Lunes, 18 de diciembre de 2017

No tengáis miedo a la libertad:Ver, juzgar y actuar

Estamos asistiendo (abril-mayo 2016) a un nuevo asalto a toda regla contra la raíz del Evangelio, que el Papa Francisco quiere ofrecer, exponer y animar con su ejemplo y doctrina como Papa:

Un Evangelio sin glosa, como decía en el siglo XIII Francisco de Asís... Un evangelio de libertad cristiana

Éste es un “asalto de ley”, pero no de la buena (de eso que se llama “oro de ley”), sino de la peor; un asalto orquestado por cardenales de Curia y por “nuevos curiales” ultramontanos que han empezado a decir cosas como éstas:

-- que este Papa no sabe teología (¡sabe evangelio!),
-- que está rompiendo la Ley Natural (¡la que ellos creen de su naturaleza!),
-- que está destruyendo la Iglesia, de forma que hay que esperar que muera...

Y lo dicen apelando al rechazo presente (no obedecer) y al juicio futuro (que muera pronto para volver al buen rumbo del barco petrino…)... con un libro en la mano (mirando al libro, no a la vida, como parece hacer el cardenal de la imagen 3, en una biblioteca, no en la calle)

‒ Éste es un un asalto que proviene de la ley del miedo, propia de aquellos que no creen de verdad en el evangelio de la con-versión, de la nueva forma de pensar y de hacer de Jesús (Mt 1, 14-15), y se refugian en un tipo de presunta “esencia” de las cosas, tanto en el plano del amor sin amor (imposición externa) y del fortalecimiento de un tipo de institución eclesial. Tienen miedo de la libertad de Jesús, y por eso se siguen aferrando a seguridades e imposiciones exteriores.

‒ Éste es el asalto de aquellos que tienen miedo de su propia libertad, de su responsabilidad personal, a flor de vida (¡a favor de su propia vida!) y, por eso, para asegurarse a sí mismos imponen sobre los demás las cargas que ellos son incapaces de llevar sobre sus hombres (Lc 11, 46). Para liberarse de su miedo (¡sin poder lograrlo!) imponen duras obligaciones legales sobre los demás, en un nivel de relaciones personales, de eucaristía sin eucaristía…

Buscan la ley del “corral” cerrado, controlado, pues temen que los cristianos sean libres y exploren la verdad de la vida según el evangelio, de manera que ellos, los “controladores de Iglesia” pierdan su función, queden en la calle de la vida (de donde no debían haber salido).

‒ En ese contexto, el nuevo Papa Francisco, como el Hermano de Asís, ha querido volver al “evangelio sin glosa”, es decir, sin metafísicas doctrinarias a su medida, sin interpretaciones que cierren de nuevo a los creyentes en un tipo de “baúl de normar exteriores”…

Ha querido ofrecer un programa de restauración de la Iglesia caída, como el de Francisco de Asís, cuando empezó reconstruyendo los muros de San Damián (imagen 2), para reconstruir después y recrear toda la Iglesia, desde el evangelio sin glosa, en libertad, fraternidad y pobreza (que es riqueza compartida).

Desde ese fondo de evangelio, Francisco ha querido ofrecer humildemente, sin estridencias ni condenas, un programa de educación evangélica, que puede condensarse en tres momentos, como en los esquemas de formación de los comprometidos del evangelio, para el ver, juzgar y actuar.

Un cristiano se educa para:

a. Cristiano es un hombre o mujer que se educa para ver las cosas de la vida, no sólo en un plano teórico (ayudado por las diversas ciencias), sino en el plano de la encarnación personal (a nivel de libertad creadora). El cristiano ha de ser un especialista de la libertad, ha de mirar hacia los hombres y los problemas actuales, para descubrir el dolor y la opresión concreta de las mayorías, para iniciar desde ellas un camino de liberación personal. Eso quiere Jesús: Que no nos engañen con principios altisonantes (cuanto más altos suenan más falsos son), que nosotros mismos sepamos “ver”. Eso es evangelio: abrir los ojos, curar a los ciegos…Que vean, que veamos…

b. Cristiano es un hombre que se educa para juzgar, esto es, para discernir por sí mismo y distinguir lo que es bueno y lo que es malo (como sabía ya el Deuteronomio): “Pongo ante ti el bien y el mal…”. Tenemos demasiados impedimentos de normas externas, de poderes fácticos, de imposiciones… Pues bien, en ese contexto, se trata de aprender a juzgar por nosotros mismos, para conocer así las formas y las causas de la nueva opresión humana, para superarla a partir del Evangelio.

