Jueves, 14 de diciembre de 2017

Quintín García: la poesía como un itinerario hacia la luz

El religioso dominico presenta en la Feria del Libro su última obra ‘Las palabras que me habitan’

Ser poeta: un modo de estar en el mundo

            Percibimos –desde hace ya años, desde que conocemos su andadura lírica– en la trayectoria creadora de Quintín García (Piña de Esgueva, Valladolid, 1945), cómo se cumple en él ese designio hölderliniano de que, antes que otra cosa, ser poeta es un modo de estar en el mundo.

            Y ese modo de estar en el mundo en contacto con la palabra, con la vida del espíritu, con los misterios del ser y del cosmos…, ese modo vigilante y atento a detectar esas hierofanías, a las que también podemos denominar epifanías, que de continuo se producen y que tantas veces nos pasan desapercibidas…, ese modo de tener la mirada abierta a la vida de la naturaleza, pero también a la vida de los otros…, ese modo de ser poeta, en definitiva, lo percibimos siempre en una lectura atenta de la poesía de Quintín García.

 

Hilos poéticos

            En la escritura poética de Quintín García, percibimos de continuo una actitud atenta, vigilante, percibimos una mirada y un alma abierta hacia el ser (tanto existencial como social), hacia el mundo y el cosmos (el campo, la naturaleza, la tierra y los cielos), y también hacia la vida del espíritu (pese al carácter religioso, en algunos momentos, de su escritura, preferimos situarla en un plano más amplio, que nos atrevemos a llamar espiritual).

            Y esos tres grandes hilos –lo existencial y social; lo natural y lo cósmico; más lo espiritual– son, creemos, los que trenzan y articulan, en grandes líneas, ese su decir poético, que, no obstante, tiene muy variadas y diversas ramificaciones.

            En ese sentido, nos atrevemos a proponer –a la hora de abordar, a través de una imagen, la poesía de Quintín García– la figura del árbol, que, procedente de una raíz soterrada y de un tronco sólido, se va ramificando y trazando celosías hacia la luz; de tal modo que, siendo a la vez uno, percibimos en él, en el desarrollo de su copa, un despliegue de formas y de rítmicas, que configuran una belleza nunca rutinaria, sino siempre vibrante.

 

El decir, como designio del poeta

            Por su formación religiosa, Quintín García conoce muy bien la tradición bíblica, de la que procede no poca de nuestra poesía y también de nuestra literatura, desde sus orígenes medievales, hasta prácticamente hoy mismo.

            Nuestro poeta reivindica, para su función y misión creadora, el designio profético que ha de cargar el poeta sobre sus hombros. Y ese designio no puede ser nunca el de desentenderse de la realidad, de lo que ocurre, de la injusticia, violencia, opresión que sufren tantos seres humanos, sino que ha de ser el de decir, el de no callarse, el de poner el dedo en la llaga.

            Él mismo lo expresa en su poema “paisajes de muerte 1” (en Elegías para un tiempo de víctimas, 2014): “Pero el viento que arrastra / un hedor amarillo / reclama para sí el nimbado designio / del profeta: decir”…

Es –según lo acabamos de indicar– el mismo designio que Quintín García reclama como misión para el poeta: la labor profética de decir, de no callarse, de poner el dedo en la llaga, de señalar el dolor y la herida que sangra y que duele. En este sentido, la analogía en nuestra tradición poética contemporánea entre poeta y profeta la encarna, acaso mejor que ningún otro, la figura de León Felipe; y en él procede indudablemente de una raíz bíblica, que también percibimos en la poesía de Quintín García, que, por ejemplo, –en su libro que acabamos de citar–, aparte del uso en las titulaciones de las letras hebreas (álef, bet, guímel, dálet, he, vau), se muestra también en las citas del Antiguo Testamento, con textos procedentes de “Lamentaciones” o de “Jeremías”.

Y no hemos de olvidar –y en parte de la escritura poética de Quintín García está esto presente– que, en la poesía de tradición semítica, y particularmente judaica, aparece siempre una expresión muy significativa, y en ocasiones problemática y atormentada, con la divinidad, como percibimos, por ejemplo, en la poesía de Paul Celan.

 

Una palabra purificada

            En el decir poético de Quintín García, advertimos también la presencia de una palabra que nos gustaría llamar purificada, esto es, libro de esos acarreos sociales, comerciales, publicitarios… que enturbian y velan los significados profundos de la lengua, en pro de intereses espurios en la mayoría de las ocasiones.

