Sábado, 16 de diciembre de 2017

Negligencias criminales

En un país donde la transgresión sistemática de las leyes se ha convertido en algo así como el deporte nacional, no es de extrañar que las que están en vigor destinadas a proteger la salud de las personas sean tomadas, frente a los intereses comerciales, como el pito del sereno. En concreto, las leyes, acuerdos, disposiciones y ordenanzas destinadas a prevenir enfermedades como la anorexia y la bulimia, que durante muy poco tiempo supusieron un rayo de esperanza en cuanto al control de las pasarelas de moda, el tallaje de ropa o el control de la publicidad perniciosa, son permanentemente transgredidas, ignoradas y despreciadas, en un crecimiento exponencial de la ilegalidad que alcanza hoy niveles alarmantes.

Publicidad de adelgazantes químicos sin control en su lenguaje, efectos o amenazas, campan por sus respetos en las televisiones públicas y privadas sin que se alce voz alguna ni siquiera avisando de los enormes peligros que el descontrol de tales productos pueden ocasionar, sobre todo en una población, la adolescente, e incluso la infantil, sumida en una deseducación radical y un aprendizaje consumista que la deja indemne ante las amenazas que la dictadura de los mercaderes impone. Retorno de los y las modelos de moda, perfumería, joyería o belleza, cuyo mejor valor descansa en su suprema delgadez, son anunciados, carteleados, vendidos como excelencia y puestos como ejemplo de triunfo o felicidad, ante mentalidades cuya debilidad ha sido forjada previamente por políticas de consumo compulsivo y de imitación irracional, incapaces de responder a unas agresiones publicitarias contra las que carecen de toda defensa, creándose así comunidades del reproche, círculos del señalamiento o reuniones de la marginación en las que se excluye, se insulta, se aparta y se discrimina a quien osa no seguir a pies juntillas el dictado de esas carísimas campañas publicitarias.

La anorexia, una enfermedad que puede ser mortal y cuyo origen, contenido, causas y motivos van mucho más allá de la trivial moda pasajera o el mero colegueo de ‘compis’, sino que tiene su origen en una profunda insatisfacción personal, en un rechazo profundísimo al entorno y una grave desorientación en cuanto a la propia posición en el mundo; un trastorno psíquico de mentes, en muchas ocasiones brillantes pero insatisfechas en su propio devenir, que los sume en la tristeza, los aboca a la depresión y los inclina a veces al suicidio; una enfermedad que causa enormes sufrimientos no sólo a los y las afectadas, sino a todo su ámbito familiar y de compañerismo, amistad y otros niveles de la fraternidad que, a su vez, genera otros trastornos comunicacionales y de socialización, rompe, estalla y dispersa lealtades y sentimientos, y cuyas devastadoras consecuencias difícilmente pueden superarse si es que alguna vez eso puede lograrse. Una enfermedad gravísima, a la que están siendo abocadas millones de personas por la codicia comercial inconsciente, o no tanto, y, sobre todo, por una desatención oficial tan flagrante, estúpida, criminal y culposa que merecería, como poco, una ejemplar sanción por negligencia para sus responsables.