Se trata, pues, de conocer lo que hay en el fondo de la vida y de planificar lo que va en línea de Dios y de realizarlo de un modo efectivo, siguiendo así el ejemplo Jesús, que vino a proclamar el año nuevo de la Libertad y de la gracia, como dijo en la Sinagoga de la Nazaret (Lc 4, 18-19), de la que tuvo que marcharse. Cardenales y pensadores de estilo no cristiano quieren meternos de nuevo en una mala sinagoga, para imponernos su religión, no la de Jesús.

c. El cristiano es un hombre de acción: no es un simple teórico que traza planes y dicta sentencias desde arriba, para mantener un orden religioso establecido según ley, no es sólo alguien que mira y juzga (opina), dejando las cosas como estaban, sino un hombre o mujer que se compromete haciendo, desde el campo concreto de la vida y sufrimiento de los hombres, para que vean, para que caminen, para que se amen, con la libertad que ofrece el evangelio, por encima de todas las sinagogas del mundo, por encima de todos los poderes establecidos… en línea de evangelio, como sigue diciendo Mt 25, 31-46..

Esta es la tarea que nos propone de nuevo el papa Francisco, en contra de los “paisanos” de la Sinagoga Vieja de Nazaret o de las nuevas sinagogas de los poderes fácticos de una Iglesia Establecida que quiere mantenerse a sí misma por encima del evangelio.

Seguiré hablando del tema en nuevas postales, de un modo más concreto. Hoy me limito a recoger los últimos números de un plan cristiano-mercedario de Libertad que establecimos ya en México el año 1992. Éste es el final de aquel Documento que puede valer para los que quieren implicarse en el movimiento de la libertad cristiana.

4. LOS AGENTES DE LA EVANGELIZACIÓN LIBERADORA.
(viene de días anteriores).
56
Los mercedarios formamos "un instituto religioso... de derecho pontificio, compuesto por clérigos y laicos, que comparten por igual la vida religiosa y asumen la perfecta vida común, conforme a la Regla de San Agustín" (Const, 5). Nuestra misma profesión de vida consagrada, como "donación total a Dios y plena disponibilidad al servicio de los hom¬bres (cf Juan Pablo II, RM 69) nos hace asumir con radicali¬dad la tarea evangelizadora de la Iglesia.

Somos desde el origen una orden misionera en el sentido primario de ese término. Ciertamente, debemos cultivar la consagración en plano de diálogo con Dios y de misterio litúrgico. Queremos resaltar la comunión, el compromiso de la vida compartida en nivel de fe, de diálogo amistoso y trans¬parencia fraterna. Pero esos aspectos han de culminar y explicitarse en nuestra acción liberadora: hemos dejado los bienes de este mundo y hemos seguido a Jesucristo para reali¬zar mejor nuestra tarea, visitando y liberando a los fieles cristianos de las nuevas formas de cautividad (cf Const 1; Mt 19,27-28).

57
Consagración y misión resultan de esa forma insepara¬bles. Como religiosos, "nos hemos consagrado a Dios, para conseguir al propia santificación por la profesión de los consejos evangélicos" (Const 4). Por eso estamos empeñados en lograr que nuestras casas sean lugares de oración y encuentro con Dios. Pero, al mismo tiempo, siendo espacio de presencia de Dios, queremos que ellas sean "hogar de los cautivos": el mismo Dios que nos convoca en gesto de consagración nos hace ministros y testigos de su acción liberadora sobre el mundo.

De manera semejante se vinculan comunión y entrega redentora. Queremos ser hombres de comunidad y así no desa¬rrollamos la acción liberando a solas, cada uno a su manera. Nos hemos vinculado para asumir y realizar mejor nuestro proyecto misionero (cf Const 25-32). Por eso nos compromete¬mos a "cultivar la unión de corazones, de espíritu y de bienes, compartiendo lo que tenemos y poniéndolo todo al servicio de la misión redentora" (cf Const 26).
Lógicamente, nosotros queremos ofrecer un tipo de libe¬ración que vaya dirigida hacia la unión fraterna, hacia el diálogo de amor entre los hombres. Una libertad vacía, sin relaciones de amor y sin encuentro con los otros, puede terminar convirtiéndose en pura soledad, en carga insoporta¬ble. Por eso, siguiendo la tradición de los antiguos merceda¬rios, queremos ofrecer a los "cautivos liberados" un espacio de comunicación humana, un lugar en el que puedan dialogar de forma personal, dentro de la gran comunidad de amigos de Jesús que es la Iglesia.

58
Partiendo de eso, nos definimos como un grupo de perso¬nas comprometidas y liberadas para realizar la obra redentora a través de un Cuarto Voto que se encuentra formulado ya en nuestras primeras Constituciones: "Por la cual obra de mise¬ricordia o merced, es decir: para seguir y para anticiparse y para visitar y para librar a los cristianos del poder de los enemigos de la Orden de Jesucris¬to, todos los frailes de esta Orden, como hijos de verdadera obediencia, estén siempre alegremente dispuestos a dar sus vidas, si es menester, como Jesucristo la dio por nosotros" (Const 1272, Proemio).