            Los lenguajes sociales velan, mientras que el decir poético –en el caso de Quintín García es muy claro– desvelan y revelan; en definitiva, iluminan la condición del ser humano y su presencia en la tierra y en el cosmos.

            Y, en Quintín García, esta palabra purificada –al igual que en otros poetas de la Meseta; pienso en San Juan de la Cruz, Jorge Guillén, Claudio Rodríguez o Antonio Colinas– está atravesada por una luz y por una musicalidad muy puras; luz y musicalidad de altura, de elevación; porque, en el fondo, podríamos percibir la Meseta como una gran patena ofrecida a los cielos.

            Y esta musicalidad y esta luminosidad y esta pureza de la palabra poética de Quintín García podemos advertirlas, por ejemplo, en estos versos de Páramos de la luz (2004):

                        Una vez aprendido el nombre verdadero

                        de las cosas y palpadas con mis manos

                        las distintas formas y colores; y sorbido

                        el humo, tan gris, mentiroso, de las cúpulas

                        doradas donde ardí, vuelvo

                        andando, desnudo

                        de horizontes, por los mismos

                        surcos largos, inextinguibles

                        por los que me marché…

            Claridad, don de la claridad respiran estos versos. El poeta, tras un itinerario a esa fascinación de las cúpulas doradas, a ese deslumbramiento del mundo, que afecta también a la expresión y al lenguaje, ha realizado un camino de regreso a la raíz, a la desnudez de la tierra y también a su claridad, a esos surcos largos, infinitos, que no utilizan rodeo alguno para alcanzar su meta.

            Y, en este itinerario, el poeta ha percibido –en un rasgo muy castellano y universal al tiempo– que la belleza más verdadera se alcanza, se logra a través de la esencialidad y de esa desnudez de la que habla en sus versos. Porque la poesía –como se intuye aquí– es una andadura, un itinerario hacia la esencialidad, hacia la desnudez, es un ir andando, descalzos, para alcanzar lo universal verdadero, ese último objetivo que tiene la palabra poética –como ocurre en la escritura de Quintín García– de desvelar y revelar lo humano, la tierra, el cosmos, al tiempo que poner el dedo en la llaga de los males del mundo.

 

El territorio de la raíz

            Hablábamos de la figura del árbol, para referirnos a la poesía de Quintín García. La raíz, el tronco y las ramas. Ese partir de lo telúrico y oscuro del origen, para proyectarse en la universalidad luminosa de los cielos. Y esto es lo que ocurre en esta poesía.

            Hay en ella un punto de partida, un territorio ineludible, que es el de la raíz, el del territorio del origen, donde están las vivencias primeras, esas que dejan huella en el modo de ser de cada uno, en los modos de comportarse e incluso en los modos de concebir el mundo.

            El territorio de la raíz podemos advertirlo, en la obra de Quintín García, en libros como los titulados Páramos de la luz, Herida morada la memoria, o Brindis ritual y quizás último. ¿Qué claves nos vamos a encontrar en este territorio? ¿Qué nos descubre el poeta sobre él? ¿A través de qué simbolizaciones podemos hacernos con sus significaciones más profundas? Recorramos algunos itinerarios como lectores, para desvelar algunas contestaciones a las preguntas que acabamos de hacernos.

            La luz, como no podía ser menos, es una de las simbolizaciones recurrentes del poeta, para plasmar esa profunda vinculación de la tierra con el cielo, en un ámbito tan elevado, tan especial y tan puro como es la Meseta.

            El poeta nos habla de las “heridas / de la luz”; de “la sed de luz”, que asocia con su niñez; del itinerario “hacia / la claridad más pura”. Toda la tierra para él, para su percepción del mundo, son “páramos de luz y de horizontes”. Todo esto en Páramos de la luz (2004).

            En Herida morada la memoria (2010), nos habla de los días dulces “de la primera luz”; de la vinculación de los seres “a una misma luz / y a los trigales”, esto es, al cielo y a la tierra. Y también percibe el poeta con amargura esa orfandad simbólica de la luz, que es un modo de aludir a ese exilio del origen, que, de un modo u otro, toca vivir a la mayor parte de los seres humanos.

