo creyendo en él.

– ¿Ha visto al demonio?

– Sí, lo he visto.

– ¿Dónde?

– En Dachau, en Auschwitz, en Birkenau...

Entonces el periodista enmudeció.

Si alguien me preguntara: “¿Ha visto usted al Espíritu Santo?”, yo también respondería sin titubeos: “Sí, lo he visto en la Iglesia y fuera de ella”.

            Existe el mal y existe el bien. En el mundo hay hambre, miseria, guerra, violencia, falta el amor. Sin embargo, existe también el bien: madres que hacen lo indecible por sacar a sus hijos adelante, gente que ama desinteresadamente... Hay acuerdos de paz, de cooperación...

            El Espíritu Santo sigue soplando fuerte. Lo que sucedió en Jerusalén hace dos mil años se repite cada día. Él sigue repartiendo sus gracias y dones. Siempre que interviene y lo acogemos, nos deja atónitos, nos cambia radicalmente. Todo lo bueno, “todo lo verdadero, no importa quien lo diga, viene del Espíritu Santo” (Santo Tomás).

            Ignazios Hazim, ortodoxo de Antioquia, a propósito de la acción del Espíritu Santo en la Iglesia, decía: “Sin el Espíritu, Dios está lejos, Cristo está en el pasado, el Evangelio es letra muerta; la Iglesia, una simple organización; la autoridad, una dominación; la misión es propaganda; el culto, una evocación, y el obrar cristiano, una moral de esclavos. Pero en Él... Cristo resucitado está aquí, el Evangelio es fuerza de vida, la Iglesia quiere decir comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión es un Pentecostés, la liturgia es memorial y anticipación, el obrar humano está deificado”.

Pablo VI habla de un modo espléndido del Espíritu Santo como alma de la Iglesia: “El Espíritu Santo es el animador y santificador de la Iglesia, su aliento divino, el viento de sus velas, su principio unificador, su apoyo y su consolador, su fuente de carismas, su paz y su gozo, su premio y preludio de la vida bienaventurada y eterna. La Iglesia necesita su perenne Pentecostés; necesita fuego en el corazón, palabras en los labios, profecía en la mirada”.

             En Hechos 19 Pablo preguntó a unos discípulos de Éfeso que si habían recibido el Espíritu Santo al aceptar la fe. Ellos contestaron: “Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo”.

            Aunque a Dios nadie le ha visto y oído jamás , si podemos verlo y oírlo desde la fe. El Espíritu Santo, Amor eterno, inabarcable e incomprensible, existe allí donde brota el amor y florece todo lo bueno.