Esto significa que hemos sido liberados para liberar: nuestra vida no nos pertenece; es de aquellos que se encuen¬tran oprimidos y en peligro de perder su fe. Este Cuarto Voto que es centro y base de nuestra especial consagración cris¬tiana y de la forma en que asumimos la vida religiosa (pu¬diendo llamarse, por lo tanto, Primer Voto) ha recibido matices diferentes a lo largo de la historia. Ahora, en fidelidad a su principio inspirador, recibe esta formulación:
"Nos consagramos a Dios con un voto particular, en virtud del cual prometemos dar la vida como Cristo la dio por nosotros, si fuere necesario, para salvar a los cristianos que se encuentran en extremo peligro de perder su fe, en las nuevas formas de cautividad" (Const 1986, 14).

59
San Pedro Nolasco sigue siendo para nosotros el intér¬prete autorizado de ese cuarto voto: así le veneramos e imitamos, viéndole "como el signo más cercano del amor reden¬tor de Jesús y el realizador más perfecto de la obra libera¬dora de María" (Const 1986, núm 8). Por eso estudiamos y actualizamos su vida y misión en la Iglesia "para que su espíritu y servicio redentor se perpetúen en la Orden" (Ibíd 84). De ese Cuarto Voto y de ese compromiso de seguir en el camino de Nolasco brota una espiritualidad mercedaria muy concreta que se encuentra definida por dos rasgos:

a. Plano de análisis social y de contemplación cris¬tiana. Descubrimos a Cristo "que continúa padeciendo en los cristianos oprimidos y cautivos, expuestos a perder su fe".
b. Plano de acción social y redentora. Asumidos "el compromiso práctico de caridad, poniendo (nuestra) propia vida al servicio de estos hermanos para que vivan la libertad de hijos de Dios" (Const 1986, núm 9).

60
A partir de aquí viene a trazarse eso que podemos llamar el perfil del mercedario, que se encuentra ya bien definido en el Mensaje y Exhortación del Capítulo General de 1974. Se dice allí que nuestra Orden ha mantenido a lo largo de los siglos un germen de vida que "se manifestó en todo tiempo por el signo extremo de la inclinación innata ... hacia los miembros más afligidos y oprimidos del Cuerpo Místico. A esto podríamos llamar instinto mercedario que ha mantenido vivo el Instituto ejerciendo siempre su función específica y dando un objeto concreto al Cuarto Voto" (Ibíd, 1,4; con cita de Documento de Medellín, 10 y ss.).

Siguiendo en esa línea, el Documento de Córdoba nos pide que entendamos la vida mercedaria, a partir del Cuarto voto, como imitación de Cristo Redentor. "Significa esto que el mercedario se sitúa en la actitud de Cristo que ofrece su vida por los hombres, de tal modo que en él (en el merceda¬rio) se requiere una postura de entrega constante y viva, necesaria para darle a su espiritualidad un significado propio" (Córdoba 8,II,2,b). Esto es lo que después ha expli¬citado y ampliado el Mensaje del Capítulo General de 1986, al decir que el mercedario, vinculado bien a Cristo redentor, conforme al ejemplo de Pedro Nolasco y bajo la inspiración y guía de Santa María de la Merced, es hombre que se encarna en las nuevas formas de cautividades, para realizar allí su acción liberadora" (Mensaje, núms. 1,2,48,9. Cf Plan General de Vocaciones, Formación y Estudios 1988, núms. 8-16).

61
La liberación que realiza el mercedario brota de una espiritualidad redentora que nos lleva a adorar y a seguir a Cristo, viéndole como aquel que "continúa padeciendo en los cristianos oprimidos y cautivos, expuestos a perder su fe" (Const 9). Ciertamente, Jesús se manifiesta ante todo en la Escritura y nos ofrece el misterio de su vida en la liturgia (Eucaristía). Pero dando un paso más nosotros queremos vene¬rarle y encontrarle en los cautivos.

Nuestra oración viene a expresarse, por lo tanto, como una visión ampliada de los sufrimientos salvadores de Jesús. Este es el centro de nuestra contempla¬ción redentora, ya no vemos a Jesús aislado, como alguien que murió hace tiempo por nosotros. Le miramos y le vemos padeciendo en aquellos que padecen: hambriento en los hambrientos, cautivo en los cauti¬vos, torturado en aquellos que se encuentran torturados. De esta forma, los males de este mundo ya no tienen sentido puramente antropológico o social: ellos reciben un sentido cristológico.

Esa contemplación redentora consiste en encontrar a Cristo en la opresión y muerte de los hombres de la tierra: venerarle en los cautivos, amándole al amar a los que están necesitados. Normalmente pasamos por la vida ciegos, sin llegar a descubrir la hondura y la tragedia de la muerte y opresión ajena. Pedro Nolasco nos enseña a mirar con ojos nuevos: descubrió en verdad a Cristo en los cautivos y allí quiso que nosotros lo veamos, en gesto de oración y entrega que ahora van profundamente entrelazadas. La gloria de Dios se transfigura y brilla precisa¬mente en aquello que pudiera parecernos lo contrario a todo lo divino: en la miseria de los hombres oprimidos de la tierra.