            El poeta, en Brindis ritual y quizás último (2006), siente la necesidad de brindar por los antepasados y lo hace de esto modo tan expresivo y elocuente, vinculando la luz con ellos:

                        El día tan azul brindaré primero por quienes

                        se marcharon más allá de la luz y esperan

                        la consumación para el encuentro…

            La luz es –en la poesía de Quintín García– no solo uno de los símbolos más poderosos del territorio del origen, de la niñez, de la infancia, sino también el nexo, el vínculo que nos liga con las distintas generaciones, con nuestros antepasados, aquello que se marcharon más allá de la luz, y con los que han de venir. Somos eslabones de la larga e interminable cadena de la vida. Somos puntos de ese surco infinito que va trazando el tiempo y que nos engloba a todos.

 

Celebrar la niñez

            En la poesía de Quintín García –y esta es otra de las claves de la honda significación que tiene en su escritura el territorio del origen– se celebra de continuo la niñez. Hay una memoria de la niñez que es fulgor y es cántico, que es celebración.

            Hablaba –y lo practicaba en su poesía– el gran poeta francés Saint-John Perse de esa necesidad de celebrar la infancia que tiene el poeta; que tiene, en definitiva, el ser humano; porque en ella reside, en la conciencia y en la sensibilidad de cada uno, el territorio más paradisiaco de nuestro paso por el mundo; pese a que la de millones de seres humanos esté marcada, por desgracia, por el sufrimiento, la tristeza, las carencias y tantos modos de explotación.

Como también, en un capítulo memorable de Hacia un saber sobre el alma, María Zambrano vinculaba infancia y poesía, como elementos que se imantan y de los que se desprende ese fulgor que adquiere la creación verdadera.

Una primera observación que nos interesa recoger aquí es la clara percepción que el poeta tiene de la infancia, de la niñez como don. “Regreso / a aquella infancia azul, dádiva / donde habité tan dulcemente”.

La infancia como cosmos –ese habitar suavemente en ella, que nos lleva a un universo del que habla el pensador francés Gaston Bachelard en su obra La poética del espacio– y como don aparece, de modo transversal, en los versos de Quintín García; de ahí que sea un territorio de prodigio y un ámbito privilegiado de la memoria.

Lo dicho hasta aquí sobre la infancia puede rastrearse en Páramos de la luz.

Pero, en Bodegón de aromas y recuerdos, el poeta da un paso más. Percibimos aquí que la infancia del poeta está marcada por una ritualidad casi religiosa, que, por otra parte, no ha sido un fenómeno local ni aislado, sino que ha constituido y configurado el existir del mundo campesino.

Así, el poeta –como huellas de una intensa ritualidad en la que transcurriera su existir de niño– nos habla de “aquel / pan antiguo que besábamos al iniciar / mi padre santiguándose la comida familiar.”

Nos habla también de “la sagrada / memoria de los míos que me enseñaron / a vivir contigo en la lejana casa solariega, a compartir / infancia y correrías por aquel corral antiguo”… Son algunas de las claves de esta visión de la niñez, como verdadera patria del poeta; que sigue la estela rilkeana de que la niñez es la verdadera patria del ser humano.

 

Cartografía del origen

            El territorio del origen alienta siempre en el decir poético de Quintín García. En clave arqueológica, nos habla de su nacimiento en la “vieja / Pincia romana, sentada / sobre lábil serpiente tenue y plata / de una Esgueva de ovas verdes”.

            También, ya en clave agrícola y casi metafísica, de esos largos “surcos de trigo y piedras / altivas en el páramo que el tosco / arado romano horadaba / en el vientre huraño y ocre / de la tierra”…

            Y, en clave naturalista, nos traza, en una ágil y esencial pincelada, el siguiente apunte paisajístico, vinculado con el ardiente verano del cereal: “Sinfonías también de infiernos / de gavillas por coger al rojo vivo, / de cielos salvajes en olores / a espliego, a tomillo, cielos / de sabores al aire, al agua, / a la tierra y al fuego, prístina / raíz de mí.”

            Aquí, el poeta universaliza su raíz. Porque percibe que, desde su origen, existe en un cosmos primordial –los cuatro constituyentes del cosmos, según los filósofos presocráticos: aire, agua, tierra y fuego–, del que tiene no solo vivencia y experiencia, sino también memoria.

            Pero, al tiempo que la cifra del territorio del origen se traza a través de los cuatro elementos universales que constituyen el cosmos –observados ya por los pensadores de la Grecia arcaica–, el poeta no se conforma con ello, sino que siente la necesidad de plasmarnos una cartografía toponímica del territorio de su origen.

