Sábado, 16 de diciembre de 2017

Los cuerpos ajenos.

“R83 pase a ONCOR 2”. El mensaje aparece en una pantalla y, a su vez, una voz impersonal, no recuerdo si masculina o femenina, es transmitida por megafonía. El paciente invocado se levanta presuroso acciona el mando de apertura de una puerta de cristal opaco y accede a un corredor. Al final del mismo cinco cabinas para desvestirse y enfundarse en una bata hospitalaria de color azul pizarra, abierta por detrás. Si la lesión del paciente es de cintura para arriba se desviste, tan solo, de cintura para arriba, caso contrario de cintura para abajo. Una ancha línea de color rojo indica al usuario que no debe de traspasarla y esperar allí hasta ser llamado por alguna enfermera. Suele suceder formarse, detrás de tal línea, una pequeña cola de personas, dos o tres a lo sumo. Al cabo de los días los reconoces como habituales y los saludas: “Buenas tardes” o “Un día menos” Nos sonreímos unos a otros con cierta timidez. Timidez por el atuendo. Timidez por el entorno. Un entorno aséptico, frío, impoluto, acerado. Enfrente dos grandes puertas de una hoja herméticamente cerradas. En su dintel unas luces que cambian del rojo al verde pasando por el naranja. En rojo se emite radiación, en verde no se emite radiación. Cuando la sesión finaliza, en alguna de las dos estancias, una enfermera, desde afuera, abre el portón y anuncia: “fulanito cuando salga la paciente entra Vd.” Mi turno de entrada corresponde, usualmente, detrás de una señora anciana que sale apretando la bata color pizarra contra su pecho desnudo. Al cruzarnos nos sonreímos. Una amplia estancia. En el centro un enorme aparato y una camilla sobre la que debes recostarte. Enfrente varias pantallas de ordenadores y televisión. Ajustan los parámetros. “¡No se mueva¡” Las enfermeras abandonan la estancia. Un disco de grandes proporciones empieza a girar alrededor de tu cuerpo. Siete estaciones. Tres a la derecha, tres a la izquierda, otra arriba. Escuchas, en cada una de ellas, dos o tres largos pitidos. Las manos agarrando tus codos. Los brazos sobre tus ojos. No sientes temor. Te miras desde muy lejos. Desde el techo imaginas contemplar tu cuerpo desnudo. Un cuerpo ajeno. Al fin se encienden las luces. La amable enfermera entra al recinto. Te colocas el batín y sales. En el corredor de entrada te cruzas con un joven de mirada triste. Nos sonreímos. “Buen fin de semana” “Hasta el lunes”. Ya en la calle enciendes un cigarrillo prohibido, aspiras hondo y le das un beso a tu mujer.