Jueves, 14 de diciembre de 2017

Hablando de libros y librerías

Siempre fueron los libros para mí lugares predilectos, a donde me llevaban sin que opusiera mucho esfuerzo, mis descalzas tardes de estudiante. Sí, lo volúmenes leídos son tierras que visité, ciudades que conocí, casas donde habité, gentes con quiénes viví.

He frecuentado a menudo las librerías para hacerme con ellos, sobre todo una de ellas en mi juventud, la más grande de la ciudad, y allí hallaba concilio mi adolescencia tan desaforada, allí recibía comunión mi rebeldía de vida, al menos por unas horas, con la hostia ahuesada de las hojas de los libros. Allí conocí la primavera de las letras, en unos  tiempos en que la existencia, como suele ser a menudo la de todo joven, estaba tan desarbolada de certezas. Es de la célebre Cervantes de Salamanca de la librería que escribo, reciente y tristemente extinta. En ella trabajó un sabio dependiente durante 42 años: Eleuterio Alonso. Él siempre condescendía con mi monedero por lo mucho que le leía y lo poco que le compraba en los sótanos del local, y con el revuelo de páginas que le hacía a los volúmenes de los estantes. Y se estaba calentito en aquel lugar, y los sorbos de lectura que daba como colibrí a los libros, me iban calmando las ganas del saber; aunque a duras penas, como poco sacian también  los caldos de la  beneficencia, y lo que te despiertan, más bien, son las hambres.

Entraban en el señero edificio de la calle Azafranal, en aquella alta pagoda de libros, los clientes pudientes con sus horas remansadas, y los profesores en busca de herramientas que movieran cátedra, que elevaran doctorado. Entraban los bien orlados y miraban las estanterías con cara de suficiencia, y los estudiantes, que aún trajinaban la cinta y la orla, salían de allí con los libros bajo el brazo como quien se lleva un azadón, una pala, un corvillo para su huerta.

 

Eleuterio era  del mismo pueblo que mi padre: de Abusejo, y sin más diploma que los de la labor en el establecimiento. Hablaba de los textos que se le demandaban como si los conociera, como se solía decir, desde antes de que marcharan a la mili. Se sabía el linaje de cada título: si eran de buena pluma, de edición nombrada, de casa reputada, si habían llegado trajeados con su tapa dura de cartoné, o con los informales vaqueros de la encuadernación en rústica; de su venturoso o desventurado pase por sus estantes, y de si estaban agotados, o si de pedirlos vendrían rápidos por ser nacionales, o  habrían de llegar del otro lado de los océanos de la tinta desde la buena América que tantas hambres clandestinas sació en otros tiempos, o, si era el caso,  desde que otra parte del mundo habrían de acercarse.

Era, de cuando hablo, mil novecientos ochenta y tantos, y todavía nadie conjeturaba siquiera con trastos portátiles, ni que a los libros les iba a dar por batir sus alas, hacerse aéreos, echarse como gorriones al viento, y abandonar los nidales de los clásicos estantes. 

Era todavía la página un ancho ágora, era el papel oloroso como rosaleda de letras, era la letra de molde hiriendo la hoja como manos lascivas piel de amante entregada. Era el polvo bailando en la lanza de luz que entraba por las ventanas de las bibliotecas municipales. Era la hojarasca sonora del silencio de la lectura, y del claro susurro de los párrafos entre las manos… Eran, en fin, horas de leerse la vida en la noche, en un cuarto de alquiler, bajo la luz de una bombilla de 60 sintiendo la fiebre fresca de un resucitado.

Fueron los tiempos en los que adquirí “Cien años de soledad” de García Márquez en la feria del Libro de la Plaza Mayor salmantina, o “El nombre de la rosa” de Eco, “Esperando a Godot” de Samuel Beckett, “Memorias de Adriano” de Yourcenar, "La insoportable levedad del ser" de Kundera… Obras estas que me gustaría se me olvidaran para tener el placer de volverlas a descubrir, o acaso porque tengo la esperanza que maneja todo  lector que abre un libro: que los párrafos le lleven a la ilusión juventud. Supe  entonces que los parques eran buen lugar también para leer, y para ver pasar por allí a damas con perritos, como salidas de un cuento de Chéjov. O en los autobuses donde viajaban cándidas estudiantes con la francesa boina del poema de Neruda. También comprobé, que en los cafés, poner una descompostura lectora dejaba buena estampa y era buen inicio para ligar. Y, sí, alguna vez acertó el cliché, y mi libro nos sirvió de lecho y de almohada para trémulas las lecturas de la carne.

Luego, andando los caminos y los años, acaso inclinado por una especie de vocación,  vine a ser librero durante quince años.

Ahora mayo, y como cada año en el ágora ciudadana crecerán los jardines de las feriales casetas libreras. En estos tiempos de contumaz crisis, las librerías están sufriendo, como tantos otros sectores. Según las estadísticas, cada día se cierran en España dos librerías. Triste noticia, sí, aunque es reconfortante que se abran también nuevas con atractivos complementos, que reactiven sus acciones culturales y sociales, y que  hasta las más castizas se reformen para tomar los trenes de estos tiempos, pues lo importante es  seguir repartiendo la grana de la letra.

Y es que se lee más que nunca.

Siempre buscaremos los contenidos que nos demandan nuestras entrañas, como siempre la humanidad los ha buscado, estuvieran estos grafiados en las estrellas, en tablas de barro, en tercas piedras, en papiros, códices monacales, o en fértiles libros. 

Hoy esos susurros de la vida y de la experiencia de los hombres gustan de ir por los aires, pero siempre terminan posándose, como los  estorninos al atardecer, en las mismas arboledas: en los insondables ojos de todo ávido lector.