            Aparecen, de este modo, para ubicarnos, dentro de la Meseta, en el territorio del origen, topónimos envueltos en expresiones como: la ya aludida “vieja / Pincia romana”, para nombrar su Piña de Esgueva natal, río al que alude como “una Esgueva de ovas verdes”, “Valdepiña”, “aquel lejano Arévalo”, “al amor del Adaja”, “la Moraña cereal y pinarera”, “la Moraña / de soles y de hielos” (en una doble caracterización –naturalista y cósmica– de tal comarca abulense) y otros varios topónimos.

            Pero hay otra cartografía más sutil sobre el territorio del origen, trazada a base de nombres comunes, que imantan de un modo más poderoso aún esta poesía, por el poder evocador que tienen. Son nombres comunes como ‘surcos’, ‘páramo’, ‘arado’, ‘vientre’, ‘tierra’, ‘mochil’, ‘horizonte’, ‘caminos de silencio’, ‘gavillas’, ‘raíz’…, capaces por sí mismos de configurar y de evocar todo un cosmos primigenio de un claro valor universal y universalizante.

 

El compartir, como actitud vital

            El poeta cultiva también lo que podríamos llamar hoy una poesía de la conciencia (uno de los rótulos que suelen aparecer en las caracterizaciones de la poesía española actual), de indudable contenido social; representada, acaso mejor que por ningún otro de sus libros, por el titulado Elegía para un paisaje de sombras asesinadas en el mar (2012).

            En Bodegón de aromas y recuerdos, nos lo deja ya dicho: “me enseñaron … a compartir”. Esto es, me enseñaron el ejercicio de la solidaridad con los otros. De ahí que podamos advertir que tal actitud vital, y poética, cultivada con plena conciencia y responsabilidad por el hombre y poeta adulto, procede ya de los predios de la infancia.

            El poeta da voz y clama –en Elegía para un paisaje de sombras…– por esa humanidad precaria, víctima de la injusticia y del mal que el ser humano provoca y no detiene en el mundo de hoy.

            Desfilan ante nuestros ojos y ante nuestra conciencia de lectores esos “agrios guarismos de sombras / y vísceras regresados del fragor / asesino del mar y sus patrones”, esas “diez mil naos con sus guarniciones / de salto (que) chocan / contra los acantilados y fenecen / antes de llegar a Ítaca”; guarismos que escuchamos en “el telediario / de la noche” y que apenas nos inmutan; o también esos “cuerpos y almas, devastados” que “arden en las alambradas y altas / almenas con que nuestras Autoridades / nos defienden de los salteadores / y leprosos mientras se beben / con bacardí un concierto de vihuelas / y cruces y medallas para honrar / la antigua memoria conquistadora / de la Patria.”

            Advertimos aquí una visión crítica del mundo contemporáneo, de la realidad tan injusta que vivimos, que expulsa a millones de seres humanos de ese paraíso de la dignidad, que está presente en la poesía de Quintín García (en ámbitos como los de la niñez y esa naturaleza vivida y asumida como propia); una visión que plasma un mundo inhumano, contra el que el poeta clama.

            Y continúa esta jeremiada del poeta, que nos habla de “orlas fúnebres”, de “herrumbrados fantasmas, espectros / sin derecho a nombre y apellidos, sólo / ceros y ceros”… y de otras distintas perspectivas trágicas que ejemplifican ese mundo caótico en que vivimos, ese desorden que atenta contra el cosmos y contra lo sagrado y la dignidad que todos los seres humanos merecen por el solo hecho del solo existir.

            Estamos ante un sueño, ante una jeremiada, ante una escenificación, ante una perspectiva dramática, en seis actos, que un heraldo anunciador nos comunica, para despertarnos de nuestra comodonería, de esa perspectiva de desentendernos de los problemas del mundo en que vivimos, sentados comodísimamente en nuestro más íntimo y más egoísta sofá.

            El poeta, al final, nos indica que despierta del sueño; pero, en tal despertar, se encuentra con una obstinada realidad en la que los poderosos siguen sobre sus pedestales, desentendidos de las perspectivas tan lacerantes que tantos millones de personas sufren.

                                   (Y soñé, sí. Pero al  despertarme

                                   aún seguían de pie, ensoberbecidas,

                                   las patrias con sus dulces

                                   patriarcas. Y huían

                                   de sí mismos los cadáveres)

 

El halo del misterio

            Toda la poesía de Quintín García está atravesada por un muy sutil halo de espiritualidad. Es una poesía que no se desentiende del misterio, sino que lo aborda, lo contempla de frente y lo expresa a través de su palabra.