62
Sin esa intensa oración liberadora el compromiso de la entrega mercedaria pierde su valor cristiano y fundamento: una acción de tipo redentor que no se encuentre fundada en el misterio de ese Cristo que padece en los cautivos corre el riesgo de perderse pronto en egoísmos personales o de grupo, en el cansancio impotente o en el puro juego de política. Por eso, si queremos ser liberadores, tenemos que cuidar con gran empeño los momentos de contemplación, como experiencia de encuentro con el Cristo que sigue padeciendo en los cautivos. Por eso hemos pedido y seguimos pidiendo la ayuda de aquellas personas más contemplativas (especialmente religiosas merce¬darias) que viven de manera más intensa ese misterio de encuentro con el Cristo cautivo.

Estas dimensiones y momentos de la oración liberadora mercedaria están bien formulados en las Constituciones (cf núm 4, 9-11,22,61). Ellas forman nuestro libro de espiritua¬lidad: nuestro comentario más cercano de la Biblia. A partir de ellas queremos seguir profundizando en el encuentro con Jesús liberador que sufre en los cautivos y nos llama como amigo para que seamos colaboradores de su obra (cf Const 1272, Proemio).

63
Según eso, siendo imitador de Cristo Redentor, el merce¬dario es hombre de María de la Merced y hombre de Pedro Nolasco. Sólo de esa forma puede convertirse de verdad en hombre de los cautivos, en camino creador que le conduce a preparase bien para realizar su acción liberadora en la línea de la Nueva Evangelización (cf Plan 9-11,14,16). Tres son los rasgos o momentos que se deben destacar en esta línea:

a. El mercedario es hombre que se educa para ver, tanto en plano de conocimiento científico (ayudado por la sociología y el derecho, por la economía y la política) como en el plano de la participación personal (a nivel de encarna¬ción concreta): "como especialista de la libertad sabe mirar hacia los hombres y problemas actuales, descubriendo así los elementos y problemas del nuevo cautiverio" (Plan, 19).

b. El mercedario es un hombre que se educa para juzgar en clave de discernimiento teórico y sabiduría práctica: sabe conocer las formas y las causas del nuevo cautiverio, para superarlo a partir del Evangelio, y "sabe planificar su acción y realizarla de un modo efectivo, siguiendo así el ejemplo de Pedro Nolasco que en su tiempo organizó de una manera eficaz la acción liberadora" (Plan, 20).

c. El mercedario es un hombre de acción: no es un simple teórico que traza los planes desde arriba, ni un eterno aprendiz que no hace más que prepararse. "Por impera¬tivo de su mismo Cuarto Voto, el mercedario es un hombre que se compromete en la acción liberadora" (Plan 21).

64
Esos tres planos se encuentran mutuamente entrelazados: sólo se mira y comprende de verdad (plano del ver) allí donde se aprende a discernir y se realiza, al fin, una obra activa. Los mercedarios saben "que los problemas del cautiverio nunca pueden entenderse desde fuera, si no existe una actitud de compromiso en favor de los cautivos" (Plan 101). Ellos han de ser expertos en humanidad, "pero no la conocen simplemente desde fuera, en la teoría... La pueden conocer y la conocen porque viven cristianamente comprometidos con la causa de los oprimidos y cautivos, como señalan las Constituciones 1, 3, 9,¬14,16" (Plan 103).

El Plan General de Vocaciones... ha insistido en la unión del plano activo y del contemplativo, retomando así y puntualizando un tema que se encuentra en el principio de toda teología de la vida cristiana y religiosa. "Sólo desde el contexto de una buena acción, inmersos, encarnados en el mundo y trabajando por cambiarlo, podemos entender rectamente los principios de la liberación mercedaria. Sólo quien se entrega, hallándose dispuesto a morir por los demás, compren¬de la miseria de la esclavitud o cautiverio de este mundo y puede vincularse, en gesto vivencial e intenso, al Cristo Redentor" (Plan 111).

Estas últimas palabras nos sitúan en el mismo centro del evangelio mercedario: desconoce en realidad a Cristo y desco¬noce el sufrimiento de los hombres el que busca sólo la teoría del saber desnudo o la piedad sin compromiso diciendo "Señor, Señor", pero no cumple la voluntad del Padre de los cielos (Mt 7,21-23). Conoce de verdad a Cristo y puede formu¬lar ya la teoría verdadera sobre el cautiverio aquel que sirve de manera activa a sus hermanos (cf Mt 25,31-46). Esto es lo que pedía el Capítulo General de 1986 al decirnos que "debemos encarnar nuestra misión redentora", introduciéndonos en el mundo de los cautivos y aprendiendo a realizar allí nuestra acción liberadora.

