Miércoles, 13 de diciembre de 2017

De impuestos y ladrones

Una democracia son muchas cosas, pero una de sus características ha sido históricamente que en ella se pagan impuestos por todos los ciudadanos en función de su riqueza o renta, sin discriminación alguna. Justicia fiscal y democracia son una y la misma cosa. Aquí hubo un tiempo, a raíz de la Transición, en que pensamos que habíamos pegado el salto del autoritarismo a la democracia en esta cuestión. Y nos lo creímos, los ciudadanos tuvimos conciencia de que lo éramos, entre otras cosas, porque todos pagábamos los impuestos que nos correspondía, y que en consecuencia vivíamos ya en un Estado social o de bienestar. Pero era mentira.

Lo constato con tristeza, pero no quiero caer en el cinismo, es decir, en el escepticismo de quienes te dicen: “ya lo ves, esto no tiene remedio, no seas gilipollas”. Pues no, digo yo, lo que hay que defender es ese Estado social reconocido en nuestra Constitución, del que forma parte la justicia fiscal. ¿Cabe esta? Respuesta: sí, si esto es una democracia; no, si esto es una cleptocracia, que beneficia a ciertas clases o personas de ámbitos superiores económicos o políticos. Aquí no caben excepciones, por muy altas que sean.

Un ejemplo de lo que es y no debería ser: las amnistías fiscales. Ya saben, las han decidido y puesto en práctica gobiernos de distinto signo ideológico en nuestro país. A través de las mismas, se permite que aflore o regrese el dinero que está oculto o en el exterior, blanqueándolo legalmente, a cambio de pagar una propina al Estado, si lo comparamos con lo que debería haberse ingresado. ¿Qué otra cosa, sino desmoralización, puede engendrar en los ciudadanos saber que los ricos o muy ricos pagan poco e incluso se les perdona parte de lo que deberían pagar, mientras tú, sacrificado especimen  de la clase media más bien baja, eres sangrado y machacado hasta el último céntimo de Hacienda, que, eso sí, nunca se olvida de llamarte a ti, mientras que muchos de los grandes no la visitan ni por casualidad? ¿Quiénes son aquí los antisistema: los que abiertamente lo impugnan, o los que se lo cargan por dentro, como termitas insaciables y ponen cara de patriotas?

Todo el reguero de escándalos que estamos conociendo a propósito de los llamados “papeles de Panamá”, nos conduce a la desazón. En estas, ¿con qué cara puede decirse que “Hacienda somos todos”? Sí, somos toda la clase media que cumple a rajatabla sus obligaciones fiscales, trabajadores  por cuenta ajena y modestos autónomos o profesionales liberales que no pueden escabullirse de sus garras. Sí, garras, porque cuando eres fuerte con el débil y débil con el fuerte, hablar de Estado democrático es una broma. En vez de una sonrisa irónica, te asoma al rostro una mueca: la de la náusea.

Marta FERREIRA