            Se trata de un tipo de espiritualidad en el que advertimos varias huellas; por una parte, las vivencias campesinas de religiosidad popular, de las que tuviera experiencia en la niñez; por otra, de esa raíz semítica –acentuada por su formación religiosa– que procede de la Biblia y de una raíz cristiana, ya muy decantada en occidente y en nuestra cultura; y, en fin, por su frecuentación de los místicos castellanos, como Teresa de Ávila y Juan de Yepes, esto es, Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.

            La herencia campesina de religiosidad popular que el poeta recibe, debido a su origen, aparece diluida en su poesía. La religiosidad campesina está marcada por una fuerte ritualización, que, por ejemplo, asoma a los versos del poeta a través de esa bendición de la mesa familiar, en el momento de la comida, que corresponde a la figura paterna, en una secuencia a la que ya hemos aludido, pero que vuelve a resultar imprescindible aquí:

                                                                                  Te elevo

                        sobre las cabezas de esta congregación devota

                        reunida para celebrarte y beso

                        tu frente bendita y alabada como aquel

                        pan antiguo que besábamos al iniciar

                        mi padre santiguándose la comida familiar.

Hay aquí un aroma, una suerte de reminiscencia de última cena. En toda ritualización hay siempre algo de sagrado. Y, aquí, se subraya a través de un lenguaje en el que aparecen términos y expresiones como: ‘congregación devota’, ‘frente bendita y alabada’, ‘pan antiguo que besábamos’ o ‘mi padre santiguándose’.

            No vamos a incidir más en esa suerte de metafísica religiosa (y no religiosa) que recorre la poesía de Quintín García. La atraviesa de modo muy transversal y los lectores la irán detectando. En cuanto a su ‘devoción’ por Teresa de Ávila y Juan de Yepes, no hay más que seguir sus escritos en prosa y artículos, para percibir cómo ambos son verdaderos maestros y modelos para nuestro poeta, indudablemente por esa sintonía que llamaríamos castellana que está en la base de todos ellos, de estos tres escritores.

El espacio intermedio

            Uno de los motivos que aparece en una de las entregas poéticas, apegadas tanto a lo religioso como a lo artístico, es el bien conocido en la cultura europea, ya desde tiempos antiguos, y renovado en los modernos y contemporáneos, denominado ‘el espacio intermedio’.

            En Quintín García, lo percibimos en su entrega titulada De las sombras a la luz (1999), que lleva como subtítulo “(en “La Anunciación” de fra Angelico)”, donde, sirviéndose de la ecfrasis, un recurso muy utilizado en toda la poesía contemporánea, desarrolla y plasma el autor un contenido espiritual, sirviéndose también de uno de sus símbolos que ya conocemos y del que hemos tratado: la luz (y, en este caso, su reverso: la sombra).

            El misterio cristiano de la anunciación es uno de los ejemplos en los que se plasma ese concepto del “espacio intermedio”; concepto que, además, ha sido muy subrayado en la representación pictórica de tal misterio, ya desde los pintores renacentistas, como ocurre en el italiano fra Angelico, del que se sirve Quintín García, para desarrollar su decir poético en este caso.

            ¿Y cómo podemos plasmar qué es el espacio intermedio? Tratemos de hacerlo. Toda manifestación, de cualquier tipo que sea, para que pueda ser, para que pueda producirse, requiere de un espacio intermedio. En el caso de la anunciación del ángel a la Virgen, de que va a ser concebida sin mancha y dará a luz al Niño Dios, vemos –en la representación pictórica– que el ángel se halla a un lado del cuadro y en el opuesto la Virgen; entre ambas figuras, se desarrolla todo un espacio intermedio (a veces, con un punto de fuga hacia un fondo luminoso de paisaje; en otras, es ocupado por un jarrón de azucenas, símbolo de María; o por la paloma simbolizadora del Espíritu Santo), que es el que hace posible tal manifestación, en este caso divina.

            Quintín García, en su poema, apoyándose en el cuadro de fra Angelico, nos va trazando verbalmente todas las secuencias del misterio divino: desde la presencia de los “rayos de luz” (simbolización del espíritu divino), hasta la escucha del “sí de los labios de esa joven / que recoge sus manos sobre el vientre / como quien entrevé los primeros latidos”; un sí que se cifra en el “fiat, sea, hágase”, que el poeta también enuncia.