65
Esto es lo que somos o, mejor dicho, lo que deseamos ser los mercedarios: hombres de experiencia en el camino de la liberación de los cautivos. Este es el tesoro que quiso legarnos San Pedro Nolasco, bajo el patrocinio y con la ayuda de Santa María de la Merced, la redentora de esclavos y oprimidos. Por eso queremos hacernos presentes en medio del cautiverio de este mundo, acompañan¬do a los que están más oprimidos, ofreciéndoles el testimonio activo de nuestra propia fe, y ayudándoles a liberarse. Esta es nuestra espe¬cialidad dentro del mundo. Esta es la tarea y colaboración que humildemente queremos ofrecer al conjunto de la Iglesia, especialmente a la que mora y busca libertad en América Latina.

Nunca hemos sido una Orden muy grande: no nos hemos distinguido por el número o poder en el conjunto de la Igle¬sia. También en este tiempo somos una familia relativamente pequeña dentro de la gran viña cristiana. Pero Dios nos ha confiado un carisma hermoso y queremos seguirlo testimonian¬do, especialmente ahora que los Papas nos invitan a promover una Nueva Evangelización que está muy cerca de aquello que nosotros hemos venido realizando a lo largo de ocho siglos.

66
Nos sentimos gozosamente vinculados a una más extensa y más variada comunión o familia mercedaria: la que forman todos aquellos Institutos religiosos y asociaciones de laicos que, habiendo surgido a lo largo de los tiempos, se inspiran en la obra y figura de San Pedro Nolasco y, reuniéndose bajo la advocación de la misma Virgen María de la Merced, "reali¬zan de diversas formas una misma misión liberadora" (Const 1986), núm. 12). Dentro de esa familia nos hallamos nosotros, los Religiosos de la Orden de la Merced, como herederos directos e ininterrumpidos de la obra de Nolasco. Están también los mercedarios descalzos, que forman la rama "de recolección" de la Orden. Pertenecen también a esa familia más de una docena de Institutos femeninos, unos más contem¬plativos, otros de vida más activa, unos más antiguos y otros más modernos, pero todos vinculados por el mismo amor a María de la Merced y la misma opción liberadora.

67
Reunidos aquí, en América Latina, queremos recordar con gozo agradecido a todos aquellos institutos femeninos que trabajan de manera intensa en esta tierra (Mercedarias de la Caridad, Mercedarias Misioneras de Barcelona, Mercedarias Misioneras de Bérriz, Suore della Mercede y Religiosas de la Orden de Nuestra Señora de la Merced). Pero resulta necesario que citemos hoy de un modo especial los nuevos Institutos que han nacido y han crecido precisamente en esta tierra, como expresión latinoamericana de la obra de San Pedro Nolasco: son las Mercedarias del Niño Jesús (fundadas en Argentina por el Vble. P. José León Torres), las Mercedarias del Santísimo Sacramento (fundadas en México por la Vble. M. Refugio Agui¬lar), las Mercedarias Misioneras del Brasil (fundadas por la M. Lucía Echeparre y Mons. Inocencio Santamaría) y el Insti¬tuto Secular de la Merced (fundado en Ecuador). Reunidos en América Latina, como hermanos primeros o más antiguos de esta gran familia, queremos saludar con gozo a las Congregaciones mercedarias que han nacido en esta tierra, como fruto renova¬do de la semilla de San Pedro Nolasco y de María de la Mer¬ced. Ellas nos acompañan y animan en la tarea redentora.

68
Pero nuestra familia es todavía más extensa, porque "desde los inicios de la Orden los laicos han participado y colaborado en el ejercicio de la misión redentora" (Const 117). Laico fue en principio San Pedro Nolasco y algunos de sus compañeros, para realizar con más libertad y entrega su tarea redentora, se constituyeron en Orden religiosa. Pero no podemos olvidar que su carisma de liberación siguió siendo cristiano antes que carisma de vida religiosa o clerical en forma estricta. Lo que nosotros, mercedarios, queremos animar y realizar dentro de la Iglesia no es algo exclusivamente nuestro: hacemos algo que pertenece al tesoro vital de todos los cristianos.

Por eso, cuando nuestras Constituciones hablan de laicos no los toman como unos simples "colaboradores" en el sentido de auxiliares de segunda categoría. Por otra parte, el mismo Magisterio de la Iglesia (Juan Pablo II, Christifideles Laici) ha indicado que los laicos ejercen una misión propia, imprescindible en la extensión del evangelio: sólo por ellos la palabra de Jesús podrá expandirse a todos los espacios de opresión y de miseria de la tierra. Teniendo esto presente, los mercedarios queremos reafirmar el carácter cristiano, es decir universal, de nuestro carisma redentor. Nosotros, los religiosos, no somos dueños o propietarios sino agentes y "animadores" de ese gran carisma. Por eso sólo en la medida en que sepamos animar y dejarnos animar, sólo en la medida en que logremos que surjan y se extiendan grupos de laicos cristianos bien comprometidos en la misma obra de evangeliza¬ción liberadora, podremos afirmar que somos fieles herederos de Nolasco.

