Jueves, 14 de diciembre de 2017

John C. Lennox: los nuevos ateos disparando contra Dios sin dar en el blanco

Tras asistir a la charla en el Colegio Fonseca y leer el libro del reputado catedrático de Oxford, aquí el comentario de nuestro columnista
John Lennox en el Colegio Fonseca

Probablemente Dios no existe,

deja de preocuparte y disfruta la vida.

 Eslogan de una campaña publicitaria en los autobuses británicos.

 

***

 

Los jardines de verdad no se crean solos:

tienen jardineros y dueños. Ocurre algo parecido con el universo:

no se generó solo. Tiene un creador; y un dueño.

John C. Lennox

 

John Carson Lennox, catedrático de Matemáticas y Filosofía de la Ciencia en el Green Templeton de la Universidad de Oxford, en su más reciente libro Disparando contra Dios (Andamio, Barcelona, 2015), realiza tanto una vehemente defensa de la religión, en especial la cristiana, como un sesudo y apasionado ataque contra los que denomina los nuevos ateos. Pedagogo al fin, Lennox, diccionarios en mano, recuerda que el término ateísmo hace referencia a “no creer o negar la existencia de Dios” y abunda que también es “no dar crédito de un principio o mente que diseña, ni de una causa, medida o regla de las cosas sino de la casualidad… es ser un perfecto ateo”. 

 El libro de marras es tributario de las consideraciones y argumentos que el irlandés – oxoniense ha esgrimido frente a los reiterados ataques a la religión por parte de reconocidos y virulentos ateos -  de nuevos ateos - entre los que destacan el británico Richard Dawkins, de cuyos escritos se extrajo el eslogan que colocamos como epígrafe y a quien Lennox califica como “la pistola más grande” de los que disparan contra Dios, unido a otra pistola “aún más grande en lo que a credenciales científicas se refiere”: el físico teórico de Cambridge Stephen Hawking. Mordaz e irónico el escritor señala que detrás de estos autores se encuentra “una falange de francotiradores de menor calibre, pero de gatillo fácil”: Christopher Hitchens, británico de origen radicado en los Estados Unidos de América; el francés Michel Onfray; el matemático italiano Piergiogio Odifreddi; así como Michel Sterner y Daniel Hennet, entre tantos otros relevantes nuevos ateos que descargan su armamento conceptual para preconizar la muerte de Dios, y la inutilidad e inconveniencia de la religión.

En criterio el autor, las principales argumentaciones de los nuevos ateos se expresan de la siguiente manera: “1. La religión es un espejismo peligroso: conduce a la violencia y a la guerra; 2. Por tanto, debemos librarnos de la religión: la ciencia lo conseguirá; 3. No necesitamos a Dios para ser buenos: el ateísmo puede ofrecer una base perfectamente adecuada para la ética”. Lennox, para que no quede ningún rescoldo de duda, confirma que: “el blanco principal de los nuevos ateos es el Dios sobrenatural de la Biblia, el Hacedor y Sustentador del universo… cuando hablan de ‘religión’ particularmente tienen en mente las grandes religiones monoteístas del judaísmo, el cristianismo y el islamismo”.

Después de largas y enjundiosas referencias a la propia opinión de los nuevos ateos, y de ir desmontando con lucidez contundente los argumentos que esgrimen, Lennox concluye: “el teísmo bíblico es coherente en su explicación de por qué el universo es (científicamente) inteligible. Enseña que en última instancia responsable como Creador de la existencia del universo y de la mente humana. Los seres humanos son creados a su imagen: la de un creador racional y personal, esa es la razón por la que no pueden entender al universo, al menos en parte”.

Desde otra perspectiva analítica, el autor desafía también los argumentos que, en contra del Dios de la Biblia, esgrimen los nuevos ateos, según los cuales ese dios deleznable e injusto es un déspota, un castigador, un opresor, un tirano, un Dios espía, vigilante sempiterno pendiente del quehacer del hombre para premiarlo o castigarlo. Lennox reacciona con rigor de analista bíblico, amplio conocedor del Antiguo y del Nuevo Testamento para dejar asentada la incuestionable moralidad cristiana a lo largo de la historia del cristianismo. Por otra parte, el escritor echa mano de los recursos retóricos y oratorios que los debates en Oxford promueven y privilegia, a fin de propinarle un concluyente golpe conceptual a los considerandos de los nuevos ateos, quienes “… hacen una crítica feroz del Dios de la Biblia. Eso es tan útil para el debate racional como la crítica feroz que fácilmente y con mucha razón se le puede hacer a la ciencia, si a uno le apetece (y algunos están bien dispuestos). No es difícil desprestigiar a la ciencia si apuntamos al papel que ésta ha tenido en la producción de bombas, minas, armas de destrucción masiva, venenos, contaminación, deforestación, desertificación, etc. Los nuevos ateos serían los primeros en protestar en contra de esa distorsión, si la ciencia fuera el tema a debatir”.

Ciertamente, Lennox no cree en el divorcio de la Ciencia y la Religión. Su fe no es la del carbonero, no salta nuestro filósofo – matemático al vacío de una creencia irracional, concilia la exactitud con la verdad, apoya la creencia con la evidencia. Se refugia y fortalece en la lectura de la Biblia, de la Palabra de Dios. Consciente de la humana necesidad de religación y trascendencia, el escritor cristiano sentencia y advierte:

El ateísmo no tiene respuesta ante la muerte, ni esperanza final que ofrecer. Es una cosmovisión vacía y estéril, que nos deja en un universo cerrado que un día incinerará toda huella de nuestra existencia. Es una filosofía inútil y carente de esperanza. Su historia termina en una tumba. Pero la resurrección de Jesús abre la puerta a una historia de mayor dimensión. Cada uno de nosotros deberá decidir si es o no la verdadera historia”.     

 

Fotografías de Jacqueline Alencar

  • Alfredo Pérez Alencart, John Lennox y Andy Wickham