            Pero ¿dónde nos lleva el poeta?, ¿por qué ha utilizado este misterio cristiano de la anunciación? En el fondo lo ha hecho porque ha intuido que la poesía también requiere de la aceptación del misterio, es un sí, un hágase.  Y es que, en el poeta, que también ha de recibir otra llamada, otra anunciación –como le ocurriera a María–, hay siempre, por ello, algo de femenino, pues la poesía requiere un vaciarse por parte del poeta, requiere establecer en su interior anímico una estancia vacía, para que puede acceder a ella el ángel, la inspiración, la llamada, el anuncio, de los que surge la palabra reveladora e iluminadora.

            Por ello Quintín García recurre, de nuevo aquí, al símbolo de la luz, que ya hemos analizado en su escritura. Nos habla del “fulgor de la palabra / hecha anunciación”. En el cuadro, sí, como en el misterio de la anunciación, hay dos mitades, pero hay también ese espacio intermedio entre ellas, para hacer posible ese “fulgor de la palabra” de que habla el poeta.

            Luego, ese “fulgor de la palabra” es potenciado a través de términos, conceptos y símbolos, como los de ‘fuego’ (“somos hijos del fuego”) y ‘música’ (“Hay música de cámara / en esos labios dulces / que pronuncian palabras”); muy significativos y potenciadores ambos, de lo que ha de ser la palabra poética: intensa y musical.

            Pero hay más. El poeta nos habla de un itinerario simbólico clave y regenerador en la vida de todo ser humano: el itinerario desde la tiniebla, la oscuridad o la sombra hacia la luz, la claridad o el fulgor. Esa es la clave.

            El poeta, reiterativamente, a modo de letanía y casi de conjuro, nos indica: “Venimos de las sombras a la luz”, “Venimos de la noche hacia el albor”, “Venimos de la noche hacia la luz”.

 

Coda

            Y este itinerario simbólico que traza el poeta, Quintín García, de las sombras a la luz, de la noche hacia el albor, o de la noche hacia la luz –que es universal y del que todos tenemos experiencia–, es el que recorre toda su poesía, una poesía que busca, por encima de todo, esa luz que nos humanice; esa luz que, a través de una palabra purificada, clara, diáfana, musical y de altura –como corresponde a un poeta verdadero de la Meseta– se convierte también en belleza y en revelación. Que esa ha de ser una de las funciones que hoy, como siempre, ha de tener la poesía cuando es verdadera.

            No hemos pretendido ni querido realizar un análisis profesoral y tedioso en torno a la poesía de Quintín García. Tampoco hemos querido acotar de modo analítico y acabado el corpus poético del autor castellano. Hemos querido partir más bien de nuestra perspectiva –que reivindicamos– como lector, porque sin lector (que recrea lo que el autor crea) no hay tampoco creación posible.

            Y, desde tal perspectiva, hemos querido trazar unas claves –desde lo que Antonio Colinas llama “pensamiento inspirado”, concepto de raíz zambraniana–, que, creemos, pueden iluminar (así lo desearíamos) la escritura poética de Quintín García, un poeta verdadero.

 

La Alberca, 20 de marzo de 2016

mañana del Domingo de Ramos,

vísperas del inicio de la primavera.

José Luis Puerto

 

NOTA BIOBIBLIOGRÁFICA

quintin García González (Piña de Esgueva, Valladolid, 1945) es licenciado en Filosofía y Letras, Ciencias de la Información y Teología. Sacerdote dominico en la comunidad de Babilafuente (Salamanca). Su producción literaria abarca varios géneros: cuento, poesía, artículos literarios, prosa poética y novela corta. Ganador de numerosos premios en las distintas disciplinas, muchos de ellos han sido publicados por las entidades convocantes. Ha participado en distintos libros colectivos y revistas literarias. Figura en la Guía de Poetas en Salamanca, hecha por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. En 1998, la Biblioteca Municipal de Peñaranda de Bracamonte hizo una edición digital de varios de sus primeros premios en Resurrección de la memoria y otros escritos. En 2001 publica A título póstumo, Primer Premio del I Certamen de Novela Corta "Ciudad de Dueñas", Palencia. En 2006 el libro de poesía  Carne en fulgor, Primer Premio Kutxa Ciudad de Irún, San Sebastián. En 2009 Del invierno a la luz, Asociación Cultural El Zurguén, Morille, Salamanca. En 2013 la novela corta Viaje y Resurrección de Lázaro de Tormes. Salamanca. En 2014 el libro de poesía Elegías para un tiempo de víctimas. Salamanca. En 2015 el libro de poesía Íntimas conversaciones íntimas con Teresa de Jesús. Edición digital en la plataforma digital BUBOK y en papel, Salamanca. Y el libro de relatos Paisajes de almendros en flor en Las Fuentes (Babilafuente)