69
Hubo en otro tiempo grandes organizaciones laicales mercedarias (Orden Tercera, Cofradías). Muchas de ellas siguen existiendo todavía y mantienen viva la memoria de Santa María de la Merced. Asumimos con gozo ese pasado y nos comprometemos a seguir actualizándolas con fuerza en el futuro, para que surjan así grupos de cristianos animados por el mismo carisma de Nolasco y capaces de expresarlo de manera intensa y nueva en nuestro tiempo. Ellos nos ayudarán a mantener vivo nuestro compromiso, aprendiendo de nosotros y enseñándonos también a realizarlo con mayor hondura. Serán éstos, los laicos mercedarios, nuestros mejores compañeros de camino; serán nuestros hermanos y muchas veces nuestros maestros en la obra redentora.

70
Nuestro trabajo puede realizarse en tres niveles que se encuentran mutuamente implicados. Nosotros, la Orden estric¬tamente dicha, la Familia y las Fraternidades Mercedarias, estamos al servicio de la liberación del hombre: por eso podemos trabajar y trabajamos en colaboración con organismos políticos o sociales que defienden también la libertad y promueven la justicia sobre el mundo. El mismo Hijo de Dios se ha encarnado, asumiendo los valores, sufrimien¬tos y espe¬ranzas de los hombres, como resaltaba el Vaticano II (Gaudium et Spes 1-10). De modo correlativo, la Iglesia de Jesús ha de encarnarse y lo mismo han de hacer la Orden y las Fraternida¬des Mercedarias. Pedro Nolasco nos ha llevado a las fronteras de la sociedad, al lugar donde se hacinan, desconfían (=pier¬den la fe-confianza) y desesperan los antiguos y los nuevos cautivos. Lógicamente, si queremos trabajar allí, ofreciendo testimonio de evangelio, tendremos que salir de las fronteras resguardadas de la Iglesia, para tratar y colaborar también con no creyentes.

71
Al mismo tiempo, en un segundo nivel, debemos trabajar en diálogo y colaboración con las Iglesias locales. Es evi¬dente que nosotros no somos toda sino sólo una parte de la Iglesia. Por eso, debemos y queremos ofrecer de nuevo nuestro espíritu y carisma en cada una de las diócesis donde trabaja¬mos, en comunión de búsqueda con sus obispos, en gesto de obediencia fiel y creadora. No hay verdadera Iglesia local si no se anuncia la Palabra, si no se busca y cultiva la frater¬nidad, en gesto de justicia, y si no se celebra el misterio de la vida, muerte y pascua de Jesús, en Eucaristía, como señalaba con toda claridad Pablo VI en su Evangelii Nuntian¬di. Nosotros, mercedarios, podemos colaborar con el resto de la diócesis en todo lo que se refiere a la Palabra y Sacra¬mento; pero la parte central de nuestra aportación y compro¬miso ha de estar en el nivel de la fraternidad y la justicia: queremos ser un signo de la entrega de Cristo que suscita un campo de libertad entre los hombres.

72
Finalmente, y pasando ya al tercer nivel, queremos ofrecer también nuestra pequeña aportación en el nivel de la evangelización misionera. Hubo un momento en que la evangeli¬zación se realizaba desde el plano de una cultura técnicamen¬te superior y teniendo además, de alguna forma, el apoyo de la política o la espada. Así evangelizaron españoles y portu¬gueses en América y después los misioneros enviados por Propaganda Fide en los países que en el siglo XIX y en la primera mitad del XX se encontraban bajo el dominio colonial de las potencias europeas. Ahora las cosas han cambiado tanto en sentido cultural como político. Ha llegado el momento en que la Iglesia sólo puede presentar su gran mensaje (la Palabra de Jesús) si esa palabra viene acompañada y sustenta¬da por un gesto de encarnación y caridad liberadora. Como mercedarios, herederos de una larga tradición de libertad, podemos y debemos ofrecer dentro de la Iglesia el testimonio de una misión liberadora: queremos acompañar a los oprimidos, suscitando en ellos una experiencia de libertad, tanto indi¬vidual como social, y ayudándoles a formar comunidades donde puedan expresar su nueva fe en forma de solidaridad humana y canto liberado (Eucaristía).

