Lunes, 11 de diciembre de 2017

Fomentar el deporte o fomentar la competición II

esa competición en la que nos metemos los padres para que nuestros retoños logren lo que a nosotros, por unas razones u otras, nos estuvo vetado

En esta sociedad consumista, el materialismo ha llegado hasta el deporte, incluso al infantil.

Y es que la competitividad imperante a todos los niveles, nos embauca a todos y, unas veces queriendo y otras sin querer, se la traspasamos a nuestros vástagos. La tele nos cuenta las historias de esfuerzo de los deportistas que han llegado al estrellato, y al ver que han empezado a tan tempranas edades, nos entran las prisas y les apuntamos, cada vez más pronto, a actividades que ni son las más adecuadas a su edad, ni están debidamente orquestadas, por muchos esfuerzos que hagan algunos clubes, que en la mayoría de los casos, son demasiado pequeños para tener una infraestructura suficiente.

El problema se solucionaría en una gran parte, si las instituciones públicas se ocuparan de canalizar tanto la práctica del deporte, como la gestión del tiempo de los más pequeños, al menos hasta que se regule adecuadamente la tan traída y llevada “conciliación familiar”. Si los niños de hasta 12 años, o incluso más mayores, tuvieran actividades extraescolares (como se contemplaba al establecer la jornada continua en los colegios), que fueran a la vez lúdicas y de aproximación a distintos deportes, la mayoría de los niños podría realizar una actividad sana y acorde a sus necesidades, durante el tiempo que sus padres no pueden ocuparse de ellos por razones de trabajo. Y ahí, en esas actividades, se podría valorar si algún niño o niña tiene aptitudes y actitudes para ser un deportista de alto nivel y esa criatura, y solo esa, tendría que apuntarse en la federación correspondiente.

Pero no, lo hacemos al revés. Los padres necesitamos por un lado, un sitio seguro donde “colocar” a nuestros vástagos las horas en que no podemos ocuparnos de ellos, y por el otro (y con más peso si cabe), tenemos la necesidad de tener la seguridad de que hacemos todo lo posible por detectar el talento de nuestro retoño, con el tiempo suficiente para que dicho talento no se malogre por falta de la atención adecuada. Y entonces federamos a la criatura en todas las federaciones que tenemos a mano: en la de fútbol, en la de kárate, en la de ajedrez…

Pero resulta, que las más de las veces, la criatura es un niño normal (o sea, no es ni un Messi ni un Kárpov), y lo que quiere es jugar, y claro, para un entrenador (sea de lo que sea), tener un grupito de niños y niñas de 5 años, sin ningún interés en la materia en cuestión, es cuando menos agotador. Y poco gratificante en cuanto a los resultados en las competiciones correspondientes.

Pero es que para los niños, a mi modo de ver, puede ser incluso peor, porque lo que debería ser una actividad placentera (porque hay placer en el movimiento), y formativa (aporta muchos valores positivos: salud, socialización, esfuerzo, constancia, organización del tiempo, amistad… y sobre todo el afán de superación personal que ha sido y será el mejor catalizador para el progreso), se convierte en una actividad estresante debido a la competición, muchas veces insana, que se produce a consecuencia de la masificación de niños que a su vez produce la proliferación de preparadores, que no siempre están bien preparados pedagógicamente hablando.

Y esta competición “insana”, lleva a lesiones en los niños desde edades excesivamente tempranas, visitas a psicólogos infantiles por estrés, malos rollos en los padres, que han llegado muchas veces hasta las manos, agrediendo incluso a árbitros novatos que no levantaban un palmo del suelo,…

Y todo esto ¿para qué? Para que el niño casi nunca pueda cumplir las expectativas de los padres, porque ser el mejor es prácticamente imposible, porque claro, en deporte, como en otras muchas cosas, el número 1 solo puede ser uno, los demás tendrán que ser “segundo mejor”, “tercero mejor”… o último. Lo cual, a mi modo de ver, solo puede generar frustración, si estamos en una competición reglada al nivel que al reglan las federaciones.

 

Por eso creo que el deporte en edad escolar, tendría que ser fundamentalmente eso: escolar. Con competiciones, sí, pero amistosas, en ambiente festivo, donde se cumpla la máxima: lo importante es participar. Y dejar la competición seria, federativa, para los casos excepcionales, que ojalá fueran muchos, pero que lógicamente, son eso: excepciones.