De esta misión liberadora que hemos presentado como propia de los mercedarios nos hablaba Pablo VI en la Evange¬lii Nuntiandi 21-23,42). Por otra parte, los niveles de compromiso redentor que acabamos de indicar (diálogo con todos los hombres, comunión eclesial y apertura misionera), responde de algún modo a las fronteras donde ha de presentar¬se el anuncio cristiano, conforme a la visión de Juan Pablo II (Redemptoris Missio 37). De esta forma, la tarea merceda¬ria, asumida por los religiosos, religiosas y fraternidades laicales, nos sitúa en el mismo centro de la Nueva Evangeli¬zación, no sólo en América Latina sino en todos los países donde todavía no se ha proclamado de manera suficiente el evangelio. Por eso hemos vuelto a destacar la importancia de la presencia mercedaria en Africa: queremos que también en esa tierra el evangelio sea fuente de liberación integral de la persona, apareciendo así como promesa y signo del reino de los cielos.

73
Para seguir realizando esta misión liberadora, tan antigua y tan nueva, los miembros de este Capítulo General nos hemos comprometido a promover dentro de la Orden un proceso más intenso de formación permanente, que podría recibir el nombre de formación para la nueva evangelización liberadora. Siguiendo el esquema y la lógica interna de este mismo mensaje, esa formación abarcará tres áreas fundamenta¬les:
a. Area social, dirigida al conocimiento de las nuevas cautividades de los hombres, en la línea de lo que propone el Plan General núm. 102. Aquí han de introducirse los aspectos psicológicos y sociales, económicos y políticos que enmarcan y definen la opresión actual de nuestro mundo. Sin esta nueva forma de mirar al mundo y de encarnarse en su miseria será imposible llevar a cabo nuestro programa liberador.

b. Area teológico-eclesial. Un conocimiento sólo técnico del mundo no nos hace redentores. Tenemos que apren¬der a interpretarlo desde la Palabra y Luz del Evangelio, partiendo del Amor del Padre, de la Entrega de Jesús y de la Comunión del Espíritu Santo. En esta perspectiva nos compro¬metemos a asumir los principios eclesiales de la Nueva Evan¬gelización, sobre todo en el contexto donde ahora nos halla¬mos, en América Latina.
c. Area mercedaria. La figura de San Pedro Nolasco y su tarea de liberación de los cautivos sigue siendo primor¬dial para nosotros. Por eso nos comprometemos a seguir estu¬diando y asumiendo su camino en medio de la Iglesia, para actualizar así su obra en nuestro tiempo.

74
Al lado de esa formación es necesario el compromiso de la vida, que se enciende en la plegaria cotidiana y se expan¬de a través del testimonio de aquellos hermanos (religiosos, religiosas y laicos) que siguen encarnando el gran proyecto de Pedro Nolasco en nuestro tiempo.

CONCLUSION

75
Hemos querido terminar este mensaje dirigiendo una oración al Padre, por medio de Jesús, y colocados bajo el patrocinio de María, en su doble advocación de Virgen de la Merced y Madre de Guadalupe.

Conforme a la más honda y venerable de las tradiciones mercedarias, en 1218, Pedro Nolasco se hallaba afligido en Barcelona; crecía la cautividad de los cristianos, no existía ya remedio a tantos males; pues bien, la Madre de Jesús se le mostró diciendo que ella misma padecía, llevando en sus entrañas el dolor de sus hijos oprimidos; por eso le ofrecía su ayuda y le invitaba a redimirlos, dando así principio y nombre a su tarea: ella misma se llamaría y sería Virgen de la Merced o liberación, es decir, la redentora de cautivos.

En circunstancias semejantes se encontraba Juan Diego en 1531, llevando en su entraña el dolor de todo un pueblo amenazado: crecía la muerte, aumentaba el dolor, no existía respuesta a tantos males; pues bien, la Reina de los Cielos le ofreció su ayuda, diciendo que ella misma (la Madre de Jesús) era la madre y protectora de todos los sufrientes de la tierra; esta palabra de vida, expresada de algún modo en el precioso ícono de la Virgen de Guadalupe, ofreció un camino de consuelo y fraternidad, de justicia y esperanza, a los pobres de México y de toda América Latina.

Hemos ido a orar ante la Virgen de Guadalupe, poniendo en sus manos la marcha de nuestro Capítulo y descubriendo, una vez más, la semejanza tan profunda que ella guarda con nuestra advocación de la Merced. En ambos casos, la Madre de jesús viene a presentarse como protectora y liberadora de los más desamparados. Por eso nos sentimos unidos al Beato Juan Diego que, por gracia de Dios, ha podido ofrecer un rostro de Madre a millones de huérfanos y pobres de este continente latinoamericano. Pero nosotros reafirmamos nuestro compromiso de evangelización ante Nuestro Padre San Pedro Nolasco que nos ha dado como Madre a la Virgen liberadora de la Merced: protegidos por ella queremos trabajar al servicio de la libertad, como promotores de Nueva Evangelización, en todos los países donde estamos, especialmente en América Latina.

76
Ante la Madre de Dios, que es a la vez la Madre y pro¬tectora de todos los cautivos, nos comprometemos a seguir en camino y realizar nuestra tarea. Ante ella hemos puesto otra vez nuestros problemas, como Pedro Nolasco en 1218: hemos traído los problemas de los cautivos y nuestras propias dificultades, fracasos y cansancios. Ella ha vuelto a hablar¬nos, como en gesto de nueva fundación para la Orden: nos ha dicho que lleva en sus entrañas el dolor de los cautivos y que quiere que nosotros los sigamos ayudando y redimiendo (cf P. Gaver, Speculum Fratrum).

Nos hemos mirado de nuevo en ese "espejo de Dios y espejo de cautivos" que es la Virgen redentora, comprometién¬donos de nuevo a ser sus mensajeros sobre el mundo, colabo¬rando así con el conjunto de la Iglesia en la tarea de la Nueva Evangelización. Es como si María de la Merced volviera a descender en esta tierra americana, para confirmar de nuevo la tarea que ella misma nos había encomendado por Nolasco en 1218. De ese modo, conforme a los deseos de Juan Pablo II (Los caminos del evangelio, año 1990, núm 26) la Orden de la Merced podrá consolidarse en el crisol de América Latina, en este año de Nueva Evangelización, a los 500 de haber comenza¬do la primera.

77
Este Capítulo General ha sido para nosotros un tiempo de gracia, una especie de pascua mercedaria vivida en América Latina, en contacto con la pobreza material y la inmensa riqueza espiritual y humana de este continente. Como en toda verdadera pascua hemos vivido fuertes momentos de pasión y muerte: somos pobres, nos sentimos a veces divididos y dis¬persos entre mil afanes que nos hacen incapaces de encarnar¬nos, al modo de Nolasco, en las cautividades y miserias de los hombres. Pero, al mismo tiempo, hemos sentido con más fuerza, los momentos de resurrección: son muchos los hermanos que se han puesto ya en camino; todos juntos hemos iniciado una marcha de nueva reflexión y compromiso que debe dirigir¬nos hacia el día gozoso del pentecostés mercedario en que podamos vivir ya plenamente identificados con nuestro carisma redentor, en el centro de una Iglesia que también se compro¬mete en su servicio de solidaridad y amor activo hacia los más necesitados.

78
Ha sido para nosotros momento pascual y motivo de espe¬ranza el sentir de la solidaridad y cercanía de nuestras hermanas (Mercedarias del Santísimo Sacramento, de Bérriz y de la Orden de Nuestra Señora de la Merced) que nos han acompañado en la celebración y el gozo de la mesa común. También hemos sentido la presencia pascual de muchos hermanos y hermanas de las Fraternida¬des Laicales Mercedarias que nos han ido acogiendo, acompañando y ayudando a lo largo de estos días, en gesto de cariñosa presencia y plegaria. Pero de un modo todavía más intenso nos hemos sentido vinculados a todos los religiosos de esta querida Provincia de México que ha venido a convertirse a lo largo de estos días en centro de la vida de la Orden. Ellos nos han enriquecido con su entrega generosa, haciéndonos sentir con gran fuerza el gozo de ser mercedarios en esta nueva tierra americana. Que Dios bendiga a todos ellos y que María, nuestra Madre de la Merced, les proteja y acompañe.

79
Queremos terminar este mensaje saludando a los obispos y fieles de América Latina, especialmente a los de aquellas diócesis donde trabajamos, ofreciéndoles una vez más nuestra colaboración en línea redentora. Que María de la Merced les ayude y libere con su gracia de manera que todos juntos podamos realizar mejor la tarea redentora que su Hijo Jesu¬cristo ha querido encomendarnos. Nosotros, por nuestra parte, nos comprometemos a seguir colaborando con ellos, en la línea de la Nueva Evangelización Liberadora, mientras oramos por el feliz éxito de la IV? Conferencia del CELAM que debe cele¬brarse en octubre de este año, en Santo Domingo.

80
Hemos elaborado este Mensaje como representantes de todos los religiosos de la Orden de la Merced. A ellos se los devolvemos. Lo que aquí decimos ya no es nuestro. Pertenece a la Orden en su conjunto. Dentro de ella queremos seguir trabajando, a lo largo de estos seis años que, Dios mediante, transcurrirán hasta el próximo Capítulo. Quisiéramos que aquellos que se reúnan de nuevo en 1998, en el ocaso del segundo milenio, puedan sentirse reflejados y enriquecidos por estas palabras, corrigiendo de nuevo lo imperfecto y potenciando con gran fuerza todo lo que sea positivo. Que en ese año de gracia de 1998 la Orden se encuentre más encarnada en los cautivos y más enriquecida por las obras de liberación de todos sus religiosos.
Os saluda con afecto fraterno y gozo agradecido

EL CAPITULO GENERAL DE LA
ORDEN DE LA MERCED